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BELDADES Y MENTIRAS DE GADAFI

Rodeado de sus beldades, vocifera, desafía, miente. Y la voz telúrica en la tribuna es el canto del cisne.

COLOMBIA: UN PAÍS MINADO POR EL DESPOJO MINERO

En un país en donde nunca estamos sentados a la mesa ni para lo nuestro, no hay otra opción: Terminamos haciendo parte del menú.

REMESAS Y POBREZA EN COLOMBIA: UNA RELACIÓN EVIDENTE

Según previsiones actuales, se recuperarán niveles anteriores de remesas desde el extranjero sólo a partir de 2012 o 2013.

COLOMBIA AFRONTA EL CRECIMIENTO DEL PARAMILITARISMO

La estructura del paramilitarismo se redujo en algunas regiones del país, pero en otras permaneció intacta o hasta creció. .

ENFERMEDADES 'LEVES' QUE MATAN EN COLOMBIA

Los pacientes con diagnóstico de alguna enfermedad prevenible terminan en una gran tragedia personal y familiar, requiriendo cuidados médicos que las entidades designadas no prestan efectivamente.

viernes, 23 de julio de 2010

Bullaranga y pullas que hacen mella

LA RUPTURA DE RELACIONES ENTRE COLOMBIA Y VENEZUELA

Por: Juan Alberto Sánchez Marín



Lo esperado por el presidente Álvaro Uribe y su círculo, y lo más inesperado para el propio pueblo colombiano, se dio, al fin y al cabo: La ruptura de relaciones con la vecina Venezuela.

El gobierno colombiano venía buscando el estropicio desde hace años, en franca contravía con la propia realidad comercial, cultural y de vecindad de dos países que tienen una frontera común de más de 2400 kilómetros.

Se trata de un cuento viejo. Cuento, porque las pruebas alegadas por Colombia, sobre la presencia de campamentos guerrilleros en territorio venezolano, siempre han resultado un fiasco, puro cuento, que luego de mucha alharaca mediática terminan disolviéndose en el olvido y la nada. Y viejo, porque desde 2004, a conveniencia y según el biorritmo de Uribe, se machaca de tanto en tanto el asunto.

Primero se distanciaron los presidentes: de los abrazos forzados o fingidos se pasó en un abrir y cerrar de ojos a los improperios más fastidiosos. A poco, ante el riesgo del éxito, el de Colombia dejó al de Venezuela viendo un chispero en la mediación para la liberación de secuestrados de las FARC, que él mismo le había solicitado. Luego se enfriaron las relaciones entre los países, que bien pronto terminaron congelándose.

Y ahora, pues, acabó de romperse la ya rota cáscara de huevo de unas relaciones minadas sin tregua.


La iniciativa insidiosa, quién lo duda, siempre la ha llevado el gobierno de Uribe. La reacción, a veces a priori, en ocasiones oportuna, otras veces tardía, siempre le ha correspondido a Venezuela.

Si ha sido desproporcionada o la que corresponde, depende de la óptica de quiénes la atisban. Para la derecha colombiana, claro está, lo primero y más aún: Frente a la provocación de un cuerdo cuerdísimo, la reacción de un loco.

Para quiénes conocemos la etimología de frases como: el abarbechado Álvaro, don Berna Moreno, lauros de César Mauro, o el obnubilante Obdulio, la cosa no sólo es así de sencilla, es aún más simple: Tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe. En otras palabras: Tanto saboteó Uribe las relaciones con Venezuela, tanto agredió al vecino país, tanto tensó la cuerda, hasta que la rompió. La rompieron.

Los visos mínimos de acercamiento con Venezuela que venían dando el presidente electo colombiano Juan Manuel Santos, hablando de diálogo, y la nueva canciller, María Ángela Holguín, enviándole invitaciones al presidente Chávez para asistir a la posesión de Santos, fueron arrojados por la borda en un santiamén.

El gobierno de Uribe, a pocos días de dejar la presidencia, levanta el polvero que puede. Para que no se note tanto el previsible cambio en el manejo de las relaciones internacionales que necesariamente traerá consigo el nuevo gobierno. Para que de un día para otro no quede al descubierto la conducción burda que de ellas hizo Uribe. Para desaparecer de la agenda mediática los pasos y gestiones del nuevo gobierno, en la que ya casi se había olvidado el saliente, y, gracias a este “falso positivo” mediático, volver a encabezar los titulares de prensa, radio y televisión.

O para hacerle el juego al gobierno de los Estados Unidos, que usa a Uribe como peón de brega de su causa ideológica y como carga ladrillos en la tarea de fregar la unidad continental. O para salir de la Casa de Nariño con medio pueblo cerrando filas y aullando patrioteramente alrededor de un gobierno untado de paramilitarismo, corrupción y mafias. Mejor dicho, para ser ruin y repelente hasta la sepultura.

Roy Chaderton, el embajador venezolano, dio a entender que la OEA era un salón de vaqueros. Pero no: la bullaranga, las pocas nueces, eran los propios de una plaza de mercado de la región cafetera colombiana, donde el embajador Luis Alfonso Hoyos, una perla natural de “la perla de Oriente”, Pensilvania, que ni es Pennsyvania ni está en el ancestral Oriente, sino al oriente de Caldas, en la región paisa colombiana, hizo las de culebrero mayor, con su oratoria larga y redundante, sus circunloquios floridos, su entonación impostada y su garniel de Guarne lleno de pomadas a base de mera vaselina.

Daba pena verlo tratar de vender unas pruebas con fotos montadas quien sabe dónde, videos tomados vaya a saberse cuándo y mapas satelitales con puntos rojos bien remarcados, que no dejaban ver la nada que había debajo de ellos. Y más pena ajena dio verlo, oh casualidad, en el programa “La Noche”, del canal uribista RCN, afirmando que “la contundencia de las pruebas fue muy evidente”. ¿Cuáles pruebas? ¿Cómo contundentes? ¿Evidentes de qué?

Y ni hablar de la descocada petición final que el saliente embajador colombiano hizo ante la OEA. Hoyos pidió que se constituya una comisión de verificación internacional, que constante la presencia de las FARC en Venezuela, antes de 30 días. Una solicitud que, obviamente, se hace porque se sabe de antemano que no se puede aceptar bajo ninguna circunstancia. Nadie lo hace ni lo haría.

O, acaso, Colombia, como país llevado contra las cuerdas a una instancia internacional, aceptaría una “visita” de este tipo a su territorio, digamos, a las siete bases con presencia de militares y contratistas estadounidenses, algo que viola abiertamente la Constitución y puede ser alegado como un riesgo para los países vecinos. O, acaso, aunque el propio presidente Uribe lo prometió en UNASUR, el gobierno colombiano llegó a mostrar siquiera alguna fotocopia borrosa del tratado con los Estados Unidos.

Ha añadido Hoyos, refiriéndose a Venezuela: “Negarse a aceptar la verificación de campamentos en su territorio, es una confesión muy grande”. De verdad que hay que estar más versado en temas excesivamente parroquiales, de plaza de mercado; muy ducho en el asunto de las “familias en coacción”, o haber sido inhabilitado de por vida para ocupar cargos de elección popular por la Sala Plena del Consejo de Estado, para hacer una aseveración de tal calibre.

Ni el caballista Uribe, ni el megáfono gangoso de Hoyos, tienen idea de lo que es y significa la diplomacia internacional, como no sea para hacer de ella una mera alacena más en esa cocina llena de ollas y chocolateras que han vuelto a Colombia. Hace 200 años, por los menos, gritábamos por floreros. Ahora, ni eso.

Lo más peligroso de la temeraria denuncia llevada a la OEA, que ahora se amenaza con llevar a la Corte Penal Internacional, no es que sea falsa, que lo es, sino que tiene obvias premisas ciertas.

Me explico: Resulta indudable que todos los grupos al margen de la ley, que hacen su agosto en Colombia: guerrilleros, paramilitares y delincuentes comunes y no tan comunes, vayan y vengan por todas las fronteras nacionales, que apenas son una línea imaginaria en los mapas, y hagan presencia en Venezuela, en Brasil, en Panamá, en Perú, en Ecuador, y, digan si no, en las aguas internacionales de ambos océanos.

O sea, en donde quiera que haya límites con nuestro país, porque ni aquí se los ha acabado (como se afirma), ni se los querría acabar del todo (que es un negocio fructífero para tanto señor de la guerra), ni se los acabará (que las inequidades esenciales, que los modelos pregonados, pues no lo permiten); porque con los ataques a las guerrillas, éstas han visto en los países vecinos un espacio para recargar baterías; porque fenómenos como el narcotráfico hacen que los endebles bordes de la cartografía sean aún más difusos; porque esos confines geográficos son selvas espesas e inmanejables, en fin.

33 documentos, según el gobierno colombiano desencriptados de la dichosa computadora de Raúl Reyes, sustentan vínculos de las FARC con los gobiernos panameños de Mireya Moscoso (1999-2004) y Martín Torrijos (2004-2009).

"Tenemos información de que se utiliza por parte de redes de narcotráfico y logística de las FARC el territorio brasileño, como se utiliza el de muchos otros países", afirmó hace poco el sin par ministro colombiano de Defensa, ilustrísimo Gabriel Silva. El río Amazonas y "una ciudad de puerto libre como es Manaos", se usan para facilitar el tráfico de drogas y la logística de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Si hasta el propio ejercito colombiano, un estamento armado que se supone que no está al margen de las leyes nacionales e internacionales, viola las fronteras e invade el territorio de Ecuador, sin previo aviso al gobierno del país vecino, ¿qué podemos esperar de los grupos subversivos, los paramilitares, los narcotraficantes o cualquier delincuente, que tampoco se ciñen a normas ni acuerdos de ninguna clase?

