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BELDADES Y MENTIRAS DE GADAFI

Rodeado de sus beldades, vocifera, desafía, miente. Y la voz telúrica en la tribuna es el canto del cisne.

COLOMBIA: UN PAÍS MINADO POR EL DESPOJO MINERO

En un país en donde nunca estamos sentados a la mesa ni para lo nuestro, no hay otra opción: Terminamos haciendo parte del menú.

REMESAS Y POBREZA EN COLOMBIA: UNA RELACIÓN EVIDENTE

Según previsiones actuales, se recuperarán niveles anteriores de remesas desde el extranjero sólo a partir de 2012 o 2013.

COLOMBIA AFRONTA EL CRECIMIENTO DEL PARAMILITARISMO

La estructura del paramilitarismo se redujo en algunas regiones del país, pero en otras permaneció intacta o hasta creció. .

ENFERMEDADES 'LEVES' QUE MATAN EN COLOMBIA

Los pacientes con diagnóstico de alguna enfermedad prevenible terminan en una gran tragedia personal y familiar, requiriendo cuidados médicos que las entidades designadas no prestan efectivamente.

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martes, 1 de diciembre de 2009

El socialismo no viaja en jet

Por: José Félix Rivas Alvarado (*)

La transición al socialismo no es el vuelo suave en un jet, ni muchos menos tomando una copa de martini. Es un vuelo con turbulencias y, aún más, los pilotos no pueden evitar estas turbulencias sino más bien remontarse sobre ellas.


Interesante cuando la prensa capitalista en su intento de crear desestabilización y anarquía resalta los conflictos de los trabajadores en Guayana, o las manifestaciones de trabajadores públicos. ¿Es que acaso la luchas de los trabajadores por mejores salarios y condiciones laborales no está incluida dentro de los cambios revolucionarios? Uno se pregunta ¿La aparente solidaridad de los medios de comunicación privados con los trabajadores llegará a sus trabajadores incluyendo a los periodistas, reporteros, fotógrafos, obreros, pregoneros, y kiosqueros?

Me preocupa aquellos economistas críticos que tratan de medir el avance o el atraso del socialismo con el Producto Interno Bruto (PIB). El PIB, a pesar de ser una medición estadística con muchas limitaciones, trata de reflejar una realidad, y esa realidad es la realidad de una economía capitalista, y en nuestro caso es más dramático porque es un capitalismo petrolero, subdesarrollado, dependiente y rentista. En el capitalismo hay ciclos, y no se puede esperar una bonanza cuando los precios petroleros se redujeron a la mitad.


Puede caer el PIB pero lo importante es lo qué le pase a la gente. Por ejemplo, puede crecer el PIB pero al mismo tiempo, disminuyen las misiones, cae el consumo, se deteriora la educación, y la participación protagónica del pueblo retrocede, entonces los macroeconomistas pueden llegar a la conclusión parcial de que “estamos creciendo”. Puede crecer el PIB, pero pueden estar creciendo las ganancias y aumenta la brecha entre los poseedores del capital, los que monopolizan la captación de la renta petrolera –por un lado- y los trabajadores que viven de sus remuneraciones

El crecimiento durante casi 6 años, en gran parte se debió a la mejora sustancial del consumo de la mayoría de la población, resultado de la mejora de los ingresos, el mantenimiento del empleo y la existencia de las misiones sociales. Ni siquiera durante los tiempos de grandes turbulencias entre 2002 y 2003 se dejó de tener una acertada política de aumentos salariales. En estos 10 años disminuyó la pobreza extrema y la pobreza general.

Puede caer el PIB pero Caracas está permanentemente bloqueada por un ejército de lujosas camionetas; los establecimientos del Este rico de la ciudad han roto récord de ingresos, algunos no sólo evaden el IVA sino que han ampliado sus locales; privilegiados de las clases media y altas festejan el aumento de sus cuentas en dólares; cae el PIB pero las Casas de Bolsa y la banca viven dentro de un casino especulativo sin riesgos para ellos porque son financiados con la renta petrolera.

