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BELDADES Y MENTIRAS DE GADAFI

Rodeado de sus beldades, vocifera, desafía, miente. Y la voz telúrica en la tribuna es el canto del cisne.

COLOMBIA: UN PAÍS MINADO POR EL DESPOJO MINERO

En un país en donde nunca estamos sentados a la mesa ni para lo nuestro, no hay otra opción: Terminamos haciendo parte del menú.

REMESAS Y POBREZA EN COLOMBIA: UNA RELACIÓN EVIDENTE

Según previsiones actuales, se recuperarán niveles anteriores de remesas desde el extranjero sólo a partir de 2012 o 2013.

COLOMBIA AFRONTA EL CRECIMIENTO DEL PARAMILITARISMO

La estructura del paramilitarismo se redujo en algunas regiones del país, pero en otras permaneció intacta o hasta creció. .

ENFERMEDADES 'LEVES' QUE MATAN EN COLOMBIA

Los pacientes con diagnóstico de alguna enfermedad prevenible terminan en una gran tragedia personal y familiar, requiriendo cuidados médicos que las entidades designadas no prestan efectivamente.

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domingo, 15 de junio de 2014

Colombia: La amenaza de la "Seguridad democrática"


Por: Juan Alberto Sánchez Marín.


“Con el replicante Zuluaga, mal facturado en algún oscuro garaje de esa tribu urbana que es el uribismo, los manejos soterrados y las rencillas palaciegas serán poco al lado del raudal de despojados, desplazados y descabezados que volverá a ser Colombia.”.

Hace cuatro años, cuando Juan Manuel Santos fue electo presidente y contaba con el apoyo del ex presidente Álvaro Uribe, pensé que lo único que podía salvarnos como colombianos era que el actual presidente fuera coherente consigo mismo y cambiara de dirección a mitad del vuelo (1).

O sea, que se pasara de una orilla a la otra con la misma facilidad con la que lo habían hecho hasta entonces, tanto él, como su entonces vicepresidente electo, Angelino Garzón.

Que iban de un bando a otro como veleta al viento, sorteando ideas, culebreando principios, desdiciendo lo dicho y afirmando lo negado.

Nada fácil para cualquiera y gracias a Dios nada difícil para Santos.

Los jugadores lo hacen todo el tiempo. En el último instante, a punto de cerrar la apuesta, con mano rauda pasan las fichas de un número a otro, rojo a negro, par a impar, o viceversa. Unas veces se nota que es una calculada maniobra, otras pareciera que no. Pareciera. Porque siempre todo obedece a un maquinado cálculo matemático, donde se conjugan deducciones, ecuaciones, elucubraciones e intuición.

No olvidemos que Santos fue ministro de tres presidentes distintos, Gaviria, Pastrana, Uribe, y un “conspiretas" verdadero durante Samper. Pura ruleta.

Quiso entonces la diosa Fortuna apiadarse del pueblo acongojado y doliente, y Santos mordió la mala mano que lo alimentaba.

Dice él que se dio cuenta de la clase de mentiroso que era Uribe (una verdad) y de los extremos a los que podía llegar (ninguna exageración).

Algo que todo el país sabe de sobra y que los uribistas descubren cuando dejan de serlo. Rara la tardía virtud: Otorga lucidez la apostasía y consciencia la desmemoria.

Si honestos, vergonzantes de por vida, y si no, lo más común: presidiarios, ex presidiarios o prófugos obsecuentes. Como el “pincher” Arias (que asesora) o la “coneja” Hurtado (que huye) o el diletante “Ternura” (que se esconde) o el “perseguidor” Moreno (corifeo que danza y canta en las sombras).

No son “Las armas secretas” de Cortázar (2), sino las de un expresidente que no escribe, sino que tacha nombres que el azar asesina. Otro azar. No el de los juegos principescos de Santos, sino el que rigen endemoniadas personas de bien y sus sicarios.

Por suerte para Colombia, al presidente Santos le bastaron 8 días de su gobierno para percatarse de la podredumbre que no olió en los 8 años de los dos períodos de gobierno de Uribe. Del que fue más parte que arte y más voceos que convicción.

Más vale tarde que nunca. La verdad es que el escollo pareció sorteado. El Illuminati de Antioquia no dejó el país más tenebroso y a oscuras.

Pero la amenaza continúa. O vuelve.

Prosigue con un hombre nacido para ser un buen concejal en Pensilvania, Caldas. Jubilado de cabildo local, que de pronto se dedicó a seguir los melifluos consejos de la Sibila de Las Guacharacas (3). Y dejó Pensilvania, y dejó Caldas.

Y ahora no quiere dejar a Colombia en paz. Paz que se necesita con urgencia.

La actual amenaza nacional de la A a la Z: Álvaro a Zuluaga.

Un contrasentido que quienes más hablan de seguridad democrática representen tanto peligro para la seguridad nacional. ¿Una variación del viejo truco de “La carta robada” de Poe? ¿Poner la seguridad en la mesa de centro de la sala para que nadie se percate de que se la robaron?