A Venezuela, los paramilitares también han sido exportados. Desde 2003, se conformaron en el vecino país el grupo denominado las Autodefensas Unidas de Venezuela (Águilas Negras), el cual fue conformado con la asistencia de las Autodefensas Unidas de Colombia, y de cuya creación, como lo denunció la abogada estadounidense venezolana Eva Golinger, tendrían conocimiento Estados Unidos, el servicio colombiano de seguridad y la oposición venezolana.

En mayo de 2004, en los municipios de El Hatillo y Baruta, en las afueras de Caracas, fue desmantelado un campamento que acogía a más de 100 paramilitares colombianos, que "tenían previsto realizar asaltos masivos a guarniciones militares", según el general Jorge Luis García Carneiro, el entonces ministro de Defensa venezolano.

La presencia paramilitar se ve acentuada en aquellos estados venezolanos en poder de la oposición al presidente Chávez, en particular, los fronterizos de Zulia, que comprende la cuenca petrolífera del Lago de Maracaibo, la más importante del país y el primer centro refinador, y Táchira, otra importante región clave para el intercambio comercial entre ambos países.

O sea, nos referimos a unas circunstancias que trascienden los propósitos en el papel y se enmarcan en unas condiciones geográficas particulares, de las cuales, por arte del discurso y del embrollo, salen las pruebas que se quieran, para lo que se quiera. Y donde se señala con el dedo acusador al que también se quiere: ¡Vaya, ni a Panamá, ni a Brasil! ¡A Venezuela! Un país que ideológicamente adelanta un proceso que resulta irreconciliable con las posturas cerriles de nuestra élite gobernante.

No sería muy inteligente un servicio de inteligencia que creyera que ahora sí son ciertas y útiles unas pruebas que en ocho años sirvieron nada más que para despistar. Claro que no. A pocos días del anhelado adiós presidencial, es la inteligencia puesta al servicio del fin político y la brutalidad.

Ese es el peligro: llevar al país a las puertas de una confrontación militar con un país próximo, y agudizar la problemática de colombianos y venezolanos que no tienen fronteras porque las habitan. Y todo, en el mejor de los casos, a partir de internacionalizar y judicializar unas relaciones de manera precipitada, o, en lo más creíble, en una cabeza fría que atiende a un intrínseco y dañino afán camorrista.

Y entonces, sostienen los medios, el país cierra filas en torno al presidente saliente. ¿El país? No, desde luego que no. Son apenas unos árboles resecos y robustos que no dejan ver el bosque.

Luis Carlos Villegas, Presidente de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), dice que “el gobierno del presidente Uribe, hasta el 7 de agosto, tendrá todo el apoyo del sector privado en las acciones que ha querido adelantar ante la Organización de Estados Americanos, y el nuevo gobierno del presidente Santos también tendrá todo nuestro apoyo si considera que hay que darle nuevas orientaciones a esa relación con Venezuela".

Es decir, apoyo porque sí y porque no, apoyo a Álvaro y a Juan, o todo lo contrario. Y, ¿cómo no? Si es la ANDI, que no queda ni en Cúcuta ni en Maicao, que agrupa a los grandísimos empresarios de Bogotá, Medellín, Cali o por aquí cerca, y a lo más pudiente de sectores como el industrial, el financiero, el agroindustrial, de alimentos, comercial o de servicios, como ellos mismos lo indican.

O Guillermo Fernández de Soto, Canciller durante el gobierno de Andrés Pastrana, quien ha hecho parte del servicio diplomático del gobierno Uribe y actúa como Presidente del Comité Jurídico Interamericano de la OEA, Y que funge como analista equilibrado e independiente en RCN, en un descaro personal sólo equiparable a la desvergüenza constante de que hace gala el propio canal.

O Alejandro Ordóñez, el Procurador de faltriquera de Uribe, que llama a “rodear al presidente en estas épocas duras”, a “demostrar que hay unidad y fortaleza y que…” Bueno, qué importancia va a tener lo que resta del necio rezo del Absolvedor oficial.

Y estas perlas de Luis Guillermo Plata, el ministro de Comercio, Industria y Turismo: “Es más importante la dignidad que el comercio. Al final del día, habremos ganado”. Como si fuera digno para un ministro de tales ramos ser tan sapo, y, asimismo, desconocer a la ligera la magnitud de la crisis imperante, no desde ahora, sino desde hace años: desde mucho antes de que él fuera ministro, cuando ya saltaba matojos en Proexport por similares razones.

Para no seguir, dícese: el país entero: los grandes empresarios, unos cuantos políticos proficientes, varios adalides gazmoños, algunos analistas tributarios, los ricos bien habidos y los riquísimos no tanto, y, claro, también las huestes de necesitados que confunde ese nefasto flautista de Hamelin que son los medios.

Mientras, Venezuela cierra fronteras o habla de hacerlo; mueve ejército y tanques, o habla de hacerlo, y los funcionarios del gobierno colombiano hablan entonces de seso y juicio, ante todo. Los que, minutos antes, si los hubo nunca fueron, y, si lo fueron, jamás se usaron.

Jorge Bermúdez, desde Perú, dice que en el combate al terrorismo hay que “ser firme y prudente”. Un mal chiste del chispeante canciller. Otro "bobo" más entre la lista de bobos e ineficientes que ha sido la tríada de cancilleres de Uribe, según un inesperado atino de Armando Benedetti, el recién elegido presidente del Congreso.

Y César Mauricio Velásquez, Secretario de Prensa de Presidencia, poniendo su mejor cara de cura, indica a los periodistas que, de parte de Colombia, "siempre habrá fraternidad". Una buena chanza del manso cleriguito.

Y la verdad que acontece paralela, ni por suerte, los medios la mencionan. Y en tanto que se le dan vueltas y revueltas al asuntillo de marras, el país real que desaparece:

En Barrancabermeja, la marcha: Siete mil personas conmemoraron el Bicentenario de los pueblos del nororiente colombiano, en el más absoluto y descarado mutismo nacional.

Vecinos de La Macarena (al sur de Colombia) denuncian que existe una fosa común con restos de centenares de personas, cerca de un batallón del Ejército, un día después de que la Cancillería indicara que, según investigaciones de la Fiscalía, no existen señales de su existencia. Como señala la agencia EFE, “los pobladores hablaron ante un grupo de congresistas de oposición y miembros del cuerpo diplomático, que viajaron a La Macarena para conocer estas denuncias, en una audiencia pública”.

Se trataría de la fosa común más grande hallada no sólo en Colombia, sino en América Latina. Un reporte de la Procuraduría advierte que dos mil personas estarían enterradas. Otras versiones hablan de cuatrocientas. En cualquier caso, cifras escandalosas, aberrantes.

Colombia, entre los seis países con mayor desigualdad en el mundo. La situación es de tal magnitud que el país figura entre los de peor distribución del ingreso en el mundo, sólo superado en América Latina y el Caribe por Brasil, Ecuador, Haití y Bolivia.

Al mismo tiempo, el ex director de inteligencia del DAS, Fernando Alonso Tabares, sostiene que Bernardo Moreno, Secretario General de la Presidencia, le manifestó el “interés” del presidente Uribe para que el DAS lo mantuviera informado sobre “cuatro temas específicos”: Corte Suprema de Justicia, Gustavo Petro, Piedad Córdoba y Daniel Coronell, director de Noticias Uno, dándole continuidad a lo que se venía haciendo con anterioridad a los magistrados y a los senadores Petro y Córdoba.

Tabares involucró de manera directa a funcionarios de la Casa de Nariño y el DAS en los casos “Job” y “Tasmania”, en reuniones efectuadas en la propia casa presidencial, para afectar al magistrado Iván Velásquez, entre 2007 y 2008. Señaló la infiltración a la Corte Suprema de Justicia, con el fin de desprestigiar a la institución, y se refirió a una reunión en la Casa de Nariño, para hacerle seguimiento a la relación de Ascencio Reyes con los magistrados de la Corte, en la que estuvieron presente Bernardo Moreno, y los ex asesores Jorge Mario Eastman y José Obdulio Gaviria, con el mismo propósito de desprestigiar a la Corte.

Eso no es todo. Tabares también se refirió a la orden de realizar unas diligencias en unas notarías contra Ramiro Bejarano, abogado del magistrado Valencia Copete, “en cumplimiento de instrucciones de la Casa de Nariño, con el fin de apoyar la labor que realizaban los abogados defensores del señor Presidente de la República”. Y habló del montaje para vincular a la ex congresista Yidis Medina con la guerrilla del ELN, ante la entrevista concedida por esta al periodista Daniel Coronell, en la que acusa al gobierno de Uribe de soborno y tráfico de influencias para conseguir la reelección presidencial.

Y nada de esto en ninguna parte. La pamplinas aquí y acullá lo acallaron todo. Hasta la vana bulla del Bicentenario se hizo notar.

El 20 de julio de 1810 ocurrió un montaje a la criolla, una especie de “falso positivo” llevado a cabo por conjurados locales santafereños, en la que todo estaba premeditado para armarle la gresca al tendero español José González Llorente y armar el acabose. Los criollos pudieron hacer parte de la Junta Suprema de Gobierno, pero el presidente sería el mismo Virrey Amar y Borbón. Porque, en realidad, nunca se trató de "abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don Fernando VII", como lo apunta la misma "Acta de Independencia".

