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BELDADES Y MENTIRAS DE GADAFI

Rodeado de sus beldades, vocifera, desafía, miente. Y la voz telúrica en la tribuna es el canto del cisne.

COLOMBIA: UN PAÍS MINADO POR EL DESPOJO MINERO

En un país en donde nunca estamos sentados a la mesa ni para lo nuestro, no hay otra opción: Terminamos haciendo parte del menú.

REMESAS Y POBREZA EN COLOMBIA: UNA RELACIÓN EVIDENTE

Según previsiones actuales, se recuperarán niveles anteriores de remesas desde el extranjero sólo a partir de 2012 o 2013.

COLOMBIA AFRONTA EL CRECIMIENTO DEL PARAMILITARISMO

La estructura del paramilitarismo se redujo en algunas regiones del país, pero en otras permaneció intacta o hasta creció. .

ENFERMEDADES 'LEVES' QUE MATAN EN COLOMBIA

Los pacientes con diagnóstico de alguna enfermedad prevenible terminan en una gran tragedia personal y familiar, requiriendo cuidados médicos que las entidades designadas no prestan efectivamente.

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domingo, 5 de abril de 2009

Acción y opción de la crítica en Venezuela

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Día y noche, 1938. M.C. Escher. Litografía.


El pensamiento crítico en Venezuela tiene una tradición que se remonta a los albores del siglo XIX... Una época dorada de la que no es ajeno Simón Bolívar... Hugo Chávez viene de esa vena esencial.


En un proceso como el que vive Venezuela, las etapas plenas y placenteras son sucedidas por etapas espinosas. Y lo contrario. Empiezan y terminan unas y otras, o, simplemente, se transforman, en tandas sin fin que desconciertan, a la vez que propagan la esperanza. O se reinician, para usar un término de moda aplicable. Como en cualquier sociedad, el destino se escribe a medida que se dan los pasos y se queman las etapas. Y ahí podemos hacer una deducción elemental: que las cosas quietas no determinan procesos. Sin embargo, no todo lo que se mueve configura un proceso, que, ante todo, significa avance. Y tenemos una premisa significativa: que no todo lo que se mueve avanza. Lo explica bien el escritor francés Boris Vian: “Evidentemente, cuantos más obstáculos ha vencido uno, más tentado se siente de creer que ha llegado más lejos. Eso es falso. Luchar no significa avanzar” (1).


Ya irá estando exento cada vez más el ánimo de los afanes, serán decididos los lastres e identificados mejor los ruidos en el sistema, ya se ponen en los anaqueles los adalides de las viejas causas, con su polvo y bagatelas, y se ignoran los cantos de sirenas roncas y pitos agudos de la Colomina, la Chirinos, la Angola, del Kiko o del Castillo (2). Importa la comprensión de lo que hay en juego y su valoración constante.

El siempre sinuoso devenir histórico, el tira y afloje del contexto mundial, las agridulces gracias de una cohabitación forzada con un sistema decrépito, poblado de energúmenos conserjes y siervos chiflados, y la supervivencia como si nada bajo un imperio que lo quiere todo, no hacen posible dejar la lucha, y esto a la vez hace difícil no creer que cualquier reyerta de esquina es un avance. Es el engaño. Y la meta es el desgaste. Pero elemental la manera de hacerle frente: no perder la perspectiva, esa trapisonda de las matemáticas, que desde Brunelleschi, en el Renacimiento, es un recurso de la pintura y, por analogía, del modo en que podemos desarmar una realidad engañosamente plana.

Lazo de unión, 1956. M.C. Escher. Litografía.


Flexión y reflexión permanentes

La profundización en la ideología socialista, la mayor claridad en lo que se pretende, la terquedad en algunos aspectos y la sincera convicción en otros, el desarrollo natural del proceso y mil elementos condicionantes más, hacen que las estrategias, las prioridades, los vínculos, incluso, los axiomas, sean reconsiderados cada cierto tiempo. Esa flexibilidad y capacidad de adaptación a las circunstancias cambiantes, también debe cruzar de manera transversal otros aspectos del proceso, para que las honduras del abismo no se vengan encima.

El modelo en obra, por ejemplo, no puede dejar de ser incluyente. Áspero con el enemigo, férreo con el desestabilizador, pero permeable a la crítica, que es un mecanismo fundamental de evaluación. La crítica no es constructiva ni destructiva, ni puede ser favorable o desfavorable. Simplemente, está bien o mal hecha. Es honesta o no. Sirve de muy poco la que nos gusta y lisonjea, y, en todo caso, no más que la que nos ataca con cándida virulencia o con perversa saña. La crítica es análisis, reflexión, examen.

Y, claro está, la mejor crítica viene de adentro, de las propias entrañas. Yo sé por qué he errado, por qué he acertado, cuánto me faltó, qué se estropeó, cómo mejoro, dónde está la cuestión. También: A quién engaño y por qué o por cuánto. Por eso es personal, familiar, grupal, comunal, barrial, municipal, regional, nacional. En ese orden. Es la revisión: la evaluación nuestra de cada día, como el pan o cualquier necesidad fisiológica. Y que, como la reflexión, la participación o la comunicación, es inherente, nace de adentro, del interior de la persona, de la comunidad, del pueblo. Si no, no sirve. La evaluación inducida sólo es útil para generar artimañas para evadirla.


La crítica: opción impajaritable

Una de las cosas que caracterizan la llamada oposición al proceso venezolano es que la crítica brilla por su ausencia. Se lanzan diatribas, emponzoñadas aseveraciones, comentarios malintencionados, frases reiteradas y vacías que se vuelven lemas o cuñas por sus medios masivos, sin sentido, sin observación, sin distanciamiento. La crítica comprometida con uno u otro lado no es crítica, es militancia. Sirve para fastidiar, para desviar la atención, o como propaganda, pero nada para edificar, y poco para corregir errores o reorientar rumbos.