El PIB es como una gran torta, y lo importante, además de si ésta crece o disminuye, es cómo se reparte. Y desde el punto de vista del subdesarrollo y la dependencia, lo relevante es con qué materiales se hace y se hornea la torta. La transición hacia una sociedad más justa es un vuelo turbulento, y es ineludible cambiar los ingredientes y la receta con que se cocina el producto social, ni mucho menos se debe evadir la pugna distributiva entre el pueblo trabajador y la oligarquía del capital.

Caracas, 27 de Noviembre de 2009

(*) José Félix Rivas Alvarado es Director del Banco Central de Venezuela.

domingo, 5 de abril de 2009

Acción y opción de la crítica en Venezuela

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Día y noche, 1938. M.C. Escher. Litografía.


El pensamiento crítico en Venezuela tiene una tradición que se remonta a los albores del siglo XIX... Una época dorada de la que no es ajeno Simón Bolívar... Hugo Chávez viene de esa vena esencial.


En un proceso como el que vive Venezuela, las etapas plenas y placenteras son sucedidas por etapas espinosas. Y lo contrario. Empiezan y terminan unas y otras, o, simplemente, se transforman, en tandas sin fin que desconciertan, a la vez que propagan la esperanza. O se reinician, para usar un término de moda aplicable. Como en cualquier sociedad, el destino se escribe a medida que se dan los pasos y se queman las etapas. Y ahí podemos hacer una deducción elemental: que las cosas quietas no determinan procesos. Sin embargo, no todo lo que se mueve configura un proceso, que, ante todo, significa avance. Y tenemos una premisa significativa: que no todo lo que se mueve avanza. Lo explica bien el escritor francés Boris Vian: “Evidentemente, cuantos más obstáculos ha vencido uno, más tentado se siente de creer que ha llegado más lejos. Eso es falso. Luchar no significa avanzar” (1).


Ya irá estando exento cada vez más el ánimo de los afanes, serán decididos los lastres e identificados mejor los ruidos en el sistema, ya se ponen en los anaqueles los adalides de las viejas causas, con su polvo y bagatelas, y se ignoran los cantos de sirenas roncas y pitos agudos de la Colomina, la Chirinos, la Angola, del Kiko o del Castillo (2). Importa la comprensión de lo que hay en juego y su valoración constante.

El siempre sinuoso devenir histórico, el tira y afloje del contexto mundial, las agridulces gracias de una cohabitación forzada con un sistema decrépito, poblado de energúmenos conserjes y siervos chiflados, y la supervivencia como si nada bajo un imperio que lo quiere todo, no hacen posible dejar la lucha, y esto a la vez hace difícil no creer que cualquier reyerta de esquina es un avance. Es el engaño. Y la meta es el desgaste. Pero elemental la manera de hacerle frente: no perder la perspectiva, esa trapisonda de las matemáticas, que desde Brunelleschi, en el Renacimiento, es un recurso de la pintura y, por analogía, del modo en que podemos desarmar una realidad engañosamente plana.

Lazo de unión, 1956. M.C. Escher. Litografía.


Flexión y reflexión permanentes

La profundización en la ideología socialista, la mayor claridad en lo que se pretende, la terquedad en algunos aspectos y la sincera convicción en otros, el desarrollo natural del proceso y mil elementos condicionantes más, hacen que las estrategias, las prioridades, los vínculos, incluso, los axiomas, sean reconsiderados cada cierto tiempo. Esa flexibilidad y capacidad de adaptación a las circunstancias cambiantes, también debe cruzar de manera transversal otros aspectos del proceso, para que las honduras del abismo no se vengan encima.

El modelo en obra, por ejemplo, no puede dejar de ser incluyente. Áspero con el enemigo, férreo con el desestabilizador, pero permeable a la crítica, que es un mecanismo fundamental de evaluación. La crítica no es constructiva ni destructiva, ni puede ser favorable o desfavorable. Simplemente, está bien o mal hecha. Es honesta o no. Sirve de muy poco la que nos gusta y lisonjea, y, en todo caso, no más que la que nos ataca con cándida virulencia o con perversa saña. La crítica es análisis, reflexión, examen.