Como ministro de Hacienda, Oscar Iván Zuluaga obtuvo en época de crisis un galardón de periodismo disfrazado de premio de economía de la revista Emerging Markets, de Euromoney (4). Un accésit oportunista de inversionistas y banqueros (valga la redundancia).

Como presidente de un país en escombros habría que esperar que esta vez sea laureado en algún certamen literario. Algo importante en Colombia, que desde el siglo XIX, cuando fue un país de poetas, malos y malagente, pero presuntos poetas, lo sumo que ha contabilizado son baratos decimeros de fonda, como Belisario o el propio Uribe.

Varios amigos, aparentemente ecuánimes, sostienen que Oscar Iván, a pesar de representar lo impresentable, es un hombre formado, inteligente y honesto. Que le han seguido de cerca la carrera, trayectoria y realizaciones, y así lo han podido constatar.

No les creo. Oscar Iván jugó su corazón al azar y se lo ganó Uribe. Sólo que él no es Arturo Cova, que más bien es el país ante el riesgo de ser tragado por la vorágine. Zuluaga se parece más al embaucador Barrera (5), de pueblo en pueblo recolectándole esclavos a las grandes caucheras.

No puede ser tan bueno quien le donó su sangre a la extrema derecha más sanguinaria de la región. Y que desde que se levanta no hace más que practicar todo el día frente al país las gesticulaciones, los dejes, dimes y diretes del jefe tras bambalinas.

No. Con el replicante Zuluaga, mal facturado en algún oscuro garaje de esa tribu urbana que es el uribismo, los manejos soterrados y las rencillas palaciegas serán poco al lado del raudal de despojados, desplazados y descabezados que volverá a ser Colombia.

Prefiero el azaroso azar de la ruleta, así sea rusa, a la certeza de otro suicidio. Mejor unos cuantos principios apachurrados, que más muertos de carne y hueso. No porque vaya a cesar la horrible noche, sino porque así sea un solo colombiano menos el que vaya al sepulcro o despedazado a los ríos Cauca o Magdalena, hace la diferencia. Y es la esperanza. La que toca en la amañada democracia colombiana.

Santos apostó por la paz y podría perder el poder. Ojalá Colombia apueste por el actual presidente y le de un chance a la paz, porque lo que podría empeñar es el futuro, no por los próximos cuatro años, sino por el tiempo sin medida que sería el uribismo otra vez aferrado con garras y fauces a la Casa de Nariño.


NOTAS:

(1) “Juan Manuel Santos: Cuatro años a bordo de sí mismo”. Agencia Latinoamericana de Información, ALAI. Fecha: 2010-07-06. http://alainet.org/active/39358&lang=es

(2) “Las armas secretas”. Cortázar, Julio. Ed. Sudamericana. Buenos Aires, 1969. 222 pags.

(3) Las Guacharacas: Hacienda de los Uribe Vélez en el nordeste antioqueño. Según las investigaciones de Justicia y Paz, la hacienda está en el centro del origen de la conformación de los grupos paramilitares de la región.

(4) El Espectador. 5 de octubre de 2009. “Óscar Iván Zuluaga, ‘Ministro del año en América Latina”. http://bit.ly/1p57Vb2

(5) “La Vorágine: Personajes”. Biblioteca Nacional de Colombia. “Julio Barrera Malo fue un cauchero y comerciante que se internó en la selva colombiana durante las primeras dos décadas del siglo XX. Encontró la clave para enriquecerse: el auge del caucho en el mercado internacional. Se dedicó a engañar gente en el Meta y el Vichada, entregándoles baratijas en consignación y con el argumento de que se harían ricos con el caucho. Luego los llevaba al Orinoco o al río Negro, donde los vendía con su deuda a caucheros. http://bit.ly/1p1TsvF

martes, 6 de julio de 2010

Juan Manuel Santos: Cuatro años a bordo de sí mismo

Por:  Juan Alberto Sánchez Marín

El nuevo presidente colombiano Juan Manuel Santos.

En “El libro de la risa y el olvido”, el escritor checo Milan Kundera, en una frase que no por frecuentada pierde singularidad, afirma que “la lucha del ser humano contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.

En el gobierno colombiano que ahora inicia, un rasgo distintivo es la sin par capacidad de los elegidos, presidente y vicepresidente, para desdecirse de sí mismos, abjurar de los laudos dictados en primera persona, negar las jaculatorias propias de antier, o rasgarse las vestiduras ante las actuaciones de ayer. Una brutal lucha del olvido contra la más natural memoria.

Hablemos de Juan Manuel. Ha estado al frente de tres ministerios: Comercio Exterior, Hacienda y Defensa, desenvolviéndose para tres gobiernos distintos e incompatibles: César Gaviria, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe.


Juan Manuel fue ministro de Comercio Exterior durante el gobierno liberal de Gaviria. Desde esta cartera, fue punta de lanza de una apertura económica de sopetón, que le significo muchos males al país y acabó de sumir al sector rural en la desgracia (que lo digan los productores de trigo, cebada, papa, o los embarcados en los embelecos de la diversificación de cultivos de la Federación Nacional de Cafeteros, de la que el propio Juan Manuel había sido representante incólume en Londres, ante la OIC).