200 años después, la historia se repite, ahora como comedia, en el seno del Consejo Permanente de la OEA, y, ojalá los hados no lo permitan, podría darse en otras instancia internacionales, como la Corte Penal Internacional, según las amenazas ya lanzadas al desgaire:

Un simple aullido mediático, que no nos independiza de nada ni de nadie, ni nos otorga el menor decoro, sino que, por el contrario, ratifica la dependencia y el vasallaje al imperio de los Estados Unidos. Pues de verdad que acá tampoco se trata de "abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don Barak Obama y los halcones".

Y al bum del último volador en la conmemoración del bicentenario de un grito ahogado, entre revistas militares y televisivas y desconciertos musicales, el ton ni son del discurso de Uribe sobre los logros obtenidos durante ocho años de mandato, y el infaltable alfilerazo contra Venezuela: “para hablar sinceramente de hermandad, no puede haber criminales de por medio”.

Y al fin, plenamente de acuerdo, señor Presidente: Por eso, nada más que por eso, es que habrá que esperar hasta el próximo 8 de agosto, cuando usted no esté pataleando al medio ni en los medios. Para que el nuevo gobierno, que a tantos embelecos suyos les dará continuidad, por los menos vea que puede hacer algo distinto en cuanto a la relación de Colombia con la hermana República Bolivariana de Venezuela.

Artículo disponible en:

La Radio del Sur
Questión Digital
Sur y Sur
Rebelión (España)
Kaos en la Red (España)
Indymedia - Colombia
Vos el Soberano (Honduras)


domingo, 18 de julio de 2010

El fin del Uribeato

¡Al fin, al fin, más cerca el fin del Uribeato! Esa amarga intersección de un porfiado y largo "porfiriato" a la Colombiana con el deslustrado paisano del beato Mariano de Jesús Eusse Hoyos, sobre la mesa de montajes y disecciones que terminaron siendo la Casa de Nariño y muchos batallones militares.

Dijo Uribe beato hace exactamente dos años: "Entramos a la basílica donde está el padre Marianito, nuestro beato, y le pedimos mucho para que interceda ante Dios, ante Nuestro Señor y ante la Virgen María, para que Colombia gane definitivamente la paz".

Gracia que él mismo fue incapaz de concederle, digamos, a las víctimas de los crímenes de estado, a quienes nunca les dio las garantías mínimas, y, para no ir más lejos, hace poco ni siquiera efectuó la petición de perdón ordenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Manuel Cepeda vs. Colombia, y, por el contrario, agravió a las víctimas con sus andanadas acostumbradas.

¿A dónde irá ahora el boato uribista, con sus serpentinas y panderetas, sin el beato en las alturas presidenciales?

miércoles, 7 de julio de 2010

Angelino Garzón: Un angelito empantanado

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Angelino Garzón, el vicepresidente electo de Colombia


Ya desde los tiempos remotos en que Angelino, delgado y garboso, se bañaba en las aguas procelosas de la Unión Patriótica o del sindicalismo, sentía la nostalgia profunda de ser de centro, de centro izquierda, como llama él mismo al risco en el que ahora, sin la elasticidad de otrora, está parado.

Y ahora, desde ese punto agreste, siente tremenda nostalgia por ser de derecha, o, más exactamente, de extrema derecha, un suelo lleno de almohadones hacia el que lo vemos rodar desbocado.

Este genuino embeleco por un futuro perjuro no tendría nada de particular, si no fuera porque Angelino ha subido de tres en tres los peldaños de ese ascenso empinado. Un estado físico tan admirable, que no agobian pruritos de lealtades o de pensamiento, éticos o morales.


Detalles que sin duda contribuyeron a dejarlo apto para ser la fórmula vicepresidencial de Juan Manuel Santos, el otro trepador sin par en la escarpada patria que es Colombia. Apenas Noemí Sanín, en chiste, les hace cosquillas. Y ahí lo habemos y ahí los tendremos. Harina de otro costal, sí, pero amasando el mismo pan. No revueltos, pero sí juntos.

Ni el milagroso de Buga, el Cristo negro y popular al que ambos tomados de la mano y de manera populachera le rezan de rodillas por la televisión, logrará el portento de que a alguno de los dos les importen las cosas más allá del beneficio propio.

Si a Angelino alguna vez le importó algo el destino de los suyos, o de los que lo fueron cuando él lo era, ahora esperará valerse de eso para engatusar y embaucar a los susodichos. Angelino de señuelo, es la tarea. El coste de tamañas galanuras de una oligarquía que no da puntada sin dedal.

Es innegable que Angelino fue una vez un líder aguerrido, de ímpetu juvenil, militante del Partido Comunista. Voz y fuerza en la Federación de Trabajadores Estatales, FENALTRASE, en la CSTC (central obrera que apilaba a sectores de sindicatos de tendencia comunista) y en la Central Unitaria de Trabajadores (CUT). Parte y presencia en la destrozada Unión Patriótica (UP).

Por eso esta clase de entregues son tan graves. La inconsecuencia importa un bledo, mas no así el uso y abuso del discurso social, de la letanía sindical postrera, para seducir incautos y dulcificar la conciencia de peatones. Y para aflojar el bolsillo de gringos y europeicos, que en su despiste ven la pera de Angelino colgando del olmo de los Derechos Humanos.

Él mismito lo dijo, como si nada, como dando a entender que en verdad fuera cierto o que se lo creía: “Hay que renovar el protocolo con esta oficina (la de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas en Colombia), para avanzar en lo que han sido los logros de Colombia en materia de derechos humanos”.

Y esa, para no ir más lejos, es la trilla en boga.

Ahora todos quieren proteger y fortalecer los Derechos Humanos en el país. Hasta el próximo embajador estadounidense, Peter Michael McKinley, habla de hacerlo. Y los medios alimentan la desaborida idea de que el gobierno de Obama ahora sí dará un giro hacia lo social en la relación con un país que sólo le importa como tienda de abarrotes, en el barrio pobre que es la América del Sur.
Todos quieren, también, “mejorar la atención a los 3 millones de desplazados”, que, conforme a los datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en realidad ya pasan de los 4.100.000. O, por lo menos, se les ha ocurrido acordarse de ellos, de que existen. O, simplemente, dejar de aderezarlos a punta de infiltrados de las guerrillas.

Y, cómo no, también se cierne el aguacero ya anunciado del “diálogo social” entre empresarios, trabadores y gobierno, “a fin de concretar políticas salariales, políticas laborales, y procurar la promulgación de manera concertada del Estatuto del Trabajo, tal como lo manda la Constitución Política Nacional”. Ténganse fino, pues, los trabajadores, que el caballo de Troya está armado, se atusa la crin y avanza.

Es que para darle ligazón al discurso lleno de baches y de frases sin hacer, que parecen copiadas del juego del ahorcado, se acrecienta más allá de su estatura real la figura de Angelino Garzón: Un ciempiés saltimbanquis más que perfecto.

Tal como saltó vivo y coleando de la UP al M – 19, adonde llegó a Constituyente de la Carta del 91, Angelino pasó en el ínterin por la campaña del recordado “cura Hoyos” a la alcaldía de Barranquilla, un héroe que a su vez se pasó a villano, y de adalid del pueblo pasó a la cárcel por una apreciable variedad de delitos administrativos.

Pero Angelino abandonó el barco a tiempo, y del redil del M – 19 voló por amenazas a España, y saltó como liebre del sombrero del Partido Socialista Obrero Español, el PSOE, entonces con Felipe González a la cabeza, y así fue a dar a Salamanca. Sin embargo, sabido es: Quod natura non dat, Salamantica non praestat. Y con una especialización en derecho administrativo, volvió tal cual.

Ya de regreso, con unas cuantas volteretas ligeras se deslizó en la Comisión Nacional de Reconciliación, una de las tantas, que lideraba la iglesia. Y de allí al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, durante el gobierno de Pastrana. En otras palabras, el consejero de liberales hízose ministro de conservadores. Nada nuevo bajo el sol, si nos acordamos que su amigo Juan Manuel hizo otro tanto. Y ambos, por supuesto, terminaron desembocando en el presente por el mismo tubo ferroso (que no férrico) del uribismo.

Y de otra Comisión Facilitadora para el Acuerdo Humanitario, durante Uribe I, por las curvas del destino y tanto apetito, Angelino fue a dar a la Gobernación del Valle, gracias a una alianza santa (sin Santos) y non sancta (¡sin Santos!).

Sin partido, le sobraron avales. Pero Angelino, seguramente para salir ileso de celos de los partidos tradicionales y reconocidos, saltó en las fauces de Convergencia Cívica y Popular (MCCP), un movimiento casi ignorado entonces, una especie de choza política que guarneció a los paramilitares de Ernesto Báez, o que, incluso, según Claudia López, fue montado por este “como estructura política del bloque central Bolívar”. Un partido que, en todo caso, avaló dos candidaturas al Senado: la de Carlos Arturo Clavijo, que perdería la investidura por estar untado de paramilitarismo hasta el tuétano, y la de Óscar Iván Zuluaga, ni más ni menos que el ministro de Hacienda de Álvaro Uribe. Y, como ya dije, la de nuestro héroe valluno, para la gobernación vallecaucana.