Y, claro está, la mejor crítica viene de adentro, de las propias entrañas. Yo sé por qué he errado, por qué he acertado, cuánto me faltó, qué se estropeó, cómo mejoro, dónde está la cuestión. También: A quién engaño y por qué o por cuánto. Por eso es personal, familiar, grupal, comunal, barrial, municipal, regional, nacional. En ese orden. Es la revisión: la evaluación nuestra de cada día, como el pan o cualquier necesidad fisiológica. Y que, como la reflexión, la participación o la comunicación, es inherente, nace de adentro, del interior de la persona, de la comunidad, del pueblo. Si no, no sirve. La evaluación inducida sólo es útil para generar artimañas para evadirla.


La crítica: opción impajaritable

Una de las cosas que caracterizan la llamada oposición al proceso venezolano es que la crítica brilla por su ausencia. Se lanzan diatribas, emponzoñadas aseveraciones, comentarios malintencionados, frases reiteradas y vacías que se vuelven lemas o cuñas por sus medios masivos, sin sentido, sin observación, sin distanciamiento. La crítica comprometida con uno u otro lado no es crítica, es militancia. Sirve para fastidiar, para desviar la atención, o como propaganda, pero nada para edificar, y poco para corregir errores o reorientar rumbos.

Oscar Wilde, con su esteticismo característico, dijo algo así como que es muy difícil ser bueno con los amigos, pero que en cambio sí es fácil serlo con los enemigos. Nada más cierto. Qué sencillo es decirle al odioso que muy bien por donde va, darle unas palmaditas en el hombro y que siga rumbo al despeñadero. Al amigo, en cambio, cuando menos, toca pararlo y decirle que por ahí no es. Y muy idiota sería aquel amigo que en solidaridad siga caminando callado al lado. Como se dice tanto: con esos amigos, para qué enemigos.

La disensión es parte del análisis, y el cuestionamiento no puede estar aparte del reconocimiento. Es una dialéctica vieja, elemental. La uniformidad atrofia. De poco sirven los dirigentes que comen callados, los ministros que tragan entero, los jefes que no degluten y no toman decisiones, así choquen. Estos son males que se superan cuando el pueblo ya no es apenas una invención de los políticos tradicionales o de los tantos rebeldes que se quedaron sin causa. La unidad, tan necesaria, es contraste, matices, diversidad. Ahí anida el complemento y así se enriquece lo único que tiene que enriquecerse en un socialismo verdadero: el criterio.


El pueblo y el difícil ejercicio de sí mismo

El pueblo venezolano, y esa es la participación hecha a pulso y el Verbo hecho carne, ahora marcha, vota, habla, invalida o convalida. Dice sí o dice no, cuando hay que decir sí o decir no. Para no ir más lejos, acaba de decir que sí, como tantas otras veces. Sí al proceso en marcha, donde el liderazgo probado es aprobado, y tiene la puerta abierta para entrar de nuevo al ruedo. Nada más, pero eso basta y sobra para el aliento, que ha de ser duradero.

No se trata del vocablo pueblo metido a los trancazos en el discurso, para aderezarlo, buscar congracias y pescar incautos. Una cosa es avanzar codo a codo con María Engracia, la del alto, o el negro Pepe Pérez, y otra distinta tomar la palabra con pinzas y con el tapabocas puesto. Mucho media entre personajes de “taranovela”, como Rosales, Ledezma, Mendoza, Borge, López, Capriles, Ocariz, y un extenso etcétera, que meten al “pueblo” en cualquier frase de cajón de sus discursos acomodados, de agencia, y Chávez, metido hasta el tuétano en las barriadas del 23 de Enero, Catia o Petare, oyendo con sus propios oídos el rosario de cuitas de fulano, mengano y zutano. Hasta las de Perencejo.

El pueblo de la oposición venezolana, el que le importa y al que se dirige, es netamente ciudadano, donde ciudadanos son específicamente los moradores de ciertos sectores privilegiados de las ciudades (v.g. “Aló, ciudadano”). No son ciudadanos los habitantes de las afueras, de los cerros, de las cañadas, de los derrumbes, que a pesar de llevar décadas en la ciudad aún llevan encima pasto llanero, musgo andino o arenas de la Guaira. ¿Qué ciudadanos pueden ser entonces los habitantes de las extensas zonas rurales del país, o los de costas al olvido, monte adentro o socavón abajo? Sencillo: No habitan la ciudad, no son ciudadanos, ergo, no existen.