Oscar Wilde, con su esteticismo característico, dijo algo así como que es muy difícil ser bueno con los amigos, pero que en cambio sí es fácil serlo con los enemigos. Nada más cierto. Qué sencillo es decirle al odioso que muy bien por donde va, darle unas palmaditas en el hombro y que siga rumbo al despeñadero. Al amigo, en cambio, cuando menos, toca pararlo y decirle que por ahí no es. Y muy idiota sería aquel amigo que en solidaridad siga caminando callado al lado. Como se dice tanto: con esos amigos, para qué enemigos.

La disensión es parte del análisis, y el cuestionamiento no puede estar aparte del reconocimiento. Es una dialéctica vieja, elemental. La uniformidad atrofia. De poco sirven los dirigentes que comen callados, los ministros que tragan entero, los jefes que no degluten y no toman decisiones, así choquen. Estos son males que se superan cuando el pueblo ya no es apenas una invención de los políticos tradicionales o de los tantos rebeldes que se quedaron sin causa. La unidad, tan necesaria, es contraste, matices, diversidad. Ahí anida el complemento y así se enriquece lo único que tiene que enriquecerse en un socialismo verdadero: el criterio.


El pueblo y el difícil ejercicio de sí mismo

El pueblo venezolano, y esa es la participación hecha a pulso y el Verbo hecho carne, ahora marcha, vota, habla, invalida o convalida. Dice sí o dice no, cuando hay que decir sí o decir no. Para no ir más lejos, acaba de decir que sí, como tantas otras veces. Sí al proceso en marcha, donde el liderazgo probado es aprobado, y tiene la puerta abierta para entrar de nuevo al ruedo. Nada más, pero eso basta y sobra para el aliento, que ha de ser duradero.

No se trata del vocablo pueblo metido a los trancazos en el discurso, para aderezarlo, buscar congracias y pescar incautos. Una cosa es avanzar codo a codo con María Engracia, la del alto, o el negro Pepe Pérez, y otra distinta tomar la palabra con pinzas y con el tapabocas puesto. Mucho media entre personajes de “taranovela”, como Rosales, Ledezma, Mendoza, Borge, López, Capriles, Ocariz, y un extenso etcétera, que meten al “pueblo” en cualquier frase de cajón de sus discursos acomodados, de agencia, y Chávez, metido hasta el tuétano en las barriadas del 23 de Enero, Catia o Petare, oyendo con sus propios oídos el rosario de cuitas de fulano, mengano y zutano. Hasta las de Perencejo.

El pueblo de la oposición venezolana, el que le importa y al que se dirige, es netamente ciudadano, donde ciudadanos son específicamente los moradores de ciertos sectores privilegiados de las ciudades (v.g. “Aló, ciudadano”). No son ciudadanos los habitantes de las afueras, de los cerros, de las cañadas, de los derrumbes, que a pesar de llevar décadas en la ciudad aún llevan encima pasto llanero, musgo andino o arenas de la Guaira. ¿Qué ciudadanos pueden ser entonces los habitantes de las extensas zonas rurales del país, o los de costas al olvido, monte adentro o socavón abajo? Sencillo: No habitan la ciudad, no son ciudadanos, ergo, no existen.

Pueblo: palabra humilde, venteada, que es conjunto, que añade, que siempre tratan de quebrantar. Me decía Fernando Birri, el cineasta argentino, piedra angular del Nuevo Cine Latinoamericano, que nadie había enfermado tantas palabras del idioma español como las dictaduras militares de Sur América. Y doy un ejemplo en Colombia, donde nunca se declaró oficialmente una dictadura de este tipo, porque los militares han tenido siempre tanto poder que nunca necesitaron la Casa de Nariño para regir los destinos del país. En Colombia, la sola palabra “brigada” dio miedo durante años, pues puertas adentro de estas instituciones militares se cometían las más viles torturas y atrocidades durante los tiempos del Estatuto de Seguridad del gobierno de Turbay Ayala, un antecedente poco preclaro de la actual Seguridad Democrática de Álvaro Uribe. Una palabra enferma en Colombia, que gozaba de plena salud en Cuba, donde las brigadas de alfabetizadores, de jóvenes recolectores, de zafreros, o de lo que fuera, construían palmo a palmo la isla. La palabra “pueblo” tiene que seguir así de sana, en Venezuela y donde sea, para afrontar la peste que la asedia, sobre todo, en el campo mediático, en el que tantas bocas habría que poner en cuarentena.

De la misma manera que el pueblo asume a plenitud su capacidad para ejercer la crítica y la auto crítica, en relación con la construcción social en marcha, también refina con cuidado la palabra dulce que lo evoca y lo invoca en el anzuelo. El pueblo sabe ya harto de eso. Son años. Con los mismos, en las mismas, ejerciendo el terror, la amenaza, la falacia, la distracción y lo baladí. Porque ahí sí que no hay crítica. La palabra es espina. La frase tiene doble filo. El comentario es dentellada.


La palabrería desde la orilla opuesta

Miren que es difícil no haber logrado detener, al cabo de tantos años, la ascendente pelea de perros y la división de unos y otros en la oposición. Y hay que estar muy perdidos para creer que un personaje como el filósofo del Zulia, Manuel Rosales, sin carisma, sin proyección, sin discurso, derrotado comediante que se embrolla solo, pudiera haberle hecho algún día algún contrapeso a Chávez. Y debe estar aún más grave esa misma oposición para que, además de apostarle al hampón como su candidato presidencial, vaya gastando por estos días su mojada pólvora en escudar un gallinazo con orden de detención solicitada por la Fiscalía, edil en efugios y alcaldía en fuga.

Y que en diez años, porque la oposición en Venezuela sí que lleva el tiempo completo maquinando, urdiendo y fraguando, desde las tonterías más nimias originadas en algún té canasta, hasta el magnicidio, acariciado desde los medios, con la presta colaboración de las oligarquías de Colombia y sus muchachos, los paramilitares, que en diez años se le siga siendo fiel al lema inútil de que todos los tiempos pasados eran mejores, y conciban todo avance como un estorbo, toda señal de desarrollo como un progresismo barato, la movilización del pueblo como populismo, la soberanía como desgracia, o el liderazgo asumido y comprometido, como dictadura.