Juan Manuel fue ministro de Hacienda y Crédito Público durante el gobierno conservador de Pastrana, luego de haber sido un franco opositor y crítico acérrimo. Simple voltereta, para llegar de carambola a un ministerio en el que, con su sola llegada, ayudó a ahogar el proyecto presidencial de referendo para revocar el Congreso. Gracias de la vida, “para salvar al gobierno de Pastrana”, según él mismo lo aseveró.

Juan Manuel fue ministro de Defensa durante el gobierno anti gavirista y anti pastranista de Uribe. De malquerido por el presidente, además, a cuya primera reelección se opuso en los inicios, Juan Manuel, un oligarca concreto, un golfista nato, pasó a ser cofrade de Uribe.

Aprovechó la zambapalos generada por el tema de esa reelección en el Partido Liberal, para crear, con la disidencia, el PUN (léase: Partido de Unidad Nacional), el partido uribista de la U del mismo Uribe, en el que aterrizarían paladines, caciques y parapolíticos, y al que aún ahora siguen deslizándose por la puerta de atrás los miembros del PIN, en una suerte de PIN – PUN y ping – pong milagrosos.

Ya en la cresta de un liderazgo inadvertido, con el partido presidencial bajo la manga, Juan Manuel se ganó, por derecho propio, el ministerio que más le serviría en el gobierno de la “Seguridad Democrática”. Asumidas las mudanzas ideológicas y tan claros los fines, importaron poco los medios, sembrados de mentiras y muertos y desplazados, y con el viento de El Tiempo y todos los medios en popa.

Juan Manuel se reunió con las FARC en Costa Rica, sin venia ni autorización del entonces presidente Samper, y llegó a proponerle a la Comisión de Conciliación Nacional, en 1997, la creación de una zona de despeje, más de medio año antes de la reunión de Víctor G Ricardo con Manuel Marulanda Vélez y el “Mono” Jojoy, realizada una semana antes de la elección de Pastrana como presidente y mucho tiempo antes de que a este se le ocurriera la idea.

Pocas veces en la historia del país a un gobierno se le ha cobrado tan cara una decisión, como al de Pastrana la creación de esa llamada “zona de distensión”, en un infructuoso proceso de negociación con las FARC.

Del mismo modo que la esperanza de la paz con el grupo guerrillero fue definitiva para la llegada de Pastrana al poder, la frustración del proceso fue determinante para que Uribe se abriera el camino a la presidencia con su discurso incendiario e intransigente.

Y en el camino, claro está, se llevó por los cachos cualquier política o estrategias de paz: Se instauró un nuevo discurso, de guerra frontal. Y así fue como el mismo Juan Manuel armó diligente el aparataje, organizó las huestes a costillas del PIB y ladró sin moderación desde el Ministerio de Defensa. Franqueó, pues, de una zancada la valla, y, de proponente de la idea, para cerrar con broche de oro, pasó a afirmar, hace unas semanas, que otros candidatos podrían regresar al país a “la oscura pesadilla del Caguán”.

Es aquel Juan Manuel Santos que nunca ha luchado contra el poder, sino por el poder. En una lucha que cualquiera ser humano libraría contra el olvido, Juan Manuel ha optado siempre por perder la memoria. Ahora que lo ha conseguido, que él de cabo a rabo es el poder mismo, ¿qué país tendrá en mente? ¿Cuál población en el olvido?

Y no es cuestión de pedirle peras al olmo. O a un político de corazón, como este Juan Manuel, que no varíe su pensamiento, o que se contradiga de vez en cuando, o que por conveniencia se arrime al árbol que da más sombra. No. Lo que llama la atención es el exacto acoplamiento con la incoherencia y la obstinación enferma por los traspiés. Lo insensato es el tamaño de los virajes, el descaro en los cambios de tercio, la infidelidad a los adictos, los cabeceos abruptos en la palabra .

Claro, siempre puede sostenerse, y no sin razón, que no se pueden traicionar unas ideas cuando nunca se ha creído de cierto en ellas. Y si desde hace tiempo ha sido complicado establecer lo que Juan Manuel cree de las cosas, a estas alturas, cuando ya ha logrado el pensamiento único que siempre ha estado metido en su cabeza, el de ser presidente, pues él todo se hace más inescrutable, con quién sabe cuántas reflexiones en melcocha y la ambición cociendo al vapor.

Juan Manuel, distinguido por el buen olfato político y el certero recular, es corto de vista a la hora de percibir tanta contradicción y paradoja. Él no halla, digamos, incoherencia alguna entre el hecho de haber sido una vez un activo “conspiretas” y reunirse con Raúl Reyes para tramar la caída de un presidente, Samper, y después acusar a Rafael Pardo de acordar con las FARC la unión con las fuerzas de oposición para evitar la reelección del ya recién arrogado patrón, Álvaro Uribe, en una acusación malintencionada y embustera.

Tampoco la ve en abrazar al mismo Reyes en Costa Rica o El Caguán, y después matarlo en un país vecino. Mejor dicho, en haber pasado, en un santiamén, de pacifista consumado a pacificador furibundo.