De ahí, la garrocha lo elevó a la burocracia internacional, y de apoyar a Uribe en la gestión del TLC con los Estados Unidos, pasó a posesionarse a principios de 2009 como Representante Permanente de Colombia ante la Organización Internacional del Trabajo, en Ginebra, Suiza.

Ya converso y apostado en la esquina rosada que soñó una vez desde los oscuros socavones del ideario comunista y la lucha sindical, ya oteando desde alto el horizonte plácido de la Suiza, sin ver por parte alguna las cenizas de los bosques quemados que le dieron tal nombre a esa Confederación, y menos aún la sangre vertida por sus antiguos compañeros de lucha en una patria cada vez más remota, todo, todito todo, lo conducía a la Vicepresidencia de Colombia.

Creo, sinceramente, que Angelino ha sido bueno, lo que se dice un hombre bueno. No es el asesino que hoy deambula a sus anchas por los actuales recovecos del poder, ni es el tramposo desalmado al que le da lo mismo ocho que ochenta, ni es el destripador de moda que cuenta víctimas como trofeos de guerra de la cruzada de los buenos contra los malos.

Tampoco es el cándido que no ve lo que pasa por sus narices. O el bromista que maquilla lo que ve, para contarlo mejor. O el desvirolado que no se percata de los riflazos que le están metiendo adentro.

Angelino Garzón, sencillamente, es alguien que vadeó el río seco de sus convicciones, y ahora se yergue airoso al otro lado, agradecido a Dios por no haberse ahogado y al diablo por acogerlo en su seno caliente.

Ya dirá El Tiempo qué tan bueno habrá de ser el angélico Angelino para los suyos: los Santos, los grandes grupos económicos, los magnánimos empresarios, los socios del Country Club, los caciques, los victimarios, en fin, y qué tan siniestro será para los hostiles: los obreros, los trabajadores, los desplazados, los sindicalistas, las víctimas, en fin, para tanto pobre suelto en un país lleno de la misma clase de cárceles de las que Angelino pudo evadirse a tiempo, en una tarde muy pretérita.


Artículo reproducido por los siguientes medios y portales internacionales:

REBELIÓN - España
PATRIA grande - La revista del ALBA
Question Digital - Venezuela
Aporrea - Venezuela
Kaos en la Red - España
La Radio del Sur
Indymedia - Colombia
Sur y Sur
ALAI - Agencia Latinoamericana de Información

martes, 6 de julio de 2010

Juan Manuel Santos: Cuatro años a bordo de sí mismo

Por:  Juan Alberto Sánchez Marín

El nuevo presidente colombiano Juan Manuel Santos.

En “El libro de la risa y el olvido”, el escritor checo Milan Kundera, en una frase que no por frecuentada pierde singularidad, afirma que “la lucha del ser humano contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.

En el gobierno colombiano que ahora inicia, un rasgo distintivo es la sin par capacidad de los elegidos, presidente y vicepresidente, para desdecirse de sí mismos, abjurar de los laudos dictados en primera persona, negar las jaculatorias propias de antier, o rasgarse las vestiduras ante las actuaciones de ayer. Una brutal lucha del olvido contra la más natural memoria.

Hablemos de Juan Manuel. Ha estado al frente de tres ministerios: Comercio Exterior, Hacienda y Defensa, desenvolviéndose para tres gobiernos distintos e incompatibles: César Gaviria, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe.


Juan Manuel fue ministro de Comercio Exterior durante el gobierno liberal de Gaviria. Desde esta cartera, fue punta de lanza de una apertura económica de sopetón, que le significo muchos males al país y acabó de sumir al sector rural en la desgracia (que lo digan los productores de trigo, cebada, papa, o los embarcados en los embelecos de la diversificación de cultivos de la Federación Nacional de Cafeteros, de la que el propio Juan Manuel había sido representante incólume en Londres, ante la OIC).

Juan Manuel fue ministro de Hacienda y Crédito Público durante el gobierno conservador de Pastrana, luego de haber sido un franco opositor y crítico acérrimo. Simple voltereta, para llegar de carambola a un ministerio en el que, con su sola llegada, ayudó a ahogar el proyecto presidencial de referendo para revocar el Congreso. Gracias de la vida, “para salvar al gobierno de Pastrana”, según él mismo lo aseveró.

Juan Manuel fue ministro de Defensa durante el gobierno anti gavirista y anti pastranista de Uribe. De malquerido por el presidente, además, a cuya primera reelección se opuso en los inicios, Juan Manuel, un oligarca concreto, un golfista nato, pasó a ser cofrade de Uribe.

Aprovechó la zambapalos generada por el tema de esa reelección en el Partido Liberal, para crear, con la disidencia, el PUN (léase: Partido de Unidad Nacional), el partido uribista de la U del mismo Uribe, en el que aterrizarían paladines, caciques y parapolíticos, y al que aún ahora siguen deslizándose por la puerta de atrás los miembros del PIN, en una suerte de PIN – PUN y ping – pong milagrosos.

Ya en la cresta de un liderazgo inadvertido, con el partido presidencial bajo la manga, Juan Manuel se ganó, por derecho propio, el ministerio que más le serviría en el gobierno de la “Seguridad Democrática”. Asumidas las mudanzas ideológicas y tan claros los fines, importaron poco los medios, sembrados de mentiras y muertos y desplazados, y con el viento de El Tiempo y todos los medios en popa.

Juan Manuel se reunió con las FARC en Costa Rica, sin venia ni autorización del entonces presidente Samper, y llegó a proponerle a la Comisión de Conciliación Nacional, en 1997, la creación de una zona de despeje, más de medio año antes de la reunión de Víctor G Ricardo con Manuel Marulanda Vélez y el “Mono” Jojoy, realizada una semana antes de la elección de Pastrana como presidente y mucho tiempo antes de que a este se le ocurriera la idea.

Pocas veces en la historia del país a un gobierno se le ha cobrado tan cara una decisión, como al de Pastrana la creación de esa llamada “zona de distensión”, en un infructuoso proceso de negociación con las FARC.

Del mismo modo que la esperanza de la paz con el grupo guerrillero fue definitiva para la llegada de Pastrana al poder, la frustración del proceso fue determinante para que Uribe se abriera el camino a la presidencia con su discurso incendiario e intransigente.

Y en el camino, claro está, se llevó por los cachos cualquier política o estrategias de paz: Se instauró un nuevo discurso, de guerra frontal. Y así fue como el mismo Juan Manuel armó diligente el aparataje, organizó las huestes a costillas del PIB y ladró sin moderación desde el Ministerio de Defensa. Franqueó, pues, de una zancada la valla, y, de proponente de la idea, para cerrar con broche de oro, pasó a afirmar, hace unas semanas, que otros candidatos podrían regresar al país a “la oscura pesadilla del Caguán”.

Es aquel Juan Manuel Santos que nunca ha luchado contra el poder, sino por el poder. En una lucha que cualquiera ser humano libraría contra el olvido, Juan Manuel ha optado siempre por perder la memoria. Ahora que lo ha conseguido, que él de cabo a rabo es el poder mismo, ¿qué país tendrá en mente? ¿Cuál población en el olvido?

Y no es cuestión de pedirle peras al olmo. O a un político de corazón, como este Juan Manuel, que no varíe su pensamiento, o que se contradiga de vez en cuando, o que por conveniencia se arrime al árbol que da más sombra. No. Lo que llama la atención es el exacto acoplamiento con la incoherencia y la obstinación enferma por los traspiés. Lo insensato es el tamaño de los virajes, el descaro en los cambios de tercio, la infidelidad a los adictos, los cabeceos abruptos en la palabra .

Claro, siempre puede sostenerse, y no sin razón, que no se pueden traicionar unas ideas cuando nunca se ha creído de cierto en ellas. Y si desde hace tiempo ha sido complicado establecer lo que Juan Manuel cree de las cosas, a estas alturas, cuando ya ha logrado el pensamiento único que siempre ha estado metido en su cabeza, el de ser presidente, pues él todo se hace más inescrutable, con quién sabe cuántas reflexiones en melcocha y la ambición cociendo al vapor.

Juan Manuel, distinguido por el buen olfato político y el certero recular, es corto de vista a la hora de percibir tanta contradicción y paradoja. Él no halla, digamos, incoherencia alguna entre el hecho de haber sido una vez un activo “conspiretas” y reunirse con Raúl Reyes para tramar la caída de un presidente, Samper, y después acusar a Rafael Pardo de acordar con las FARC la unión con las fuerzas de oposición para evitar la reelección del ya recién arrogado patrón, Álvaro Uribe, en una acusación malintencionada y embustera.

Tampoco la ve en abrazar al mismo Reyes en Costa Rica o El Caguán, y después matarlo en un país vecino. Mejor dicho, en haber pasado, en un santiamén, de pacifista consumado a pacificador furibundo.

Situaciones como estas nos dejan hoy de bruces sobre un Juan Manuel que habla sin ton ni son y un Santos que todavía farfulla en la palestra. Y, peor aún, ad portas de un gobierno de labios para afuera.

Ojalá, por el bien del país, ahora en la presidencia Juan Manuel Santos vuelva a llevarse la contraria, a actuar en contravía de lo que dice que hará y de todas las pavadas que promete, y haga por fin algo que valga la pena o sirva de algo, aunque sea para los propios desdichados que lo eligieron.