Pero, ante todo, miren que era muchísimo más fácil, a estas alturas del partido, haberse inventado alguna alternativa para plantear, y, en cambio, muy difícil llegar a lo que sí logró esta oposición: estar con las manos vacías, a una década de camino, rezando novenas para que se caiga el proceso bolivariano, poniéndole palos y puntillas a las llantas, difamando y saboteando lo que formula y cimienta, abandonando el barco como ratas, porque siempre han creído, querido y pregonado que el barco se hunde. O que ya se hundió.

Tal vez esa ausencia de verdadero análisis por parte de quienes hacen oposición en Venezuela, que ha sido bueno a la hora de dejarle tomar cuerpo al proceso en marcha, cuando estaba tan famélico desde tantos puntos de vista, ha sido negativo precisamente por la misma causa, cuando genera exceso de confianza, “sobradez”, manda las preocupaciones hacia tonterías, no inquieta sobre los resbalones dados, mucho menos sobre el rumbo avante, o termina haciendo pensar que la defensa a ultranza de cualquier pifia es justa y necesaria, pues al saber que no hay análisis, que no hay crítica, sino burdo ataque, pues se defiende a capa y espada todo lo que sea señalado. Eso hace mucho daño, no porque sea una estrategia eficaz, pues es claro que ni siquiera es una táctica, sino porque se le sigue el juego, porque se termine creyendo o haciendo creer que cualquier chambonada es una virtud, o una característica.

En otras palabras, una oposición que no enciende las alarmas sobre los individuos o las cosas que no sirven en el proceso amplio de la construcción del país, sino que desvía la atención y alerta sobre quienes no le sirven a sus intereses particulares o sobre aquello que le estorba al libre desarrollo de su avidez desmedida.

La larga vida del sano juicio

En un contexto de guerra mediática como el que se vive en el país, puede que la crítica certera no se reconozca o no se acepte de manera pública, que incluso haya que negarla una y otra vez, aunque se desgañite el gallo, eso es otra cosa. Pero lo que no puede ser es que en el fuero interno no se tenga en cuenta ni se haga hasta lo imposible para desarmar los yerros que la suscitan. Ese es el desafío, ahí yace la verdadera sinceridad con lo que se arma como idea, se busca como proyecto, se funda como pueblo.

El pensamiento crítico en Venezuela tiene una tradición que se remonta a los albores del siglo XIX, con personajes de tanto peso como Simón Rodríguez, Andrés Bello, Cecilio Acosta o Fermín Toro, entre muchos otros. Una época dorada de la que no es ajeno Simón Bolívar, quien ejerció la crítica constante de su tiempo y su mundo, y una crítica despiadada contra sí mismo y sus propias realizaciones. Hugo Chávez viene de esa vena esencial que, de una parte, interpreta el espíritu de la época y del momento, y se nutre de experiencia y conocimiento, y, de otra, la aplica en la manera de actuar, pensarnos y proyectarnos. Esa herencia es la que empieza a hacerse visible en la calle, en el barrio, en la vereda. Tiene que ser así. Ese beneficio es el que tiene que sembrarse sin tregua, en todo lado y a toda hora.


(1) Vian, Boris (1982). La hierba roja (Trad. Jordi Martí). España: Bruguera (original en francés, 1950).
(2) Periodistas de los medios privados que se han erigido en actores políticos de la oposición.


Artículo disponible en:
YVKE Radio Mundial
Rebelión
Radio Nacional de Venezuela

domingo, 29 de marzo de 2009

Venezuela: Una oposición en deposición

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

El ex alcalde de Chacao y dirigente de Primero Justicia, Leopoldo López, en sus tiempos de "tirapiedras", antes de que la Contraloría General de la República lo inhabilitara para ejercer cargos públicos por malversador.

La oposición venezolana llora cada que puede con el estilo tortuoso legado por Félix B. Caignet. Cuando no sufre en los púlpitos por “el paraíso perdido” u ofrece a sus adictos, a través de sus medios de segunda y su discurso de tercera, un “mundo feliz” que ni pintado. La nostalgia de un futuro, ni dable, ni deseable. Unas ansias desesperadas de un pasado que nunca fue, pues la Cuarta República nunca acarició nada parecido. Y, por suerte, ya no habrá sexta que ratifique el despropósito. Porque no hay quinta mala. Y porque John Milton y Aldous Huxley suenan a esquizofrenias puestos ahora así sobre la mesa.

Lo incómodo

En un proceso en desarrollo como el venezolano, están a toda hora el ataque y las zancadillas de los que pierden. Para ser más exactos: de quienes dejan de ganar tanto. Los que se hacen ricos y dejan de ser riquísimos a fuerza de que muchísimos miserables coman. O se tomen una aspirina. O, incluso, aprendan a leer la propia prensa tramposa y a entender con sus ojos lo que dicen con pluma emponzoñada quienes abogan por más paz y mejores futuros para el pueblo.

Un desatino que, para el caso, la oposición venezolana, no soporta. Ni la de ningún lado. Y por eso se unen. Y lo hacen de la mejor manera que saben y con lo más fructuoso que tienen: los medios de comunicación masivos. Utilizando lo que país tras país y año tras año comprueban que sirve: las mentiras. Que difundidas, repetidas, intercaladas y acomodadas a medias, hacen menos mezquinos a los poderosos y más infames a los pobres y miserables: Los unos injustamente pierden algo de lo mucho que tienen, los otros merecidamente deben apretarse el cinturón que no tienen para corregir algún indicador o ajustar la cifra que sea.

Que la situación no se puede ver de modo tan elemental y circunscribirlo todo a un problema de clases. Que de fondo hay mucho más y en últimas hay que volver al país feliz, donde los sin pan no protestaban ni bajaban de los cerros, y ni siquiera los ricos estaban inconformes... Desmemoria mayúscula la que se necesita. Bien lo enrostró en su momento el vecino Jorge Zalamea, en plena gloria de Rómulo Betancourt, el cacareado “primer gobierno constitucionalista”, el inconmensurable fundador del lastre “adeco”: “Venezuela humeante de petróleo, husmeante de pan”. Ahora, sigue habiendo petróleo, y mucho, pero no hay hambre. O, por lo menos, existe la preocupación sincera para que no la haya más. En todo caso, la progresiva superación del desbalance pareciera que desagrada. Qué pareciera, si es que no sólo es eso, !enfurece!