Pueblo: palabra humilde, venteada, que es conjunto, que añade, que siempre tratan de quebrantar. Me decía Fernando Birri, el cineasta argentino, piedra angular del Nuevo Cine Latinoamericano, que nadie había enfermado tantas palabras del idioma español como las dictaduras militares de Sur América. Y doy un ejemplo en Colombia, donde nunca se declaró oficialmente una dictadura de este tipo, porque los militares han tenido siempre tanto poder que nunca necesitaron la Casa de Nariño para regir los destinos del país. En Colombia, la sola palabra “brigada” dio miedo durante años, pues puertas adentro de estas instituciones militares se cometían las más viles torturas y atrocidades durante los tiempos del Estatuto de Seguridad del gobierno de Turbay Ayala, un antecedente poco preclaro de la actual Seguridad Democrática de Álvaro Uribe. Una palabra enferma en Colombia, que gozaba de plena salud en Cuba, donde las brigadas de alfabetizadores, de jóvenes recolectores, de zafreros, o de lo que fuera, construían palmo a palmo la isla. La palabra “pueblo” tiene que seguir así de sana, en Venezuela y donde sea, para afrontar la peste que la asedia, sobre todo, en el campo mediático, en el que tantas bocas habría que poner en cuarentena.

De la misma manera que el pueblo asume a plenitud su capacidad para ejercer la crítica y la auto crítica, en relación con la construcción social en marcha, también refina con cuidado la palabra dulce que lo evoca y lo invoca en el anzuelo. El pueblo sabe ya harto de eso. Son años. Con los mismos, en las mismas, ejerciendo el terror, la amenaza, la falacia, la distracción y lo baladí. Porque ahí sí que no hay crítica. La palabra es espina. La frase tiene doble filo. El comentario es dentellada.


La palabrería desde la orilla opuesta

Miren que es difícil no haber logrado detener, al cabo de tantos años, la ascendente pelea de perros y la división de unos y otros en la oposición. Y hay que estar muy perdidos para creer que un personaje como el filósofo del Zulia, Manuel Rosales, sin carisma, sin proyección, sin discurso, derrotado comediante que se embrolla solo, pudiera haberle hecho algún día algún contrapeso a Chávez. Y debe estar aún más grave esa misma oposición para que, además de apostarle al hampón como su candidato presidencial, vaya gastando por estos días su mojada pólvora en escudar un gallinazo con orden de detención solicitada por la Fiscalía, edil en efugios y alcaldía en fuga.

Y que en diez años, porque la oposición en Venezuela sí que lleva el tiempo completo maquinando, urdiendo y fraguando, desde las tonterías más nimias originadas en algún té canasta, hasta el magnicidio, acariciado desde los medios, con la presta colaboración de las oligarquías de Colombia y sus muchachos, los paramilitares, que en diez años se le siga siendo fiel al lema inútil de que todos los tiempos pasados eran mejores, y conciban todo avance como un estorbo, toda señal de desarrollo como un progresismo barato, la movilización del pueblo como populismo, la soberanía como desgracia, o el liderazgo asumido y comprometido, como dictadura.

Pero, ante todo, miren que era muchísimo más fácil, a estas alturas del partido, haberse inventado alguna alternativa para plantear, y, en cambio, muy difícil llegar a lo que sí logró esta oposición: estar con las manos vacías, a una década de camino, rezando novenas para que se caiga el proceso bolivariano, poniéndole palos y puntillas a las llantas, difamando y saboteando lo que formula y cimienta, abandonando el barco como ratas, porque siempre han creído, querido y pregonado que el barco se hunde. O que ya se hundió.

Tal vez esa ausencia de verdadero análisis por parte de quienes hacen oposición en Venezuela, que ha sido bueno a la hora de dejarle tomar cuerpo al proceso en marcha, cuando estaba tan famélico desde tantos puntos de vista, ha sido negativo precisamente por la misma causa, cuando genera exceso de confianza, “sobradez”, manda las preocupaciones hacia tonterías, no inquieta sobre los resbalones dados, mucho menos sobre el rumbo avante, o termina haciendo pensar que la defensa a ultranza de cualquier pifia es justa y necesaria, pues al saber que no hay análisis, que no hay crítica, sino burdo ataque, pues se defiende a capa y espada todo lo que sea señalado. Eso hace mucho daño, no porque sea una estrategia eficaz, pues es claro que ni siquiera es una táctica, sino porque se le sigue el juego, porque se termine creyendo o haciendo creer que cualquier chambonada es una virtud, o una característica.