Cualquier bagatela que esté más allá de las patrañeras cifras económicas que mostraba en PowerPoint en Minhacienda, cualquier cosa signifique más que las victorias de guerra anunciadas en podio de vitrina en esa área farandulera que volvió el Mindefensa, cualquier fruslería que vaya más allá de los guarismos hueros y las esperanzas baldías con que atragantó a Mockus y esperanza a sus círculos criollos. Es que, de a de veras, Colombia no se merece que él no siga siendo el mismo.

Artículo reproducido por:

Question Digital
ALAI - Agencia Latinoamericana de Información
Rebelión - España
Kaos en la Red - España
Sur y Sur
Indymedia Colombia
La Radio del Sur
Radio Nacional de Venezuela (RNV)
Aporrea - Venezuela

domingo, 20 de junio de 2010

Adiós, que le vaya bien…

LA SALIDA DEL PRESIDENTE COLOMBIANO ÁLVARO URIBE

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Adiós, patrón, don Álvaro otra vez muy pronto, que le vaya bien, que no lo vaya a coger el carro desbocado y zigzaguero del propio legatario, que dios quiera no lo parta el rayo de esas justicias terrenal y divina tan trampeadas a punta de bendiciones episcopales y hasta pontificales, y que no lo vaya a espichar el choque de trenes entre poderes y entre colombianos que usted nunca dejará atrás.



El presidente colombiano, Álvaro Uribe Vélez, deja el poder padeciendo lo que el escritor y filósofo Fernando González, también antioqueño de pura cepa, llamó, en 1936, “un estado de conciencia vanidosa”.

El eximio paisano del presidente sostenía entonces que: “…escribir groserías en las paredes de edificios públicos; robar, cuando nadie lo sabrá; vender la patria, cuando nadie lo sabrá y ejecutar actos buenos, heroicos, cuando lo han de saber, es un estado de conciencia vanidosa”.

La coherencia entre el pensamiento anticipado del filósofo y el estado de conciencia, “muy limitada en verdad”, que ha imperado en La Casa de Nariño durante el último gobierno, resulta evidente si recordamos algunos casos del nutrido bestiario mediático nacional reciente, en los que esta clase de soflama presidencial se hace sentir.

La premisa incluye eso de tirar la piedra y esconder la mano. Como en el caso del malmirado acuerdo militar con los Estados Unidos, que da vía libre a la presencia de tropas de ese país en 7 bases militares.


Uribe, en la Segunda Conferencia de la Convención de Ottawa, efectuada en Cartagena el 3 de diciembre de 2009, dijo delante de todos que: “Muchos países, para enfrentar problemas de inseguridad, se han cerrado a la vigilancia internacional. Nosotros abrimos las puertas de par en par a esa vigilancia”.

Es más, el 31 de octubre del mismo año, en Ibagué, según la propia Secretaría de Prensa de la Presidencia, ya había dicho que: “Tenemos toda la entereza para que ese texto lo conozca, de principio a fin, la comunidad nacional y la comunidad internacional”. Y que, como “es un acuerdo de vital importancia”, “…estará a disposición de todos los colombianos la semana siguiente, de acuerdo con lo que me ha confirmado la Cancillería”.

A tantos meses de la promesa y ya en la puerta de salida, el presidente Uribe sigue sin divulgar un ápice del referido acuerdo militar, ni adentro, ni afuera. En un santiamén dejó de importar. Y que a alguien le importara era una tontería. Porque hasta se corrió la voz de que el acuerdo no era tal, sino adéndum, parágrafo, quizás paráfrasis, a otro convenio viejo y empolvado de los años cincuenta. Y los medios corrieron obsecuentes a echarle tierra al asunto.

Las razones del mutismo son elementales: El acuerdo viola la Constitución, que ni siquiera autoriza el tránsito de tropas. Y viola los mínimos procedimientos de curso requeridos: Se salta hasta la talanquera fácil del legislativo, con la propia anuencia del poder afectado. Si no, como es que en octubre de 2009, el mismo presidente de entonces de la Cámara de Representantes, Édgar Gómez, dijera con cara de palo que el Ejecutivo colombiano consideraba que "el acuerdo no afecta la neutralidad del Estado, no implica el tránsito de tropas (extranjeras), y no contempla el paso de personal militar con finalidad ofensiva". Y que, por estos motivos, quién lo duda, “el gobierno de Álvaro Uribe consideró que dicho acuerdo no debe ser sometido a discusión y aprobación por parte del Legislativo”. Lo dijo como si nada, sin anestesia, la voz cantante de un poder malogrado a punta de puestos y dadivas.

“La conciencia vanidosa” se pega. Y en esa misma razón infeliz nos mintieron diciendo que son acuerdos de igual a igual, con nuestros amigos los estadounidenses, en un despiste sin parangón, en el que no hay nada bajo control, excepto la verdad y las buenas intenciones, siempre mantenidas a buen recaudo.

La fila de ejemplos puede atisbarse de una sola ojeada en cualquier página de estos arduos dos cuatrenios. Álvaro Uribe, como “amigo”, le metió una puñalada trapera a Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, en una mediación pedida por el mismo gobierno colombiano y a la que le dio curso con la certeza de que sería infructuosa. La situación se salió de madre cuado las gestiones del vecino, en vez de irse a pique, empezaron a ser eficaces. Entonces y sin aviso, el presidente colombiano dejó colgado de la brocha al presidente venezolano, al que por demás acusó de tratar de ayudar en un conflicto infame, pero requerido para sostener el caballito de batalla que es la máquina de guerra de “la seguridad democrática”.

Uribe hizo de todo, cuanto le dio la gana y de las maneras que quiso. Hizo de la contradicción y la paradoja destrezas gubernamentales. Y de la mentira simple y llana un canon gerencial, en esta empresa necia que es Colombia. Agobió ciudades, pueblos y aldeas remotas con circenses consejos comunales transmitidos sin tregua. Reconvino al aire, de labios para afuera, a ministros y menestrales.

Soltó la jauría de caza del DAS tras opositores, periodistas críticos, líderes sindicales y todo el surtido de los ciudadanos incómodos. Configuró, al interior de las fuerzas militares, un torvo mecanismo de estímulos, que, por entre un tubo, condujo a que las tropas en repetidos golpes de gracia llevaran a cabo el asesinato de campesinos y otros pobres, en un patrón siniestro al que el gobierno y los medios llamaron y llaman con un eufemismo sinvergüenza: “falsos positivos”.

Oyó y atendió los susurros aviesos y solapados de José Obdulio Gaviria, el primo de don Pablo (Escobar). Sentó a su diestra, como Secretario Privado de la Presidencia, a Bernardo Moreno Villegas, un habilidoso egresado de la Financiera de Desarrollo Territorial (FINDETER). Camanduleó de más con César Mauricio Velásquez, su Secretario de Prensa, una especie de predestinado del Opus Dei, a cuyas convicciones no les calza la democracia, si no es de papel.

En fin. Con la partida de Uribe es de esperar que se vayan los cohechos no tan idos, con Yidis, Teodolindo y el ido de Sabas Pretelt. Se van, por fin, Fabio Valencia Cossio y sus intervenciones abiertas, descaradas y reiteradas en esa especie de apéndice del Ejecutivo que han terminado siendo el Congreso de la República y la Cámara de Representantes durante este tiempo, donde apenas si son audibles unas pocas voces independientes y dignas.

Se va también la vanagloria inmoderada, más bien insolente, de la junta del gobierno con toda clase de malas compañías: pendencieros, trapisonderos y malhechores; los que entran por la puerta de atrás a Palacio; los muchos otros que también fungen de asesores, directores o secretarios, y fingen de piadosos; los que son defendidos a capa y espada por el presidente, en cuyas diatribas recriminatorias a la Justicia está la procura de exculparse a sí mismo, como máximo responsable de todos los quebrantamientos a la ética y las leyes.

Álvaro Uribe dijo en UNASUR: “Colombia ha tenido una democracia respetable, de independencia de instituciones, de plenitud de libertades”. Y en Barrancabermeja, el 11 de agosto, hace casi un año, afirmó durante el V Encuentro de la Jurisdicción Constitucional, que “La Justicia en Colombia es autónoma, independiente, y se ha fortalecido bastante, gracias a nuestros esfuerzos presupuestales y a la Seguridad Democrática.” Y sostuvo que “este Gobierno le permite hoy (a la Justicia) actuar en todas las regiones y frente a todos los temas. Hoy no tiene restricciones territoriales ni restricciones de materia”.

Sin palabras. Cuando la Corte Suprema de Justicia es una de las instancias más atacadas por el presidente y sus partidarios. Donde los jueces son vilipendiados y desautorizados por el propio Álvaro Uribe, y acusados de politiqueros, de falseadores y de calumnia. Cuando toda la rama judicial es desprestigiada y puesta en el banquillo de los acusados, en tanto que los acusados, sus subalternos y secuaces, cómo no, son absueltos a priori por el Jefe de Estado. Los pájaros tirándole a las escopetas. Claro está, al fin y al cabo, a lo sumo una nueva variedad de los mismos “pájaros” de nuestra Violencia con mayúscula, aquella en la que hay tantas raíces de tanto.

Se lleva Uribe a cuestas una moral retrechara, gazmoña y afincada en la psicodelia: serán malos, pero adinerados y útiles los buenosmozos; serán buenos, pero pobres los desgraciados. ¡Qué viva Sarmiento Angulo! ¡Abajo los desplazados, esa suerte de infiltrados!