En lo de las clases, claro, hay su razón. Es que no puede haber problemas de clase donde apenas hay una sola ralea reconocida y verdadera, frente a un tropel de descastados. Desde esa visión, invisibilidad e imbecilidad van de la mano. Qué lucha de clases podría haber cuando el único país existente y feliz era el del pragmatismo, el consumismo y el mercado. Una lógica fatídica que pervive, quién lo niega, pero de cuya caverna cada vez más venezolanos salen y se percatan de que otro mundo no sólo es posible, sino necesario. Platón lo predijo y Saramago lo narró en forma de “Sambil” o “San Ignacio”, o qué sé yo.

El ex alcalde de Chacao y dirigente de Primero Justicia, Leopoldo López, en sus tiempos de "tirapiedras", antes de que la Contraloría General de la República lo inhabilitara para ejercer cargos públicos por malversador.


La calaña

Venezuela construye su camino brindando plenas garantías a los opositores. Los llamados presos políticos, que tanto invocan los países que sí los tienen y muchos personajes que saben de sobra que no lo son, pues los detenidos tienen cuentas serías con la justicia en materias que no son de poca monta: secuestro, terrorismo, asesinato y golpismo.

Venezuela es tal vez el único país del mundo donde un presidente legal y constitucionalmente elegido, al que le han dado un golpe de estado, regresa al Palacio Presidencial gracias a un nexo afortunado de militares y pueblo, para desalojar de él a un empresario usurpador y bribón, acolitado por una hueste de rufianes, que en menos de 48 horas de gobierno le cambió el nombre al país y le quitó a la república el decoro de ser bolivariana, violó la Constitución como pudo, disolvió la Asamblea Nacional, derogó 48 decretos y firmó uno solo, que no lo olvide la clase media, para restituir los créditos indexados abolidos una vez por Chávez, que permitían que los costos de la vivienda y de las cuotas se incrementaran anualmente según la inflación, y le permitían a los bancos el cobro de intereses sobre los intereses, volviendo a la final la vida imposible para los “beneficiados” con estos créditos. También, destituyó “al Presidente y demás Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, al Fiscal General de la República, al Contralor General de la República, al Defensor del Pueblo y a los Miembros del Consejo Nacional Electoral”. Un florilegio único.

Algunos periodistas que, excepto comunicadores, han sido de todo antes y siguen siéndolo todavía, conspiretas, embajadores chivatos, guerrilleros evangelizados por el capital, mercachifles, amos y patrones, gritan a voz en cuello, día tras día, de la mañana a la noche, por todos los medios disponibles (que son muchos), en ruedas de prensa y por el gangoso parlante de la SIP, que aquí no hay libertad de expresión ni de prensa. Muchos empresarios, que acaparan, especulan, roban y desvalijan el bolsillo del pueblo (corrijo: de los clientes, porque en esos lugares poco pueblo compra, pues a decir verdad hay que tener buena plata para entrar y es más bien una especie de auto robo que se hacen los mismos que votan contra Chávez) miran con recelo los programas gubernamentales de suministro de alimentos con precios justos para la población, como Mercal y Pdval, en un libre juego planteado por ellos y con unos precios que ellos mismos se inventan al antojo.

En todos los casos, un juego con fuego, que aquí ha chamuscado muy pocos culpables, y que en otra parte, en “democracias consolidadas”, como en la Colombia de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, les habría valido un tiro de gracia extrajudicial, o la horca fulminante en los Estados Unidos de Bush, o una dulce electrocución en los Estados Unidos dicen que más humanos de Obama.

La oposición venezolana es declaradamente fascista. La cruzan pensamientos a lo Posada Carriles, un hosco Pinochet se le sale cada tanto del alma, al menor esfuerzo le palpitan en la sien un Videla o un Massera, muy de seguido un Stroessner le nubla la vista y un Pérez Jiménez las remembranzas, y a toda hora transpira el resentimiento cubano feroz de la “Pequeña Habana” de Miami, cuya labia estentórea y anacrónica se nota en cada frase que arman los adalides locales, todo para ventura del proceso revolucionario venezolano.

Por eso no se entiende que personajes del caletre de Capriles Radonski, Leopoldo López, Manuel Rosales, Antonio Ledezma, y varios más, todavía anden sueltos por la calle y silvestres como pollos de finca. Y que hablen del pueblo, y lo aludan, y hasta aparenten creerse el cuento de que no tienen el espíritu siniestro que los define de la cabeza a las cuatro patas, muy a lo Mussolini. O que se vean a sí mismos por la televisión o la prensa diciendo y haciendo las bellaquerías más grandes, y tengan el desparpajo para acusar a Chávez de deslenguado. Sólo un ejemplo, el menor.


Entuertos des – cifrados

La nave va. El cambio no se tararea, se hace, se percibe. Las cifras darán alguna idea de la evolución, las estadísticas algo acotarán con sus indicadores. Afuera, en lo que ocurre de las mañanas a las tardes y en lo que se mueve entre los cuatro puntos cardinales del país. Transformaciones que tienen que ser de todo tipo: sociales, políticas, económicas, y, en la esencia, culturales. No se trata del cambio que tantos candidatos y partidos pregonan elección tras elección, con el único fin de mantenerlo todo igual. Como el ejemplo del peripatético “cambio” anunciado y criado en el Distrito Metropolitano de Caracas, con el actual alcalde a la cabeza.