En otras palabras, una oposición que no enciende las alarmas sobre los individuos o las cosas que no sirven en el proceso amplio de la construcción del país, sino que desvía la atención y alerta sobre quienes no le sirven a sus intereses particulares o sobre aquello que le estorba al libre desarrollo de su avidez desmedida.

La larga vida del sano juicio

En un contexto de guerra mediática como el que se vive en el país, puede que la crítica certera no se reconozca o no se acepte de manera pública, que incluso haya que negarla una y otra vez, aunque se desgañite el gallo, eso es otra cosa. Pero lo que no puede ser es que en el fuero interno no se tenga en cuenta ni se haga hasta lo imposible para desarmar los yerros que la suscitan. Ese es el desafío, ahí yace la verdadera sinceridad con lo que se arma como idea, se busca como proyecto, se funda como pueblo.

El pensamiento crítico en Venezuela tiene una tradición que se remonta a los albores del siglo XIX, con personajes de tanto peso como Simón Rodríguez, Andrés Bello, Cecilio Acosta o Fermín Toro, entre muchos otros. Una época dorada de la que no es ajeno Simón Bolívar, quien ejerció la crítica constante de su tiempo y su mundo, y una crítica despiadada contra sí mismo y sus propias realizaciones. Hugo Chávez viene de esa vena esencial que, de una parte, interpreta el espíritu de la época y del momento, y se nutre de experiencia y conocimiento, y, de otra, la aplica en la manera de actuar, pensarnos y proyectarnos. Esa herencia es la que empieza a hacerse visible en la calle, en el barrio, en la vereda. Tiene que ser así. Ese beneficio es el que tiene que sembrarse sin tregua, en todo lado y a toda hora.


(1) Vian, Boris (1982). La hierba roja (Trad. Jordi Martí). España: Bruguera (original en francés, 1950).
(2) Periodistas de los medios privados que se han erigido en actores políticos de la oposición.


Artículo disponible en:
YVKE Radio Mundial
Rebelión
Radio Nacional de Venezuela

miércoles, 25 de marzo de 2009

Venezuela: La construcción sin tregua

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Un proceso particular en el que las etapas no estaban señaladas y nadie tiene en las manos el mapa con las equis.

Hugo Chávez asumió la presidencia en 1999. Desde entonces, su gobierno ha afrontado un golpe de estado, un paro petrolero, un referendo revocatorio, una guerra mediática desigual, toda clase de sabotajes, y embestidas internas y externas. Pero la Revolución Bolivariana, diez años después, sigue su marcha inexorable hacia un país más soberano y justo.


Luis Pasteur, en la segunda mitad del siglo XIX, echó por tierra la creencia popular de la generación espontánea. Hasta el microbio menor proviene de otro microorganismo, y este a su vez se origina en otro ser vivo. Es una cadena de generación de vida, que empieza su quehacer lento desde el más impensado resquicio. Así mismo pasa con las cosas de fondo. Es casi de rigor el hecho de que nada acaece porque sí, aunque los niños, con su tesón firme, a veces nos lo hagan creer. No ocurren las cosas que valen la pena, aun las más personales e íntimas, en días, ni siquiera en meses. Las decisiones traquean adentro antes de tomarse. A no ser que alguien se gane la lotería, alguno tenga un traspié garrafal o la teja del alero le caiga al desprevenido transeúnte, el rumbo de la vida de cualquiera no se tuerce de buenas a primeras. En un sentido parecido, si el río suena, es porque piedras trae.