El 23 de marzo de 2009, en un consejo de seguridad en Tibú, Norte de Santander, el presidente aseveró que en sólo 22 procesos de los llamados “falsos positivos” iniciados entonces, se había encontrado soporte jurídico para las denuncias. "Nosotros somos los primeros en exigir que no haya ‘falsos positivos', que haya total transparencia, pero tenemos que ser los primeros en denunciar que mucha gente, amparada en este tema, lo que ha hecho es crecer falsas acusaciones, para tratar de paralizar la acción de la Fuerza Pública contra los terroristas".

Unos meses después, el 3 de diciembre pasado, en una videoconferencia, el presidente Uribe volvió a llamar la atención porque “hay personas e instituciones que, en muchas ocasiones, acusan a nuestras Fuerzas Armadas falsamente, simplemente por afectar nuestro proceso de Seguridad Democrática”.

Las cifras escandalosas de muchachos asesinados en distintas partes del país, que ya sobrepasan los dos mil, acallaron pronto esta monserga del presidente. Echando mano a palabras de José María Vargas Vila, dichas en otro contexto, pero con medidas que ahora parecieran tomadas por escribano notarial, o, mejor, por sastre de pueblo, el presidente Uribe siempre trató de hacernos creer que no se daba cuenta de que andaba “por sobre las cenizas de los muertos”. Así estuvo todo el tiempo y así se va.

Cuando la Justicia condenó a 30 años al coronel retirado Alfonso Plazas Vega, volvió la carga al machete de Álvaro Uribe Vélez, con idénticas argumentaciones:

"El terrorismo, que está perdiendo, en su osadía, ahora quiere ganar a través de tinterillos con acusaciones falsas contra la seguridad democrática". Lo dijo el 3 de junio, en una ceremonia de ascensos de la policía, en la Escuela General Santander, y agregó: "Los tinterillos, los idiotas útiles e inútiles, están en contra de esta política y atemorizan a la Justicia que a veces les da recibo".

Álvaro Uribe sangró por la herida y una sombría asociación de ideas debió incrustársele en esa alma de tantas encrucijadas fatídicas: El infeliz veredicto contra una extralimitación remota y brutal debió hacerle pensar al presidente que por ahí anda suelto el artífice de las Convivir, principio del paramilitarismo, y el regente de un régimen en el que ha corrido mucha sangre inocente.

Al gobierno del presidente Uribe, en el tema de la guerra interna y de su “Seguridad democrática”, le puede pasar igual que a la Inglaterra de “La guerra de los Cien Años” contra Francia, que ganó casi todas las batallas decisivas, pero a la final perdió la guerra.

Es que ni “Jaques”, ni “Camaleones”, ni toda la calaña de los montajes bélicos, sin desconocer su carácter paliativo en el retorno de civiles y militares, y en la reunión de las familias, conducen a parte alguna, mientras los caminos restantes, los del diálogo, de la equidad, del empleo digno, de la seguridad social básica, por ejemplo, sigan siendo minados sin miramientos con la intolerancia de un dogmático y la jactancia de un ubérrimo.

“Que el amor por esta Patria sea la llama a través de la cual Nuestro Señor y la Santísima Virgen me iluminen para acertar; también, para superar la humana vanidad y rectificar cuando incurra en el error”. Esto lo imploró Álvaro Uribe en su discurso de posesión durante su primer mandato, el 7 de agosto de 2002. Era el Álvaro Uribe del corazón grande. Pero aún así, los santos cielos no lo oyeron. En muy pocas cuestiones acertó. Jamás superó la humana vanidad y más bien se le acendró a toda la hornada a su alrededor el “estado de conciencia vanidosa”. Y, como hemos visto, en vez de rectificar cuando incurrió en errores, se volvió iracundo (y lo dejó ver), y le endilgó todas las culpas a quienes no pensaran como él.

Álvaro corazón grande recuerda mucho a Ricardo Corazón de León, aquel rey inglés de la segunda mitad del siglo XII, y no sólo porque al uno, al criollo, lo seduzcan las caballerizas y los caballos, y al otro la caballería, sino por lo cruzados ambos, el corte anacrónico de la cohorte y los escuderos, y, claro está, por el poquísimo gusto por gobernar (que se disimula en trabajar, trabajar y trabajar). Y, a cambio, sí la enfermiza fascinación por la guerra, por desgastar a sus patrias con el embeleso de ganar batallas minúsculas e intrascendentes.

El uno, a última hora, tuvo su Saladino, su carcelazo y su derrota; el otro, el nativo, todavía no lo sabemos, pero ya el personaje escucha por todos los puntos cardinales los pasos de animal grande de la Justicia, la nacional (a la que no logró sojuzgar) y la internacional (que ya le hace regar el tinto del caballo). Y hoy, a diferencia de ayer, no vamos a quedar en manos de Juan Sin Tierra, pero sí en las de Juan Manuel sin Tiempo, y, de cierto, cual siervos sin tierra, como siempre.

Bajo el yugo de los dos gobiernos seguidos de Álvaro Uribe Vélez, mucho del país se fue muriendo en el entre tanto, golpe a golpe, peso a peso. Bala a bala, mejor. Después de estos implacables años de tanta “conciencia vanidosa”, más allá de la mentada “seguridad democrática”, de la cohesión antisocial, de las amañadas cifras de crecimiento o de la espelucada confianza inversionista, yace tendida y exánime la esperanza en un país justo, y es irremediable que luzcan mal y cabizbajos los sueños de una Colombia más incluyente y menos violenta.

A la manera de decir las cosas del finado poeta calarqueño Luis Vidales, a esta Colombia se le han muerto tantas cosas que ya parece un poco fantasma. La prueba de ello es que a estas alturas ni siquiera nos espante la idea de que Juan Manuel Santos sea el sucesor de Uribe y el continuista del aquelarre nacional que ha sido tal mandato.

Ojalá que la callada movilización popular que no deja de brotar a lo largo y ancho del país, siga avanzando y haciéndose incesante. No se la ve en los medios, pero ahí está. No se la registra, porque se la disimula, pero ahí va. Por supuesto, también tiene algo de espectral: no figura en las encuestas, no come cuento, no traga entero, se la nombra como algo amorfo.

Es de estudiantes, de indígenas, de negros, de obreros, de desempleados o mal empleados, de desplazados, de víctimas de todo tipo y de familiares de víctimas, de pobres que no tienen nada y, quién lo duda, de algunos pobres diablos colados que ni siquiera saben que también son pobres aunque tengan algo de plata. En otra palabras: esa parte innegable del país que nunca hizo parte del manipulable “estado de opinión” tan propugnado por el presidente que ya se va.


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miércoles, 16 de junio de 2010

Todos ponen, pocos ganan

LAS PROPUESTAS ELECTORALES DE SANTOS Y MOCKUS EN COLOMBIA

Por:  Juan Alberto Sánchez Marín


Miserables que creen que eligen presidente. Boyantes que saben bien que eligen candidatos a su talla y medida.

Antanas Mockus y Juan Manuel Santos, candidatos a la presidencia de Colombia para el período 2010 a 2014.


Antanas Mockus es una derecha a carta cabal, disimulada de centro y agazapada en lo que se ha dado en llamar “una ideología moderada”, lo que es un desatino más bien desmesurado.

Juan Manuel Santos, por su parte, es una derecha asumida sin tapujos, “de los ricos, por los ricos y para los ricos”, que, además, se ufana hasta el empalago de continuar la armazón de la extrema derecha de Álvaro Uribe.

En pocas palabras: En Mockus, la derecha, con claro tinte de autoritarismo, escuelismo, neoliberalismo, y unos cuantos ismos más igual de azarosos. En Santos, una derecha aún más a la diestra (por ende, más siniestra), que se debate entre los extremos desgraciados de la infalibilidad de Uribe y José Obdulio, y el culebreo oportunista del propio candidato.

Muy mal deben andar las cosas en un país en el que lo esperanzador de una propuesta de gobierno es la sencilla promesa de respetar la Constitución y las leyes, algo inherente a una democracia y que es un supuesto que debería ser precepto para cualquier gobierno medianamente honorable.


Y donde lo reseñable de la otra es la falacia de una “unidad nacional” que sofríe en una misma sartén politiqueros, parapolíticos, hamPINnes (del Partido de Integración Nacional), expresidentes caramboleros de Colombia y de la OEA, y, claro está, al inevitable y próximo ex presidente y sus secuaces.

No hay que ser muy astuto para saber que Juan Manuel Santos es un buen vendedor de ilusiones. Apela y explota sin piedad las características malditas de unos ciudadanos (clientes, compradores) condenados a 200 años de vida republicana y de soledad, sí, dos veces los cien del ilustre García Márquez:

Desmemoria, olvido, atraso, ignorancia, ausencia de los servicios básicos y de todos los otros y de todo, son sólo algunos de esos elementos que, con el apoyo ya casi innecesario de la coacción, de la amenaza, del chantaje, mueven la maquinaria continuista de Juan Manuel.

Como buen prestidigitador, jugador de póker, tramador de “falsos positivos” (asesinatos ciertos), urdidor de entelequias y otras picardías, Juan Manuel también miente sin empacho. Y ahí enreda al otro, a Mockus, un candidato que, cocinado en la salsa propia de mucha filosofía y matemáticas, y pocas nueces, procura vender a punta de verdades (más impuestos, por ejemplo) una gran mentira: la de un sistema que no apunta a transformar, modificar, o, por lo menos, revisar las estructuras fundamentales, sociales, políticas, económicas, de un país al que otra farsa, la de la seguridad democrática, no le ha frenado, no le frena, ni le frenará así nunca, la caída de culos al estanque.