Situaciones como estas nos dejan hoy de bruces sobre un Juan Manuel que habla sin ton ni son y un Santos que todavía farfulla en la palestra. Y, peor aún, ad portas de un gobierno de labios para afuera.

Ojalá, por el bien del país, ahora en la presidencia Juan Manuel Santos vuelva a llevarse la contraria, a actuar en contravía de lo que dice que hará y de todas las pavadas que promete, y haga por fin algo que valga la pena o sirva de algo, aunque sea para los propios desdichados que lo eligieron.

Cualquier bagatela que esté más allá de las patrañeras cifras económicas que mostraba en PowerPoint en Minhacienda, cualquier cosa signifique más que las victorias de guerra anunciadas en podio de vitrina en esa área farandulera que volvió el Mindefensa, cualquier fruslería que vaya más allá de los guarismos hueros y las esperanzas baldías con que atragantó a Mockus y esperanza a sus círculos criollos. Es que, de a de veras, Colombia no se merece que él no siga siendo el mismo.

Artículo reproducido por:

Question Digital
ALAI - Agencia Latinoamericana de Información
Rebelión - España
Kaos en la Red - España
Sur y Sur
Indymedia Colombia
La Radio del Sur
Radio Nacional de Venezuela (RNV)
Aporrea - Venezuela

miércoles, 16 de junio de 2010

Todos ponen, pocos ganan

LAS PROPUESTAS ELECTORALES DE SANTOS Y MOCKUS EN COLOMBIA

Por:  Juan Alberto Sánchez Marín


Miserables que creen que eligen presidente. Boyantes que saben bien que eligen candidatos a su talla y medida.

Antanas Mockus y Juan Manuel Santos, candidatos a la presidencia de Colombia para el período 2010 a 2014.


Antanas Mockus es una derecha a carta cabal, disimulada de centro y agazapada en lo que se ha dado en llamar “una ideología moderada”, lo que es un desatino más bien desmesurado.

Juan Manuel Santos, por su parte, es una derecha asumida sin tapujos, “de los ricos, por los ricos y para los ricos”, que, además, se ufana hasta el empalago de continuar la armazón de la extrema derecha de Álvaro Uribe.

En pocas palabras: En Mockus, la derecha, con claro tinte de autoritarismo, escuelismo, neoliberalismo, y unos cuantos ismos más igual de azarosos. En Santos, una derecha aún más a la diestra (por ende, más siniestra), que se debate entre los extremos desgraciados de la infalibilidad de Uribe y José Obdulio, y el culebreo oportunista del propio candidato.

Muy mal deben andar las cosas en un país en el que lo esperanzador de una propuesta de gobierno es la sencilla promesa de respetar la Constitución y las leyes, algo inherente a una democracia y que es un supuesto que debería ser precepto para cualquier gobierno medianamente honorable.


Y donde lo reseñable de la otra es la falacia de una “unidad nacional” que sofríe en una misma sartén politiqueros, parapolíticos, hamPINnes (del Partido de Integración Nacional), expresidentes caramboleros de Colombia y de la OEA, y, claro está, al inevitable y próximo ex presidente y sus secuaces.

No hay que ser muy astuto para saber que Juan Manuel Santos es un buen vendedor de ilusiones. Apela y explota sin piedad las características malditas de unos ciudadanos (clientes, compradores) condenados a 200 años de vida republicana y de soledad, sí, dos veces los cien del ilustre García Márquez:

Desmemoria, olvido, atraso, ignorancia, ausencia de los servicios básicos y de todos los otros y de todo, son sólo algunos de esos elementos que, con el apoyo ya casi innecesario de la coacción, de la amenaza, del chantaje, mueven la maquinaria continuista de Juan Manuel.

Como buen prestidigitador, jugador de póker, tramador de “falsos positivos” (asesinatos ciertos), urdidor de entelequias y otras picardías, Juan Manuel también miente sin empacho. Y ahí enreda al otro, a Mockus, un candidato que, cocinado en la salsa propia de mucha filosofía y matemáticas, y pocas nueces, procura vender a punta de verdades (más impuestos, por ejemplo) una gran mentira: la de un sistema que no apunta a transformar, modificar, o, por lo menos, revisar las estructuras fundamentales, sociales, políticas, económicas, de un país al que otra farsa, la de la seguridad democrática, no le ha frenado, no le frena, ni le frenará así nunca, la caída de culos al estanque.

Y la gran mayoría de los otros electores descastados, la clase media, la del voto de opinión, la que sigue los debates electorales por la televisión, lee la prensa y hasta inspecciona las secciones política o económica, tiene Internet en casa y se expresa gustosa en las encuestas, le cree a Santos a pie juntillas. Incluso, se fanatiza y aguanta la idea de que el delfín de Uribe atacará la corrupción, significará progreso y sacará a flote, no se sabe de dónde ni con qué alientos, un talante reformista.

Peor aún, una buena parte de esa clase media, intelectual, pensante, de tanto ver la tele y leer El Tiempo, cree a ojos ciegos en la coherencia de Santos, entre lo que dice ahora y lo que hará después, como si la hubiera habido entre lo que hizo ayer y lo que hoy mismo dice que hizo.