El pasado 11 de Noviembre de 2008, un desmemoriado, pero bien amaestrado joven, Yon Goicoechea, hizo público su respaldo al candidato a la Alcaldía Metropolitana de Caracas, Antonio Ledezma, afirmando que “quienes estamos comprometidos con el cambio apoyamos a Ledezma”. Después del triunfo de Ledezma, Goicoechea pasó a dirigir el Instituto Metropolitano de la Juventud. Para él, por lo menos, las cosas cambiaron, pasó de estudiante a ex-tudiante. El lema de campaña del propio candidato era: “¡Ya es hora de cambiar!”. Ahora bien, ¿Ledezma, el cambio? A no ser la vuelta al más atrás (un vaivén del más allá), el cambio en reversa, el avance de cangrejo, pues muy difícil. Ledezma, en la Cuarta República, fue todo lo que cualquier político aspira a ser, y empezó como cualquier político de aquellos tiempos empezaba a hacerse, de arriba para más por encima: diputado, senador, gobernador, alcalde. Hasta se preparó para ser precandidato, pero su sueño “precluyó” pronto.

Ledezma fue y sigue siendo un digno representante de Carlos Andrés Pérez en el país, y al igual que su jefe, cada vez más despistado. Como diputado no se lo recuerda. Como alcalde perdió la reelección y apenas en la Contraloría Municipal no se lo olvida, por avivato. En su papel de gobernador del Distrito Federal es tristemente recordado por varias muertes dolorosas: de la periodista Verónica Tessári, a quien le fracturaron el cráneo con una bomba lacrimógena; de la buhonera Leonarda Reyes, del líder social del 23 de enero Sergio Rodríguez, y de la estudiante Belinda Álvarez, asesinados por la policía de Ledezma. Adeco vergonzante, para disimularlo, como cualquier político de aquellos días, también fundó un partido: la Alianza Bravo Pueblo, que ni es alianza, ni es brava, ni ha tenido nunca en cuenta al pueblo, excepto para los consabidos temas electorales, como referencia obligada para emperifollar discursos y peroratas.

En materia de encuestas, la oposición venezolana ha contratado las habidas y por haber, con encuestadoras de garaje, tramposas sin prurito, surgidas de la nada, o las de los aliados y los amigos de vieja data. Y, excepto para algo bueno, se han contratado para todo: hacer creer que el candidato frustrado va viento en popa, que el triunfo del colero será excesivo, y para desautorizar por adelantado al Consejo Nacional Electoral (CNE), alegar trampas o convalidar “guarimbas”.

En este terreno minado, llaman la atención los resultados de una encuesta del Instituto Venezolano de Análisis de Datos (IVAD) de enero pasado, no encargada por el Gobierno, sino por varios grupos económicos y algunos actores de la oposición. La encuesta , que arrojó datos claros sobre el panorama político del país, le atribuyó un 66,5% de aprobación al presidente Chávez.

Ante la pregunta: ¿Con cuál de los partidos políticos se siente usted más identificado, es decir, es militante, simpatizante o le da su apoyo?, los encuestados respondieron así: 41,6 con el Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, el partido promovido y orientado por el presidente Chávez, y 32,8% con “ninguno”. Y de ahí a los restantes el trecho es largo. La sumatoria de los diez partidos opositores nacionales, no alcanzó ni la mitad del respaldo logrado por el principal partido político de la revolución bolivariana. Los partidos emblemáticos de la derecha opositora quedaron mal parados, con una representatividad reducida al 5,4% para Un Nuevo Tiempo, 4,6% para Acción Democrática, 4,2% para Primero Justicia. Así, pues, mucho tilín tilín, pero pocas paletas y aun menos representatividad.

Estos dirigentes opositores, enraizados en el pasado y en las armazones corroídas del sistema, que agobian y cansan, son quienes pretenden dar al traste con la esperanza. Flechas caídas en el camino: confunden y desvían. El proceso venezolano andará mucho tiempo y probablemente sin término “desfaciendo” los entuertos que ocasionan y desyerbando los abrojos que siembran al paso. Qué se le va a hacer. Ley de contrarios, correlación de fuerzas, dialéctica del ser y la sustancia, gobierno de la multitud con la minoría y de los más con los menos, se entiende y acepta. Después de eso, ningún negocio. Si la palabra traiciona, si la frase desfalca, ¿adónde el diálogo, cómo la conjunción?


Una profecía desobediente

Una prueba reciente del desconocimiento total que la oposición tiene del proceso que vive Venezuela, tiene que ver con las recientes medidas económicas anunciadas por el presidente Chávez. El problema no es que la oposición haya estado siempre afuera y siga afuera, eso es lógico. Lo complicado es que siga viendo lo que pasa, que no es poco, con los ojos puestos en la misma esquina llena de telarañas de toda la vida. Claro, el resultado es una visión turbia de lo que acontece.

No de otra manera se explica que los expertos analistas económicos de la oposición hayan vaticinado medidas de todo tipo y dimensiones, y no hayan acertado en ninguna. Los programas de radio y de televisión, los titulares de prensa y los editoriales, anunciaban al unísono lo que se venía. Los pronósticos más certeros apenas le pegaron al aumento en el IVA, pero descacharon en el porcentaje. En todas las demás medidas realmente tomadas por el gobierno, ni por asomo. En cambio, sí dieron a conocer con todas sus voces las medidas que había que tomar, los recortes que había que hacer, y los apretones imprescindibles, y dejaron al descubierto, como dijo el propio presidente Chávez, las medidas neoliberales que ellos mismos habrían tomado, con detalle, justificación y consecuencias.

Para estos expertos, que adivinaron tan poco, no hay alternativa. El mundo entero trastabilla. Los Estados Unidos, la primera economía del mundo, añade cada mes cientos de miles de desempleados a su cifra de casi 13 millones, lo que deja el índice de desempleo trepado al 8.1%. La Unión Europea es incapaz de ponerse de acuerdo en algo, una estrategia o cualquier cosa, para hacerle frente a la crisis, y deja abiertas, de par en par, debilidades que nunca se calcularon. Los chinos están lejos de una recesión, pero han dejado de crecer al ritmo que traían y han disminuido las revoluciones por minuto que le daban empuje a buena parte de la economía mundial. El petróleo, base de la economía venezolana, pasó en cuatro meses de casi ciento cincuenta a menos de cincuenta dólares el barril. El presupuesto del país, que ya ha sido reajustado, se hizo sobre la base de sesenta dólares por barril. Costo errado, es cierto, pero más atinado que el de una recua de expertos del capitalismo, que lo figuraban estable en los cien dólares.