El devenir de las regiones, los países, las comunidades, está marcado por ese ir y venir sin afán que se toma la historia. Cuando el muro de Berlín se cayó a martillazos, hacía mucho tiempo que las barreras estaban fracturadas y los cimientos pegados con goma. El mismo Obama acaba de decirlo, refiriéndose a la crisis inmobiliaria, financiera y general que ahora hace su agosto: “El hecho es que nuestra economía no comenzó a deteriorarse de la noche a la mañana. Tampoco se iniciaron todos nuestros problemas cuando el mercado de vivienda colapsó o la bolsa de valores se desplomó.” Y es cierto: El descalabro no sólo se presumía, sino que se sabían al dedillo los malabares especulativos de todo el sistema financiero internacional, desde hacía décadas. La cuestión apenas era: ¿Cuándo será ese cuando…? Otra cosa distinta es que a veces no veamos lo que pasa o no lo queramos ver. O que necesitemos no verlo. Como en el precepto religioso de tener que creer a ciegas ciertos embutidos, apenas cuestionados alguna vez por el denigrado Tomás.

Y eso que es claro que las cosas se caen o terminan más rápido de lo que se levantan. Se desmontan en un solo aguacero de pocas horas los nimbos que tardan días en hacerse cirrus. La independencia de América Latina, con excepción de Puerto Rico y Cuba (que para la segunda independencia pondría patas arriba la secuencia) con juntas, campañas militares y todo, tomó menos de dos décadas. La conquista había durado tres siglos (y en muchas partes y aspectos todavía se mantiene). Hasta las fases duras del desamor son breves junto a las largas y regocijantes de la pasión.

Las cosas se desploman o construyen a través de procesos. Algo que pasa en un rato será un accidente, a lo sumo un suceso. Es en este campo donde pastan los medios de comunicación y sus noticiarios. Famélicas vacas mediáticas, que pocas veces se pasan la alambrada de este estrecho, pero cómodo, campo. Eso lo sabe cualquier ganadero.

Más allá está lo complejo. Donde las cosas, más que tomarse tiempo, tienen tempo, un ritmo inevitable para hacerse ciertas. Cualquier proceso de transformación supone fases, identificables y diferenciables. A veces, cuando permitimos que los árboles no nos dejen ver el bosque, incluso, pareciera que se devuelven.

Sólo los procesos garantizan una verdadera transformación. El resto son virajes, cambios de tercio, naves a la deriva, vueltas de la tortilla, en todo caso, lecturas fortuitas y falsas de la realidad. O, por lo menos, desatinos, chapaleos, caprichos. Los sinónimos no se agotan, para nombrar lo que atinadamente definió el poeta colombiano León de Greiff, desde 1936: “Variaciones alrededor de nada”.

Un proceso, desde luego, está lleno de repetidas variaciones, específicas o generales, perceptibles a primera vista o infinitesimales, fraguadas o aleatorias, nacidas y criadas en las comunidades más alejadas, o como logros de acciones diseñadas en los centros estratégicos gubernamentales. Del centro a la periferia, o viceversa. De arriba abajo, o viceversa.

Venezuela avanza en transformaciones valiosas, que señalan un nuevo rumbo. En la foto, el Hospital Cardiológico Infantil Latinoamericano, el mayor de su tipo en el continente.


El proceso

En la República Bolivariana de Venezuela, esto es lo que se adelanta en el presente, en un desarrollo lento, pero seguro, cuya proyección social y en el tiempo fue ratificada hace poco, como para que no quepan dudas. De abajo para arriba, como siempre es mejor que sea.

Stéphane Mallarmé, el escritor francés, simbolista y maldito, no estaba tan despistado cuando afirmó que “las grandes innovaciones casi nunca son revolucionarias”. Es una forma de decirlo, claro está, que no desdice nada de la palabra revolución, sino que más bien nos obliga a entenderla mejor, como referencia a un hecho o una serie de hechos que no ocurren de sopetón, sino que obedecen a un largo y complejo encadenamiento de causas y efectos, al decir de Borges, más que de contingencias. Complicándolo: Más azahares que azares.