Apenas la minoría pudiente y poderosa de Colombia, los pocos grandes grupos económicos, los parvos habitantes del estrato 6 y hacia arriba, hacen sus apuestas por ambos, no tienen pérdida, no corren riesgos. Con Santos ganan Ardila Lule y Sarmiento Angulo, con Mockus gana Santodomingo. Frente al país entero, con cara gano yo, con sello pierdes tú. Con Santos o con Mockus, siempre salen airosos.

Ellos, que son pocos, poquitos, poquísimos, en un país de inequidades, donde el 49,1% de los ingresos va a parar a las arcas del 10% más boyante, frente al 0,9% que se queda en el lado enjuto de los más miserables.

Miserables que creen que eligen presidente. Boyantes que saben bien que eligen candidatos a su talla y medida.

Artículo disponible en:

Rebelión (España)
Sur y Sur
La Radio del Sur
RNV - Radio Nacional de Venezuela
Indymedia Colombia
Kaos en la Red (España)
Prensa Indígena (México)
ALAINET - Agencia Latinoamericana de Información

miércoles, 2 de junio de 2010

El elegido

Por: Cecilia Orozco Tascón


GRAN SALTO HACIA ATRÁS HA DADO Colombia, al menos la plebeya, con la cuasi elección de un representante de las dinastías más conspicuas, Juan Manuel Santos.

Nada sorprendente, después de ocho años de admirar el represor estilo de finales del siglo XIX que impuso Álvaro Uribe, el ganador del domingo pasado: nadie discute que el poco carismático Juan Manuel no habría obtenido ni la cuarta parte de los votos de la U de no ser por la simbiosis con su patrón. Si Uribe escogió como paradigma político al nefasto Rafael Núñez, Santos parece haber seleccionado como el suyo al conservador Mariano Ospina Pérez, tal vez por aquello de que éste fue sobrino y nieto de presidentes y el tío abuelo de Santos también lo fue. Juan Manuel tiene otros elementos en común con Ospina Pérez. Uno, que ambos fueron considerados “el hombre de los cafeteros”, por haber contado con el impulso de la cúpula de la Federación más privilegiada del país. Dos, que el gobierno de “Unidad Nacional” que propone Santos es título copiado del que propuso Ospina. Esperemos que las coincidencias sólo lleguen hasta ahí, porque si continuaran, habría que espantarse, dado que la época conocida como “La Violencia” se inició en la administración Ospina y aún no hemos podido salir de ella.


Ospina pretendía calmar al liberalismo con el acicate de la “unidad”, entregándole unos ministerios de segunda y unos puestos de tercera. Santos pretende darle sepultura definitiva al partido que lo catapultó con una fórmula similar. La verdad, no tendrá que esforzarse mucho: puso a babear a la mayoría de los liberales con su dedo meñique. Éstos, incluso algunos que creíamos enhiestos, hace tiempo que perdieron su identidad ideológica. Ni siquiera tuvieron el coraje de actuar de frente. El viernes pasado juraban que iban a votar por su candidato. El sábado empezaron a airear su voto por la U y el domingo adhirieron al tipo despreciable de ayer, al que, según rumoraban, intentó aliarse con Mancuso, Reyes y Carranza. Y qué decir de los conservadores. Ellos se mimetizaron con el amo y así continuarán, guiados por el inventor de las “medidas técnicas” que impidieron entregarles subsidios del Estado a los campesinos. Se sabe que con tal de ganar, Santos no se para en pleitos. Su casta capitalina cede ante la necesidad de los votos y se mezcla con la política provinciana más ramplona, aquella a la que le ofreció hace unos años $300 mil millones en “partidas regionales” para entregárselas, en rama, a sus senadores y representantes. ¡Lo que se ha de ver!

Loa a quien ganó la primera vuelta ampliamente. En Antioquia, con el apoyo del destituido parlamentario César Pérez, investigado por la masacre de Segovia. En el Valle, con Dilian Francisca Toro, procesada por parapolítica. En ese departamento y otros, con el concurso del partido de la Picota. ¿O habrá que ser superdotado para adivinar que al PIN le interesa únicamente jugar con el ganador? En Atlántico, con los votos del campeón del clientelismo, José Name. En Córdoba, con los de los involucrados Zulema Jattin, Musa Besaile y, tal como se vieron los resultados, con el 50% de los partidarios del condenado Juan Manuel López, o bien, con los de su señora, Arleth Casado. En Bolívar, con Piedad Zuccardi y su marido condenado por peculado, Juan José García. En Sucre, con la sucesión de Álvaro García Romero, condenado a 40 años por la masacre de Macayepo. En Caldas, con Adriana Gutiérrez, y, en el Meta, con Luis Carlos Torres. ¡Oh gloria inmarcesible!, ¡oh júbilo inmortal! Si no nos importó de dónde venía ni quiénes eran los amigos de un antioqueño arriero, ¿qué nos vamos a preguntar cómo triunfa alguien que nació para ser elegido?