Y la gran mayoría de los otros electores descastados, la clase media, la del voto de opinión, la que sigue los debates electorales por la televisión, lee la prensa y hasta inspecciona las secciones política o económica, tiene Internet en casa y se expresa gustosa en las encuestas, le cree a Santos a pie juntillas. Incluso, se fanatiza y aguanta la idea de que el delfín de Uribe atacará la corrupción, significará progreso y sacará a flote, no se sabe de dónde ni con qué alientos, un talante reformista.

Peor aún, una buena parte de esa clase media, intelectual, pensante, de tanto ver la tele y leer El Tiempo, cree a ojos ciegos en la coherencia de Santos, entre lo que dice ahora y lo que hará después, como si la hubiera habido entre lo que hizo ayer y lo que hoy mismo dice que hizo.

Apenas la minoría pudiente y poderosa de Colombia, los pocos grandes grupos económicos, los parvos habitantes del estrato 6 y hacia arriba, hacen sus apuestas por ambos, no tienen pérdida, no corren riesgos. Con Santos ganan Ardila Lule y Sarmiento Angulo, con Mockus gana Santodomingo. Frente al país entero, con cara gano yo, con sello pierdes tú. Con Santos o con Mockus, siempre salen airosos.

Ellos, que son pocos, poquitos, poquísimos, en un país de inequidades, donde el 49,1% de los ingresos va a parar a las arcas del 10% más boyante, frente al 0,9% que se queda en el lado enjuto de los más miserables.

Miserables que creen que eligen presidente. Boyantes que saben bien que eligen candidatos a su talla y medida.

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miércoles, 2 de junio de 2010

El elegido

Por: Cecilia Orozco Tascón


GRAN SALTO HACIA ATRÁS HA DADO Colombia, al menos la plebeya, con la cuasi elección de un representante de las dinastías más conspicuas, Juan Manuel Santos.

Nada sorprendente, después de ocho años de admirar el represor estilo de finales del siglo XIX que impuso Álvaro Uribe, el ganador del domingo pasado: nadie discute que el poco carismático Juan Manuel no habría obtenido ni la cuarta parte de los votos de la U de no ser por la simbiosis con su patrón. Si Uribe escogió como paradigma político al nefasto Rafael Núñez, Santos parece haber seleccionado como el suyo al conservador Mariano Ospina Pérez, tal vez por aquello de que éste fue sobrino y nieto de presidentes y el tío abuelo de Santos también lo fue. Juan Manuel tiene otros elementos en común con Ospina Pérez. Uno, que ambos fueron considerados “el hombre de los cafeteros”, por haber contado con el impulso de la cúpula de la Federación más privilegiada del país. Dos, que el gobierno de “Unidad Nacional” que propone Santos es título copiado del que propuso Ospina. Esperemos que las coincidencias sólo lleguen hasta ahí, porque si continuaran, habría que espantarse, dado que la época conocida como “La Violencia” se inició en la administración Ospina y aún no hemos podido salir de ella.


Ospina pretendía calmar al liberalismo con el acicate de la “unidad”, entregándole unos ministerios de segunda y unos puestos de tercera. Santos pretende darle sepultura definitiva al partido que lo catapultó con una fórmula similar. La verdad, no tendrá que esforzarse mucho: puso a babear a la mayoría de los liberales con su dedo meñique. Éstos, incluso algunos que creíamos enhiestos, hace tiempo que perdieron su identidad ideológica. Ni siquiera tuvieron el coraje de actuar de frente. El viernes pasado juraban que iban a votar por su candidato. El sábado empezaron a airear su voto por la U y el domingo adhirieron al tipo despreciable de ayer, al que, según rumoraban, intentó aliarse con Mancuso, Reyes y Carranza. Y qué decir de los conservadores. Ellos se mimetizaron con el amo y así continuarán, guiados por el inventor de las “medidas técnicas” que impidieron entregarles subsidios del Estado a los campesinos. Se sabe que con tal de ganar, Santos no se para en pleitos. Su casta capitalina cede ante la necesidad de los votos y se mezcla con la política provinciana más ramplona, aquella a la que le ofreció hace unos años $300 mil millones en “partidas regionales” para entregárselas, en rama, a sus senadores y representantes. ¡Lo que se ha de ver!

Loa a quien ganó la primera vuelta ampliamente. En Antioquia, con el apoyo del destituido parlamentario César Pérez, investigado por la masacre de Segovia. En el Valle, con Dilian Francisca Toro, procesada por parapolítica. En ese departamento y otros, con el concurso del partido de la Picota. ¿O habrá que ser superdotado para adivinar que al PIN le interesa únicamente jugar con el ganador? En Atlántico, con los votos del campeón del clientelismo, José Name. En Córdoba, con los de los involucrados Zulema Jattin, Musa Besaile y, tal como se vieron los resultados, con el 50% de los partidarios del condenado Juan Manuel López, o bien, con los de su señora, Arleth Casado. En Bolívar, con Piedad Zuccardi y su marido condenado por peculado, Juan José García. En Sucre, con la sucesión de Álvaro García Romero, condenado a 40 años por la masacre de Macayepo. En Caldas, con Adriana Gutiérrez, y, en el Meta, con Luis Carlos Torres. ¡Oh gloria inmarcesible!, ¡oh júbilo inmortal! Si no nos importó de dónde venía ni quiénes eran los amigos de un antioqueño arriero, ¿qué nos vamos a preguntar cómo triunfa alguien que nació para ser elegido?

Columna de 2 de junio de 2010, en El Espectador.

domingo, 30 de mayo de 2010

Los hamPINcillos

¿A que no adivináis a cuál candidato apoya tanto hamPINcillo suelto por ahí?

Blanco es, la gallinita de Uribe lo pone.

La tierra, siempre la tierra

Por: Alfredo Molano Bravo

Sobre la película colombiana: "Retratos en un mar de mentiras"
(Ver debate entre Gustavo Petro y José Obdulio Gaviria en la columna derecha de este blog)

DE LOS BARRIOS QUE SE DERRUMBAN solos, porque fueron canteras de arena y ahora son hervideros de gente, huyen de la muerte y del desarraigo los desterrados.

Y nunca terminan de huir del mar de mentiras de la publicidad oficial y del mar de verdades criadas por el terror. Pero huyen, siguen huyendo. Huyen hacia atrás, hacia el origen de la tragedia, en una renoleta destartalada. Ella, una mujer enmudecida por el pavor y aferrada a un Divino Niño del Veinte; él, un rebuscador que deambula con un caballo de madera y un sombrero mexicano de terciopelo negro, fotografiando a quien se deje, en cualquier plaza de ferias, en cualquier atrio, en cualquier cuartel. Son primos, se temen, se necesitan. Van a desenterrar los papeles de la tierra que el abuelo, en la huida, enterró en las cenizas de su mujer, su casa, su finca. Todavía creen que son los títulos y no las pistolas los que acreditan la propiedad. Al Gobierno los únicos papeles que le importan son los de identidad. Bajan de los páramos —donde aún nacen las aguas y los frailejones— a los valles —donde los ríos ya no llevan bocachico ni blanquillo—, esquivando tractomulas gigantescas por carreteras estrechas y rodeadas de soldaditos que saludan con el dedo de matar pulgas mirando al cielo. Inocentes criaturas. Pasan por puentes amarillos sobre ríos embravecidos, bajan el abismo por un laberinto pavimentado. La mujer grita. Aparecen niños jugando con el ruido que hace una moneda regalada en un tarro de plástico. Piden limosna...


Un retén de policía. La mujer grita. El hombre le dice entre dientes, cállese prima, son la ley, yo los arreglo: Señor agente, ¿una foto? ¿Sí? ¡Con sombrero de mariachi y Galil queda bacano! ¿Y para la gaseosa? No, para eso sí no hay. Siguen, otro retén, la guerrilla dispara en montada; el Ejército se parapeta detrás de los civiles. Él toma fotos. Tiros en el carro. La vida no se detiene. La renoleta saca la mano: el empaque de la culata. El viaje sigue en escalera. El plante —caballo, sombrero y Divino Niño— a la mano. Comen por fin: un sancocho de pescado, sin pescado; pura yuca. Después, el fandango, buqué de velas, chupacobres en andamio. La tienda de don Juan es ahora de un John Jairo que atiende con poncho y sombrero vueltiao. A la orden: ¿vienen a comprar o a investigar? Porque aquí nadie sabe de nada, aquí la historia se acabó. Más bien tómense un trago allá con ellos, con los patrones; son los que saben de tierras. ¿Tierras? No, compa, aquí eso ya no hay. Más bien váyanse a dormir la que llevan puesta. Duerman. Al piso, hijueputas, al piso. La mujer grita. Vuelve a gritar lo mismo que gritó hace 15 años: ¡Nooooo, no nos maten! ¡A la Ranger!, ordena el patrón. ¡Ya encontraron lo que buscaban! La Ley los despide con un “suerte muchachos”. A la Ranger van. ¡Hay que hacerlos perdedizos!, grita el patrón. En la trocha, bajo una bonga, un pegadero, la Ranger se clava. Todos empujan. Un descuido y ella corre monte adentro, él también. Disparan, lo hieren. Llegan al hospital dando un rodeo. No atienden, hay paro. La Policía cuida. Al hombre, sangrando, lo meten al cuarto de los muertos de anoche. Los chulos revolotean de cadáver en cadáver, les gustan los ojos aún tibios; la Policía se divierte haciéndoles tiros. Los huyentes desisten, no hay droga. Ella se lleva a su primo arrastrado. Muere en el beso del mar.