Todo proceso implica gazapos, metidas de pata, y hasta tropezar dos veces con la misma piedra. Ha pasado, pasa y pasará. Aquí y acullá. Claro que esto afecta cualquier desarrollo. Y no puede aceptarse ni convalidarse. Ahí es donde vemos que la plata fue más para hacer menos. Que las reuniones sobraron y los hechos faltaron. Que el último en la fila tenía razón y que debimos empezar de atrás para adelante, para que así no le alcanzara tanto a los primeros. Que el presidente del comité de aplausos se las ingeniaba para cobrar por cada palmetazo, o que el destituido por crítico y fastidioso era el mejor y leal. O que esas entelequias, manidas y fáciles y hermanas, llamadas burocracia, desidia y corrupción, tienen siempre nombres propios, sean cien o mil, todos y cada uno tienen registro de nacimiento y están a la mano. Alguien los sabe. Muchos los saben. ¿Quién abre la boca y tira la primera piedra? He ahí la cuestión…

Estos y otros descalabros, desde luego, entorpecen, no digamos el sueño, al menos al inicio, que está impoluto y puesto bien arriba, sino esos días con colas vanas, rabias atoradas y aguaceros tropicales, que unos tras otros son la vida de casi todos. Y no pueden ser los males necesarios. Ni el mal que por bien no viene. Ese sí sería el consuelo de tontos. Al contrario, para domeñar tan nefasto mal ya se han dado pasos largos: se sabe de los problemas y se aceptan, y se han identificado algunos de los existentes. Se les reconoce. Se les combate. Desde el único lado que tiene que hacerse: desde dentro.

Este y no otro, pues, con agobios, aprietos u oscilaciones, pero también con voluntad y esperanzas, es el proceso que da la cara en Venezuela. Una experiencia vital que sirve de referente para una buena parte del resto de países de América Latina, que de no ser así seguramente no estarían tratando de ser como ellos mismos quieren ser, sino quizás volviéndose como Colombia, el país al que no hacen rojo rojito las banderas de un partido, sino la sangre de los miles de opositores, o simplemente inconformes, que son asesinados, para bien del para–país en ciernes.

"Un paso más hacia la independencia", según Chávez, y un innegable avance tecnológico, cuya significación ha sido menospreciada e ignorada por los medios opositores venezolanos.


El avance, la búsqueda

El proceso venezolano actual, que las palabras dejan pasar rápido, significa cambios esenciales, de estructura. Ahora no hay en Venezuela ningún tipo de comunismo, que tanto aterra a tantos tan tontos, por lo general, en un aspaviento premeditado y engañoso. Tampoco hay socialismo o algo acabado que se le parezca. Rastros hay en la arena y pasos van añadiéndose. Se arman las bases de un sistema social nuevo, adecuado al propio país y a los tiempos actuales: Socialismo del siglo XXI. Una causa en construcción, un sentido en pesquisa, unos propósitos a cuyo lomo apunta la flecha.

Empresas esenciales para la economía del país han pasado a manos del estado, o, por lo menos, han quedado bajo su control accionario. Algo más que significativo en ese largo camino de cortarle el paso al capital privado y a las trasnacionales, en aspectos estratégicos para la economía del país. Petróleo, siderurgia, cemento, telefonía, energía, entre otros recursos y servicios han sido nacionalizados mediante la adquisición consensuada de las empresas. Una decencia costosa para un gobierno ceñido a las reglas de juego constitucionales, que, sin embargo, es acusado de irrespetar la propiedad privada, algo tan elogiado y sacro, que tiene rabo de paja en el modo insano con el que se hizo de ambas cosas: propiedad y privada.

Ha comprado Venezuela, dólar sobre dólar, lo que le había sido robado, o arrebatado en trapisondas, o vendido a huevo con la aquiescencia de la corruptela criolla. Pero la voracidad capitalista queda insatisfecha. Se varían, digamos, las proporciones injustas para el país y los términos desfachatados de las concesiones de las empresas básicas petroleras en la Faja del Orinoco, y las transnacionales Exxon-Mobil y Conoco-Phillips ponen el grito en el cielo y sus yupis se rasgan las vestiduras. Y las cosas están tan patas arriba que los aullidos apenas menguan cuando una corte británica, en un juego de espanto que metía en un congelador “preventivo” una fuerte suma de activos de la estatal petrolera, falla a favor del estado venezolano.