Columna de 2 de junio de 2010, en El Espectador.

domingo, 8 de marzo de 2009

Juan Manuel Santos: La amenaza de un interés presidencial

EL MINISTRO DE DEFENSA COLOMBIANO A LA OFENSIVA

Por: Juan Alberto Sánchez Marín (YVKE)



Uribe entre dos Santos: "Pachito", el vicepresidente, y Juan Manuel, el ministro de Defensa.


La presidencia es el fin reconocido de Juan Manuel Santos, pero su jefe, Álvaro Uribe, no termina de sincerar sus propósitos de reelección. En un momento decisivo para Santos, donde puede catapultarse o quedar tendido en el asfalto de la política, el ministro luce exasperado, buscando figuración a toda costa. Brinca la cuerda tensa de la seguridad nacional, agrede a los países vecinos y quisiera remojar en ácido sulfúrico a sus contendientes. Con poco tiempo para renunciar al ministerio sin inhabilitarse y ávido de espectáculos mediáticos que lo reencauchen, Santos es un peligro andante para el país y la región.



Estos han sido días ordinarios en Colombia: economía sin control, marchas sin orden, lluvias sin freno, y un ministro de defensa también sin disciplina. Unos días comunes y corrientes, en los que todo es un típico desbarajuste, por Uribe y para Uribe.

Juan Manuel Santos, el ministro de Defensa, se ha caracterizado por ser bastante lenguaraz e incendiario. También, porque no da puntada sin dedal. Su ambición última y declarada es la presidencia de la república. Desde esa perspectiva, todo lo que asume, todo lo que hace y todo lo que dice, es sólo un trampolín o una mera triquiñuela para lograrlo.

Eso es algo muy bueno: como reconoce lo que en últimas pretende, deja al aire sus farsillas de cada día, sus repetidas celadas políticas, las superlativas deslealtades que le caracterizan y que viste como una evolución de su pensamiento, y, ni más faltaba, los “falsos positivos”, que así se entienden como una estructura mental y una forma de concebir la eficiencia, y no como trata de hacerlos ver la institución castrense: un interminable rosario de accidentes fortuitos y aislados.

Carrera sin relevos

La representación de Colombia ante la Organización Internacional del Café, la OIC, le sirvió a Juan Manuel Santos para ser el primer ministro de Comercio Exterior. Este ministerio lo usó para ser el último Designado del país, una figura que desapareció con la Constitución de 1991 y se transformó en la actual Vicepresidencia, una instancia guabinosa que ahora ocupa su primo, Francisco Santos Calderón. Su familia le sirvió para ser periodista, y el periodismo para hacerse político. De “El Tiempo” se ha valido para escribir una hoja de vida intachable, donde las metidas de pata son tácticas y los descalabros, aciertos.

A los buenos oficios de la gestión de Santos se debe el ingreso de Colombia a la Organización Mundial del Comercio, la OMC, algo que alguna vez fue bueno para los países ricos, siempre muy malo para los países pobres, y a la final malísimo para todos, como instrumento de globalización, privatización y desregulación de la economía. Esperará Santos la mejor ocasión para salir a despotricar de esta Organización, sin que le tiemble un solo músculo de la cara, de la misma forma que lo hizo en 2002 al criticar el libre comercio en la OIC, donde él se hizo y deshizo, al darse cuenta, muchos años después, cuando cientos de miles de cafeteros y sus familias estaban parados frente al pelotón de fusilamiento, que los países consumidores ricos se aprovechaban de los países productores pobres.

Santos ha sido un prestante burócrata internacional en muchas otras instituciones, que a duras penas han conservado su prestigio después del paso del colombiano por ellas, como la UNCTAD y la CEPAL, y de algunas que le han venido como anillo al dedo, como la CAF. Ha fundado y dirigido partidos políticos, en un país en el que estos nacen, se juntan y mueren a granel y a conveniencia.

Como Ministro de Hacienda de Andrés Pastrana, Juan Manuel Santos estuvo al frente de la venta de la participación del Estado en el contrato de Asociación CARBOCOL-INTERCOR, de explotación de las minas de carbón en el Cerrejón Zona Norte, en la Guajira colombiana. En esta negociación se transgredieron disposiciones legales y constitucionales en detrimento del interés público, en beneficio de particulares. Santos fue vinculado a una investigación adelantada por la Contraloría General, por “responsabilidad fiscal por daño patrimonial en contra del Estado”, dado que cuando se puso a la venta no se posibilitó la participación masiva de ofertantes. Por esta gracia el Estado perdió aproximadamente US$ 200 millones, por vender a un 13.5% menos de lo que en realidad costaba.

Pero esta visión del Juan Manuel enredado y enredador, conspiretas cuando el gobierno del presidente Ernesto Samper, que le ha prendido velas a Dios y al diablo según los vientos, es casi virtual. En un país desmemoriado y crédulo de los pitos y dulzainas de los medios, pareciera que el Santos cierto es el de las truculencia baratas de la Operación Jaque, un logro indiscutible toda vez que significó la liberación de un importante grupo de colombianos, pero que no tiene nada de la espectacularidad mentirosa con la que fue mostrado al país y al mundo. Un simple soborno de guerrilleros, que dejó a Santos en olor de santidad.