En todo caso, así las cosas, Venezuela, “se hunde porque se hunde”, es el veredicto de la oposición. Para evitarlo, la solución mágica no es otra que adoptar por enésima vez el recetario fracasado afuera, vuelto a fracasar en toda parte, que tiene ahora a un país tras otro rodando cuesta abajo por un voladero al que todavía no se le avista fondo.

Pero que, digamos, en el caso de la devaluación de la moneda, que se veía así en las bolas de cristal de todos los expertos economistas comarcales, eso sí, salvaguardaría los capitales fugados, que son todos en dólares; abultaría más las chequeras de los exportadores, en un país de importación, donde los que venden afuera son un minúsculo grupo de pudientes; sería una bendición para las corporaciones transnacionales, o para esa buena gente que son los grandes empresarios y, quién lo duda, los banqueros.

Y el pueblo a vérselas con una inflación sumada de pronto a una que ya es muy alta, y a la que quienes más contribuyen a desbocar son precisamente los pocos que todavía tienen el control de tanto. El pueblo de bruces contra menos productos más caros en los anaqueles. Antes de estas recientes disposiciones, Hugo Chávez era acusado por la oposición de que incurriría en las medidas neoliberales que tanto impugnaba. Como no las adoptó, la misma oposición, que se sintió defraudada, ahora arremete contra el presidente por haber tomado providencias castro comunistas. Porque faltan medidas o porque sobran, porque son tardías, improcedentes e innecesarias.

Las medidas tomadas no indican que la crisis vaya a pasar de largo. En el contexto de la crisis mundial, más allá de estas y de las medidas siguientes y de las subsiguientes, el tema ineludible está en la producción, donde hay un talón de Aquiles que la oposición ni menciona, y que constituye un eslabón roto fundamental para lograr una verdadera soberanía en todos los aspectos. Hacia allí se orientan baterías, pero, ¿son suficientes? Mientras exista una descompensación tan grande en esta balanza, el país tiene una cuenta pendiente con el desarrollo del proceso revolucionario en marcha. Una piedra en el zapato del tamaño de todo el campo, una tuerca del tamaño de toda la industria.

Venezuela, ahora, cuenta con un importante margen de maniobra, que no se inventa de la noche a la mañana. Es y tiene que ser la garantía de un proceso que en términos económicos no puede moverse por reacción, por rumores, por sustos, por especulación, por conveniencias y coyuntura, por escuetas leyes de mercado. Premisas consustanciales a las maneras de hacer oposición en este país.

En unos meses, seguramente, nuevos decretos serán necesarios y pedidos, económicos o de lo que sea, de ajuste o reajuste. Si se toman algunos, ¡qué inoportunos! Si dos o tres, ¡qué pocos! Si tres o cuatro, ¡qué barbaridad, no hacía falta tantos! Si no afectan temas estructurales, ¡superficiales! Pero si lo hacen, ¡cómo nos desarman el país! Es que si el gobierno venezolano toma alguna opción para afrontar la actual crisis, ¡se coarta la libre opción de hundirnos! Y si no lo hace, ¡indolencia excesiva! Venezuela avanza, ¡qué lento! No lo hace, ¡qué gobierno! Si lento, ¡incompetencia! Si rápido, ¡inercia! Así, pues sí. Ah no, pues no. Que importen un bledo o dos, tantísimas ideas depuestas y la artillería mojada de posiciones tan poco serias, que ni antítesis u oposición fraguan.


miércoles, 25 de marzo de 2009

Venezuela: La construcción sin tregua

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Un proceso particular en el que las etapas no estaban señaladas y nadie tiene en las manos el mapa con las equis.

Hugo Chávez asumió la presidencia en 1999. Desde entonces, su gobierno ha afrontado un golpe de estado, un paro petrolero, un referendo revocatorio, una guerra mediática desigual, toda clase de sabotajes, y embestidas internas y externas. Pero la Revolución Bolivariana, diez años después, sigue su marcha inexorable hacia un país más soberano y justo.


Luis Pasteur, en la segunda mitad del siglo XIX, echó por tierra la creencia popular de la generación espontánea. Hasta el microbio menor proviene de otro microorganismo, y este a su vez se origina en otro ser vivo. Es una cadena de generación de vida, que empieza su quehacer lento desde el más impensado resquicio. Así mismo pasa con las cosas de fondo. Es casi de rigor el hecho de que nada acaece porque sí, aunque los niños, con su tesón firme, a veces nos lo hagan creer. No ocurren las cosas que valen la pena, aun las más personales e íntimas, en días, ni siquiera en meses. Las decisiones traquean adentro antes de tomarse. A no ser que alguien se gane la lotería, alguno tenga un traspié garrafal o la teja del alero le caiga al desprevenido transeúnte, el rumbo de la vida de cualquiera no se tuerce de buenas a primeras. En un sentido parecido, si el río suena, es porque piedras trae.

El devenir de las regiones, los países, las comunidades, está marcado por ese ir y venir sin afán que se toma la historia. Cuando el muro de Berlín se cayó a martillazos, hacía mucho tiempo que las barreras estaban fracturadas y los cimientos pegados con goma. El mismo Obama acaba de decirlo, refiriéndose a la crisis inmobiliaria, financiera y general que ahora hace su agosto: “El hecho es que nuestra economía no comenzó a deteriorarse de la noche a la mañana. Tampoco se iniciaron todos nuestros problemas cuando el mercado de vivienda colapsó o la bolsa de valores se desplomó.” Y es cierto: El descalabro no sólo se presumía, sino que se sabían al dedillo los malabares especulativos de todo el sistema financiero internacional, desde hacía décadas. La cuestión apenas era: ¿Cuándo será ese cuando…? Otra cosa distinta es que a veces no veamos lo que pasa o no lo queramos ver. O que necesitemos no verlo. Como en el precepto religioso de tener que creer a ciegas ciertos embutidos, apenas cuestionados alguna vez por el denigrado Tomás.