"Something is rotten in the state of Denmark", dice Marcelo en el Acto 1 del Hamlet. Y no sólo hay algo podrido en Dinamarca, sino en medio mundo, para no exagerar. Si no, cómo se explica que el ladrón exija indemnización al atracado, el usurero clame justicia a los cielos, el asesino acuse a la víctima de insubordinación indebida, o que los Estados Unidos de América crean que la República Bolivariana de Venezuela les va a creer el cuento chino de que no hay trampa en su ayuda contra las drogas, contra el terrorismo, por la democracia en Colombia, por la seguridad en el Caribe, por el desarrollo de la región.

Venezuela avanza en transformaciones valiosas, que señalan un nuevo rumbo, unidas a los avances considerables en sectores como la educación y la salud. Pero más allá de los logros importantes en estas y otras materias, que benefician de modo directo a las poblaciones usualmente menos atendidas, hay que destacar los conseguidos en el desarrollo y el fortalecimiento de nuevas dinámicas de participación, organización y construcción social. Son consecuciones que marcan un progreso evidente de las comunidades, para elegir, determinar y proyectar su destino, y que está en los prolegómenos para afianzarse como pueblo. Tres íes esenciales: interrelación, interacción e interdependencia, a las que se añaden de la mano las tres erres machacadas por el presidente Chávez: revisión, rectificación y reimpulso.

El control de la industria petrolera y otras nacionalizaciones: Avances significativos en el largo camino de cortarle el paso al capital privado y a las trasnacionales, en aspectos estratégicos para la economía del país.


Del “Caracazo” hasta acá

Mucho media entre el pueblo de hoy y aquel atribulado y frenético del “Caracazo”, hace 20 años, en 1989, que bajó de los cerros y llenó la ciudad de negros y mulatos, con tenis rotos y camisetas sin marca, y que además no sabían inglés. Que saqueó mercados para paliar el hambre, enfrentó guardias y policías en las esquinas, y quedó desperdigado en calles y plazas víctima de la represión desesperada de una oligarquía que no había oído nunca los campanazos. Porque aquel desbarajuste tampoco fue de sopetón. El paquete económico de Carlos Andrés Pérez sólo fue la copa que derramó un vaso grande y lleno. El pueblo ignaro sabía y sentía en carne propia lo que pasaba. Pero quienes tenían la sartén por el mango no oyeron o no quisieron oír, ni más ni menos, que se les estaba acabando el siglo, el XX, que pasaba la alambrada retorciéndose y crujiendo los goznes. Como dijo infaliblemente alguna vez, también el presidente Chávez, “en el “Caracazo” terminó el siglo XX en Venezuela, y empezó el XXI”. Sin embargo, hay quienes aún ahora no se percatan de que la Cuarta República ya acabó. Quizás porque en el inconmensurable mundo de Globovisión, los centros comerciales y los cocteles eso sea cierto.

El pueblo de esos días aciagos tenía, vamos a ver, lo que tenía que tener: brío y fuerza, que son poder, y así lo evidenció. Durante estos años ha ganado conciencia política. Aprehende, se forma, comunica y construye conocimiento. Organiza y se organiza, y participa desde los que son los asientos del andamiaje: comunidades y barrios. Fases inherentes y constitutivas del desarrollo social del país.

El gobierno del presidente Hugo Chávez ha celebrado ya los 10 años. No obstante, no puede afirmarse que el proceso de cambios alcance ese tiempo. En un análisis juicioso, los cambios apenas si comprenden los últimos 5 años, en los cuales se han llevado a cabo las nacionalizaciones, se han emprendido las misiones, procesos productivos e industriales nuevos, y en el cuarto oscuro que era la Venezuela de antes se ha visto con más claridad la luz hacia la cual el país se mueve. Porque en este proceso particular las etapas no estaban señaladas. Nadie tenía en las manos el mapa con las equis. Una buena parte de los primeros años de gobierno se quemaron en la defensa de los ataques despiadados desde todos los ángulos de la estructura vigente, el saboteo económico, el acorralamiento político y hasta una exclusión generalizada. Unos años, también, en los que, entre golpes bajos y ataques, se hizo flexible y saludable un proceso en el que muchas de las cosas que se hacen todavía no se ven, porque su naturaleza así lo determina, porque falla la estrategia de divulgación, porque a veces no basta con mostrar, sino que hay que demostrar, como parecería que tiene que hacerse con aquello que se logra con sudor y lágrimas a cada momento, y es desvirtuado o no reconocido.

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