Son las imágenes que me han quedado de la película Retratos en un mar de mentiras, de Carlos Gaviria, que no es pariente ni de Carlos ni de Víctor. En una entrevista publicada en http://www.retratosenunmardementiras.com/, Petro opina: “no es una película, es la palpitante realidad de un país que vive en guerra por la tierra”. José Obdulio balbucea: “no, es una mentira repetida”. “Sí —revira Petro—, repetida cuatro millones y medio de veces, una por cada colombiano desplazado”. Gustavo Petro —digo yo— ha vuelto a meter el dedo en la llaga: el origen del problema —siempre tapado a bala— es la tierra. A todos los candidatos ha puesto a hablar sobre la cuestión agraria. Es el mayor acierto de los muchos que ha tenido en su campaña. Votaré por él.

Columna del 30 de mayo de 2010, en El Espectador.

jueves, 20 de mayo de 2010

Lo "positivo" de Santos


El uribismo es tan falso que ahora nos quiere meter este Santos positivo.

domingo, 16 de mayo de 2010

Novela picaresca

Fue otro Santos, Francisco —“criado de la casa real”—, quien al final del siglo XVII contribuyó como escritor al género picaresco español.

Tres siglos después otro Santos, Juan Manuel, se confesó experto en picardías, al admitir que pretendió ponerle picante a la campaña con la cuña radial que imita la voz de Álvaro Uribe, para hacer creer a los incautos que el mandatario lo apoya. Santos dice que los uribistas lo han felicitado por la “genial” mentira, y lo creo, porque este es el país de la picardía. Veámoslo.

Es muy probable que nunca en su vida el estratega venezolano J.J. Rendón haya tenido visa para trabajar aquí; sin embargo, ha participado en dos campañas presidenciales, fue gestor de un partido político, sacó a sombrerazos a un joven parlamentario, ha ganado importantes sumas de dinero, probablemente no ha pagado impuestos o lo ha hecho con avara discreción, y recientemente al vincularse a un candidato presidencial, armó la grande. ¡Qué tal que hubiere tenido permiso de trabajo! A lo mejor fue suya la idea de imitar a Uribe, obviamente porque en esa suplantación era seguro que otra picardía los pondría a salvo: la de que el imitado no desautorizaría el pequeño “engaño”, porque para eso sí tiene humor.


El escándalo de las “chuzadas”, por cuenta del cual aún no están presos todos los que deberían estarlo, por obra y gracia de la picardía ha terminado en que la agencia civil de inteligencia admite que hay carpetas de 28 millones de colombianos, incluidos magistrados y hasta los parlamentarios que asistieron impávidos a semejante confesión, sin que se oyera una sola protesta en el recinto. Cosas de la picardía, que no vale la pena alborotar, menos cuando los afectados no se inmutaron.

La ex directora de una agencia civil de inteligencia confiesa que ella puso su oficina y los esfuerzos de sus subalternos al servicio de un litigio personal de su jefe, y como se trata de una picardía menor, tampoco hay un Procurador que la investigue y sancione.
El Gobierno diseña un plan de subsidios para las gentes del campo, del cual sin embargo se benefician grandes potentados, los mismos que luego aparecen aportando a la campaña presidencial de un fallido ministro y candidato, y la picardía blinda a sus influyentes protagonistas.

Algunas firmas encuestadoras utilizan un inusual filtro para medir la intención de voto de los colombianos, encuestando solamente a quienes tienen registradas sus cédulas, y el candidato del régimen, que va perdiendo, milagrosamente empieza a puntear las mediciones. Ya no importa que otra sea la realidad en las calles, porque para eso los medios amigos sabrán maquillar todo para que no se note nada. Lo que importa es que también allí la picardía hace sus gracias.
Un cardenal de un culto religioso acuña un peculiar método de intervenir en la actividad partidista que le está vedada, dando patente de católico a su candidato presidencial preferido. La feligresía aplaude la picardía celestial de hacer proselitismo, sin que nadie lo advierta.
El punto 103 de la propuesta del fogoso candidato presidencial del régimen denunciado por corrupción, falsos positivos, reelección comprada, interceptaciones ilegales, zonas francas, etc., anuncia que en su eventual gobierno va a trasladar la Fiscalía al Ejecutivo, dizque para luchar “contra la delincuencia, y para mejorar la rendición de cuentas ante la sociedad”, y la galería no se estremece. Más picardías, de las buenas, claro.

Un Procurador politiquero y de bolsillo absuelve con las mismas pruebas que el Vicefiscal llama a juicio y, como si fuera poco, silenciosamente pretende que su prestigioso abogado personal se convierta en su Fiscal. En la Procuraduría se carcajean con la picardía del Absolvedor.
Nada de qué aterrarse. Juan Manuel tiene razón en su fe por la picardía. Esa es la Colombia del tercer milenio, y la de siempre.

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Adenda. Patriótica la propuesta del parlamentario independiente Roy Barreras, para que Álvaro Uribe sea senador vitalicio. Felicitaciones, así habilitará a la Corte Suprema en la que tanto cree su amo, para que lo investigue y lo juzgue en su condición de parlamentario.

(En "El Espectador", columna "Notas de Buhardilla")

lunes, 19 de abril de 2010

Chao, Uribe

Por: Lisandro Duque Naranjo

Hacía ocho años exactamente que no experimentaba un relajamiento como el que ahora me embarga.

Esa molicie, por supuesto, se debe a la certeza de que al actual presidente le quedan ya pocas semanas en su cargo, lo que me basta para ni siquiera pensar todavía en quién vaya a sucederlo y dedicarme más bien a disfrutar el instante.

Obviamente no soy el único contento, pues gran parte del país se siente como si lo hubieran soltado de un patio de cárcel. Se estrena un aire de desinhibición, una temporada de liviandad. Yéndose Uribe, hasta los aguaceros dan buen genio. Los magistrados de la Corte Suprema, por ejemplo, que sufrieron sus groserías y las contestaron con un léxico íntegro pero contenido, ahora emplean términos más desenfadados. Eso en cuanto al organismo al que el azote del barrio se la pasaba haciéndole espionaje y conminándolo a la expiación. La Corte Constitucional, por su lado, a la que supuso de lavar y planchar, ya le sacó la maleta del todo desde el referendo y, cogiéndose confianza, acaba de tirarle por la borda su lastimoso proyecto de emergencia social. Por su parte, la Fiscalía, tan acomodada a las circunstancias, apenas estuvo segura de que el señor Uribe salía de la escena, y encima de eso supo que Juan Manuel se estancaba en las encuestas, sacó del limbo los expedientes por lo de las chuzadas y volvió a empapelar a Sabas Pretelt y Palacio Mejía por lo de la yidispolítica.


Ahí nos vamos dando cuenta de todo lo que iba a empolvarse en los anaqueles si hubiéramos tenido un Uribe III. Muy justo que el hombre aprenda por fin lo que es la soledad del poder, que en su acepción no literaria equivale al descaro con que sus obsecuentes de la víspera le pierden el miedo y hacen, por fin, lo que les dicta su conciencia. Un poco tarde, pero nada es perfecto. Y para colmos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos despide a su gobierno con un severo cuestionamiento a propósito de la matada de pobres muchachos (falsos positivos), la colaboración de su Fuerza Pública con criminales y el hostigamiento a magistrados y periodistas.

Aún así, este presidente ya en las últimas se la pasa peregrinando por emisoras para implorar que no le dejen botadas aquellas letanías rancias ya: “¡Seguridad democrática, confianza inversionista, cohesión social, por favor!”. Y eso que falta que, en el caso de sucederlo alguno de los que él cree va a darle continuidad a esa retahíla, termine asestándole la decepción final, pues a la fija le cambiará el nombre a todo eso y quizás hasta lo descarte por chatarra.

No le pido entonces mucho al próximo gobierno, ni me preocupa de momento lo que haga. Me basta simplemente con que se limite a ser el posterior al actual, cuya ausencia me procura un placer químico. De lo que estoy seguro, es de que quede quien quede al mando del país, y toco madera para que no sea cierta persona, jamás me hará decir que “me sentía mejor con Uribe”. Es que después de éste es imposible seguir más hacia abajo. Uribe es la excepción a la norma de que “todo es susceptible de empeorar”.

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Piedad Córdoba: Otro caso patético es el del procurador Ordóñez Maldonado, quien viéndose a gatas por el emplazamiento que le ha hecho la Corte a causa de su onanista concepto del cohecho, volvió a poner en circulación las boberías trasnochadas contra Piedad Córdoba. Si este funcionario fuera correcto, y en lugar de un misal leyera textos de derecho, a quien debiera citar es al propio Presidente que fue el que le pidió a la Senadora emprender las gestiones y contactos por los que ahora cree poder enjuiciarla y que ella cumplió a la vista de todos. Y con resultados tan satisfactorios —ya perdí la cuenta de los secuestrados cuya devolución a sus familias y hasta al propio Ejército obtuvo con la desganada autorización del Gobierno—, que el país lo que le adeuda es un desagravio del mismo tamaño de su solidaridad.


Columna: "Lo divino y lo humano", El Espectador, 17 de abril de 2010.

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