Y eso que es claro que las cosas se caen o terminan más rápido de lo que se levantan. Se desmontan en un solo aguacero de pocas horas los nimbos que tardan días en hacerse cirrus. La independencia de América Latina, con excepción de Puerto Rico y Cuba (que para la segunda independencia pondría patas arriba la secuencia) con juntas, campañas militares y todo, tomó menos de dos décadas. La conquista había durado tres siglos (y en muchas partes y aspectos todavía se mantiene). Hasta las fases duras del desamor son breves junto a las largas y regocijantes de la pasión.

Las cosas se desploman o construyen a través de procesos. Algo que pasa en un rato será un accidente, a lo sumo un suceso. Es en este campo donde pastan los medios de comunicación y sus noticiarios. Famélicas vacas mediáticas, que pocas veces se pasan la alambrada de este estrecho, pero cómodo, campo. Eso lo sabe cualquier ganadero.

Más allá está lo complejo. Donde las cosas, más que tomarse tiempo, tienen tempo, un ritmo inevitable para hacerse ciertas. Cualquier proceso de transformación supone fases, identificables y diferenciables. A veces, cuando permitimos que los árboles no nos dejen ver el bosque, incluso, pareciera que se devuelven.

Sólo los procesos garantizan una verdadera transformación. El resto son virajes, cambios de tercio, naves a la deriva, vueltas de la tortilla, en todo caso, lecturas fortuitas y falsas de la realidad. O, por lo menos, desatinos, chapaleos, caprichos. Los sinónimos no se agotan, para nombrar lo que atinadamente definió el poeta colombiano León de Greiff, desde 1936: “Variaciones alrededor de nada”.

Un proceso, desde luego, está lleno de repetidas variaciones, específicas o generales, perceptibles a primera vista o infinitesimales, fraguadas o aleatorias, nacidas y criadas en las comunidades más alejadas, o como logros de acciones diseñadas en los centros estratégicos gubernamentales. Del centro a la periferia, o viceversa. De arriba abajo, o viceversa.

Venezuela avanza en transformaciones valiosas, que señalan un nuevo rumbo. En la foto, el Hospital Cardiológico Infantil Latinoamericano, el mayor de su tipo en el continente.


El proceso

En la República Bolivariana de Venezuela, esto es lo que se adelanta en el presente, en un desarrollo lento, pero seguro, cuya proyección social y en el tiempo fue ratificada hace poco, como para que no quepan dudas. De abajo para arriba, como siempre es mejor que sea.

Stéphane Mallarmé, el escritor francés, simbolista y maldito, no estaba tan despistado cuando afirmó que “las grandes innovaciones casi nunca son revolucionarias”. Es una forma de decirlo, claro está, que no desdice nada de la palabra revolución, sino que más bien nos obliga a entenderla mejor, como referencia a un hecho o una serie de hechos que no ocurren de sopetón, sino que obedecen a un largo y complejo encadenamiento de causas y efectos, al decir de Borges, más que de contingencias. Complicándolo: Más azahares que azares.

Todo proceso implica gazapos, metidas de pata, y hasta tropezar dos veces con la misma piedra. Ha pasado, pasa y pasará. Aquí y acullá. Claro que esto afecta cualquier desarrollo. Y no puede aceptarse ni convalidarse. Ahí es donde vemos que la plata fue más para hacer menos. Que las reuniones sobraron y los hechos faltaron. Que el último en la fila tenía razón y que debimos empezar de atrás para adelante, para que así no le alcanzara tanto a los primeros. Que el presidente del comité de aplausos se las ingeniaba para cobrar por cada palmetazo, o que el destituido por crítico y fastidioso era el mejor y leal. O que esas entelequias, manidas y fáciles y hermanas, llamadas burocracia, desidia y corrupción, tienen siempre nombres propios, sean cien o mil, todos y cada uno tienen registro de nacimiento y están a la mano. Alguien los sabe. Muchos los saben. ¿Quién abre la boca y tira la primera piedra? He ahí la cuestión…

Estos y otros descalabros, desde luego, entorpecen, no digamos el sueño, al menos al inicio, que está impoluto y puesto bien arriba, sino esos días con colas vanas, rabias atoradas y aguaceros tropicales, que unos tras otros son la vida de casi todos. Y no pueden ser los males necesarios. Ni el mal que por bien no viene. Ese sí sería el consuelo de tontos. Al contrario, para domeñar tan nefasto mal ya se han dado pasos largos: se sabe de los problemas y se aceptan, y se han identificado algunos de los existentes. Se les reconoce. Se les combate. Desde el único lado que tiene que hacerse: desde dentro.

Este y no otro, pues, con agobios, aprietos u oscilaciones, pero también con voluntad y esperanzas, es el proceso que da la cara en Venezuela. Una experiencia vital que sirve de referente para una buena parte del resto de países de América Latina, que de no ser así seguramente no estarían tratando de ser como ellos mismos quieren ser, sino quizás volviéndose como Colombia, el país al que no hacen rojo rojito las banderas de un partido, sino la sangre de los miles de opositores, o simplemente inconformes, que son asesinados, para bien del para–país en ciernes.

"Un paso más hacia la independencia", según Chávez, y un innegable avance tecnológico, cuya significación ha sido menospreciada e ignorada por los medios opositores venezolanos.


El avance, la búsqueda

El proceso venezolano actual, que las palabras dejan pasar rápido, significa cambios esenciales, de estructura. Ahora no hay en Venezuela ningún tipo de comunismo, que tanto aterra a tantos tan tontos, por lo general, en un aspaviento premeditado y engañoso. Tampoco hay socialismo o algo acabado que se le parezca. Rastros hay en la arena y pasos van añadiéndose. Se arman las bases de un sistema social nuevo, adecuado al propio país y a los tiempos actuales: Socialismo del siglo XXI. Una causa en construcción, un sentido en pesquisa, unos propósitos a cuyo lomo apunta la flecha.