Cara o sello


Santos y Uribe, ¿un vínculo sobre ruedas?

No dista mucho el Juan Manuel de frac y chapines del Uribe de ruana y alpargatas. No tanto como ellos mismos creen y mucho menos de lo que sus secuaces aceptan. Ni Londres ni Kansas, ni Harvard, quitan la valentía. Junto al claro sentido de pertenencia al mundo de aristogatos capitalino o de la alpargatocracia paisa, hay una identidad volátil, de manada, que sale a flote en el carácter de pendencias calculadas de ambos. Y lo que puede ser una rara dignidad en sus compatriotas, o, cuando menos, un accidente llevadero, en Álvaro y Juan Manuel, por igual, se vuelve un dolor de cabeza por la razón más sencilla del mundo: la de que el uno es presidente y el otro quiere serlo. La no salida a la sin salida.

Con sus fanfarronadas sin control, Juan Manuel pone en juego la seguridad nacional. De buenas a primeras, desafía los acuerdos del país en materia de fronteras, la aceptación de la violación injustificada e injustificable del territorio de un país vecino y el compromiso de Colombia de no volver a hacerlo. Una bofetada a la resolución del Grupo de Río adoptada hace justamente un año, a la OEA, y al propio presidente. En últimas, un pulso más de Uribe y Santos, dos zorros disfrazados de corderos, donde hay que pagar balcón para ver quién engulle a quién. Aunque la sangre de estos tarascazos, que no son los primeros, se lavó en casa y de afán, las heridas van dejando cicatrices en las pieles curtidas de ambos.

Santos dijo que "golpear a terroristas que sistemáticamente están atentado contra la población de un país, así éstos no se encuentren dentro de su territorio, es un acto de legítima defensa y una doctrina cada vez más aceptada por la comunidad y el derecho internacional". Uribe descalificó a Santos por esta andanada y de una vez se descalificó a sí mismo, pues unos cuantos días atrás, el 20 de febrero, el mismo presidente había jurado que no habría terrenos vedados para los jefes de las FARC. En uno de sus consejos comunitarios los acusó de posar como poetas e intelectuales, sentenciando que “allá donde se encuentren, discretamente, pero eficazmente, en algún momento les llegaremos". Y es de creerle: es su digno estilo. Pero, entonces, ¿quién los entiende?

El salto con garrocha


El júbilo por "Jaque", la operación que también resultó ser un montaje. Juan Manuel Santos y el comandante de las Fuerzas Militares, Freddy Padilla.

El despropósito de Santos, según lo previsto, despertó la inmediata reacción de Ecuador y Venezuela. Como figura arrullada desde la cuna por las rotativas y como buen fruto maduro mediático, Juan Manuel convocó el Consejo Superior de Seguridad y Defensa del modo que más le encaja: públicamente, saltándose todas las talanqueras por la verja.

Juan Manuel también propuso en Washington cerrar el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), el organismo colombiano de inteligencia, que depende de la presidencia, cuando los medios dijeron lo que él y medio mundo hace años que sabían: que espiaba a políticos, periodistas, magistrados, jueces, al igual que a los funcionarios contratantes. Una propuesta que sonaría bien, teniendo en cuenta lo desgraciada de la institución, un nido de paramilitares y narcotraficantes, si no fuera por la sarta de improcedencias obvias que tiene: La hace quien no debe ni tiene por qué, en donde no es ni debería ser, y, quién lo duda, otra vez, en una conferencia de prensa.

Santos tiene plazo hasta mayo para dejar el Ministerio de Defensa, si no quiere inhabilitarse como candidato presidencial para 2010. De ahí que el ministro haya iniciado ahora una frenética búsqueda de protagonismo en la escena nacional. Y él sabe de sobra que uno de los ruedos más floridos para sus intenciones es el internacional. Echándole leña al fuego del conflicto diplomático con Ecuador, Santos también espera echarle más tierra al inoportuno escándalo de los falsos positivos, algo tan oprobioso que ni el forzado derrumbe de las pirámides y de DMG logró tapar.

El gringo ahí


Juan Manuel Santos y el almirante Michael Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, promotor de la "colombianización" de México.

Y mientras el mundo se caía encima y Uribe trataba de agarrar el desbocado toro por los cuernos, el altivo ministro atendía servil a un almirante, Michael Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Porque el espanto sabe a quien le sale. Y ahí mismo dijo lo que tenía que decir: “Luego de una revisión al tema de los Derechos Humanos, se llegó a la conclusión de que el problema de las ejecuciones extrajudiciales quedó resuelto”. No es un chiste. Juan Manuel lo dijo textualmente, al término de la reunión con el almirante gringo, en la que “negociaba” la ampliación del acceso de los Estados Unidos a las bases colombianas.