Empresas esenciales para la economía del país han pasado a manos del estado, o, por lo menos, han quedado bajo su control accionario. Algo más que significativo en ese largo camino de cortarle el paso al capital privado y a las trasnacionales, en aspectos estratégicos para la economía del país. Petróleo, siderurgia, cemento, telefonía, energía, entre otros recursos y servicios han sido nacionalizados mediante la adquisición consensuada de las empresas. Una decencia costosa para un gobierno ceñido a las reglas de juego constitucionales, que, sin embargo, es acusado de irrespetar la propiedad privada, algo tan elogiado y sacro, que tiene rabo de paja en el modo insano con el que se hizo de ambas cosas: propiedad y privada.

Ha comprado Venezuela, dólar sobre dólar, lo que le había sido robado, o arrebatado en trapisondas, o vendido a huevo con la aquiescencia de la corruptela criolla. Pero la voracidad capitalista queda insatisfecha. Se varían, digamos, las proporciones injustas para el país y los términos desfachatados de las concesiones de las empresas básicas petroleras en la Faja del Orinoco, y las transnacionales Exxon-Mobil y Conoco-Phillips ponen el grito en el cielo y sus yupis se rasgan las vestiduras. Y las cosas están tan patas arriba que los aullidos apenas menguan cuando una corte británica, en un juego de espanto que metía en un congelador “preventivo” una fuerte suma de activos de la estatal petrolera, falla a favor del estado venezolano.

"Something is rotten in the state of Denmark", dice Marcelo en el Acto 1 del Hamlet. Y no sólo hay algo podrido en Dinamarca, sino en medio mundo, para no exagerar. Si no, cómo se explica que el ladrón exija indemnización al atracado, el usurero clame justicia a los cielos, el asesino acuse a la víctima de insubordinación indebida, o que los Estados Unidos de América crean que la República Bolivariana de Venezuela les va a creer el cuento chino de que no hay trampa en su ayuda contra las drogas, contra el terrorismo, por la democracia en Colombia, por la seguridad en el Caribe, por el desarrollo de la región.

Venezuela avanza en transformaciones valiosas, que señalan un nuevo rumbo, unidas a los avances considerables en sectores como la educación y la salud. Pero más allá de los logros importantes en estas y otras materias, que benefician de modo directo a las poblaciones usualmente menos atendidas, hay que destacar los conseguidos en el desarrollo y el fortalecimiento de nuevas dinámicas de participación, organización y construcción social. Son consecuciones que marcan un progreso evidente de las comunidades, para elegir, determinar y proyectar su destino, y que está en los prolegómenos para afianzarse como pueblo. Tres íes esenciales: interrelación, interacción e interdependencia, a las que se añaden de la mano las tres erres machacadas por el presidente Chávez: revisión, rectificación y reimpulso.

El control de la industria petrolera y otras nacionalizaciones: Avances significativos en el largo camino de cortarle el paso al capital privado y a las trasnacionales, en aspectos estratégicos para la economía del país.


Del “Caracazo” hasta acá

Mucho media entre el pueblo de hoy y aquel atribulado y frenético del “Caracazo”, hace 20 años, en 1989, que bajó de los cerros y llenó la ciudad de negros y mulatos, con tenis rotos y camisetas sin marca, y que además no sabían inglés. Que saqueó mercados para paliar el hambre, enfrentó guardias y policías en las esquinas, y quedó desperdigado en calles y plazas víctima de la represión desesperada de una oligarquía que no había oído nunca los campanazos. Porque aquel desbarajuste tampoco fue de sopetón. El paquete económico de Carlos Andrés Pérez sólo fue la copa que derramó un vaso grande y lleno. El pueblo ignaro sabía y sentía en carne propia lo que pasaba. Pero quienes tenían la sartén por el mango no oyeron o no quisieron oír, ni más ni menos, que se les estaba acabando el siglo, el XX, que pasaba la alambrada retorciéndose y crujiendo los goznes. Como dijo infaliblemente alguna vez, también el presidente Chávez, “en el “Caracazo” terminó el siglo XX en Venezuela, y empezó el XXI”. Sin embargo, hay quienes aún ahora no se percatan de que la Cuarta República ya acabó. Quizás porque en el inconmensurable mundo de Globovisión, los centros comerciales y los cocteles eso sea cierto.

El pueblo de esos días aciagos tenía, vamos a ver, lo que tenía que tener: brío y fuerza, que son poder, y así lo evidenció. Durante estos años ha ganado conciencia política. Aprehende, se forma, comunica y construye conocimiento. Organiza y se organiza, y participa desde los que son los asientos del andamiaje: comunidades y barrios. Fases inherentes y constitutivas del desarrollo social del país.

El gobierno del presidente Hugo Chávez ha celebrado ya los 10 años. No obstante, no puede afirmarse que el proceso de cambios alcance ese tiempo. En un análisis juicioso, los cambios apenas si comprenden los últimos 5 años, en los cuales se han llevado a cabo las nacionalizaciones, se han emprendido las misiones, procesos productivos e industriales nuevos, y en el cuarto oscuro que era la Venezuela de antes se ha visto con más claridad la luz hacia la cual el país se mueve. Porque en este proceso particular las etapas no estaban señaladas. Nadie tenía en las manos el mapa con las equis. Una buena parte de los primeros años de gobierno se quemaron en la defensa de los ataques despiadados desde todos los ángulos de la estructura vigente, el saboteo económico, el acorralamiento político y hasta una exclusión generalizada. Unos años, también, en los que, entre golpes bajos y ataques, se hizo flexible y saludable un proceso en el que muchas de las cosas que se hacen todavía no se ven, porque su naturaleza así lo determina, porque falla la estrategia de divulgación, porque a veces no basta con mostrar, sino que hay que demostrar, como parecería que tiene que hacerse con aquello que se logra con sudor y lágrimas a cada momento, y es desvirtuado o no reconocido.

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