Varios interrogantes en relación con las palabras de Santos y varias certezas en cuanto a su reunión con el almirante. En lo primero: ¿Revisión al tema de los Derechos Humanos? ¿Como por qué o para qué? ¿Revisados por quiénes? ¿El ministro y sus militares? Según la forma de decirlo, ¿se llegó a una conclusión final o más bien se está partiendo de un dictamen a priori? ¿O es una plegaria de esas que funcionan de tanto repetirlas? ¿Problema resuelto? Otra vez, ¿para quién o quiénes? ¿Por qué suena la frase como si fuera el párrafo final de alguna de las resoluciones inútiles que el ministro prepara? Como para: “¡Publíquese y créase!”, en “El Tiempo”, claro, el gran reparador de entuertos de Santos, que tiene la vistosa virtud de “trocar lo sucio en oro”.

En lo segundo, en todo caso, Juan Manuel Santos lo que viene negociando no son bases, que ya están entregadas, sobre todo, cuando los del norte tienen que poner antes de siete meses los pies en polvorosa de la base militar de Manta, en Ecuador, ahora campechanamente llamada “puesto de operaciones avanzadas” (FOL, en inglés). Tampoco negocia extradiciones, que ya están listas.

Lo que Juan Manuel Santos anda buscando donde no se le ha perdido es la venia Obama para su candidatura en ciernes. A eso fue en su último periplo al imperio, en el que Uribe lo encartó con Jorge Bermúdez, una especie de hábil ordenanza que funge como Canciller. Bush bendijo a Uribe en su rancho de Texas, Santos busca urgido que lo unjan y le santigüen su soñado virreinato. Al fin y al cabo, él se cuidó de juntarse más de lo debido con Bush, apenas si una foto. Nunca fue un muchacho bendito en la Aeronáutica Civil de Pablo Escobar, su nombre no figura en ningún listado de narcotraficantes de la CIA, y lo malo que pueda endilgársele, o son órdenes de arriba, o son insubordinaciones y desobediencias de abajo.


La foto con George W. Bush: ¿Una orden del corazón o del jefe?

Meta a la vista

Santos es un peligro andante, que ve molinos por todos lados. En verso: Un negativo cierto, que no ha quedado resuelto. En prosa: Un riesgo de candidato presidencial, al que le importan los fines mas no los medios para lograrlos. Un Juan Manuel hasta ahora ilusionado con las mentirillas que el jefe le metió a la Merkel en Alemania, donde aseguró sin que nadie le preguntara, ni le entendiera, ni le importara, que no buscaría una segunda reelección. Un Santos acorralado entre un ministerio que ya le quedó pequeño y una candidatura presidencial que a estas alturas todavía le queda grande, pues al igual que al resto de uribistas, mientras Uribe siga siendo presidente y siga siendo candidato presidente, ellos no serán ni lo uno ni lo otro.

El partido de la U, un engendro de Juan Manuel Santos otrora con futuro, al que le llegó el porvenir y fue partido y repartido de mala manera, salió de atarantado a convalidar la aventurada perorata de su ex jefe. Tal vez para compensar a su patricio por haberle cortado el paso hace poco, negando la opción de que el presidente de la colectividad fuera a la vez candidato a la presidencia del país, una aspiración evidente de Juan Manuel, para matar dos cargos con un solo ministerio.

El pobre partido de la U, en el que ocho de los 23 fundadores están metidos hasta el tuétano en el proceso que lleva la Corte Suprema por su presunta relación con el paramilitarismo. Sus militantes sostuvieron una vez que era la “u” de la unidad, cuando todo el mundo sabía que era una “U” con mayúscula, lambona y oportunista, que se colgaba de un Uribe muy popular. Efímero partido que ahora quema sus últimos cartuchos defendiendo a sus jefes idos: a Carlos García Orjuela, de la Fiscalía, detenido desde el año pasado acusado de vínculos con las buenas almas que sabemos; a Luis Guillermo Giraldo, por cerril, que se enredó solo en las cuentas de su idea peregrina del referendo reeleccionista, y ahora a Juan Manuel de sí mismo, por mezquino y porque la ambición no deja de romperle el saco.

Santos de votos


Santos en campaña, ¿militar y electoral?

Ecuador y Venezuela deberán prender velas para que este Santos se entretenga en los asuntos de su competencia, que son muchos, como ministro mandando tropas a Afganistán o la península del Sinaí, como candidato en su pelea de gallos con Germán Vargas Lleras, como ministro candidato prometiendo plata para carreteras y metiéndole el palo a la rueda de tantos, como jefe de partido deshaciéndose de sus principales colegas y seguidores, como fundador de fundaciones para el buen gobierno (un embeleco del que ya los Clinton ni se acuerdan), como dueño de medios tejiendo y destejiendo la red y haciendo alardes de perito en desinformación y despistes, o como asesor en presentaciones de Power Point.

Y los colombianos prendiéndolas y rogando que se solace en sus operaciones “Fénix”, “Jaque” o “Libertad” (¿duradera?), asuma con dignidad la responsabilidad política de sus actos, haga a un lado las cajas de dinamita y apague los fósforos, y que, por Dios santo, no siga reduciendo la cantidad de pobres en el país a fuerza de aumentarlos en las fosas comunes. Causas inútiles, ya lo sabemos.

Con el Grupo Planeta de España adentro del periódico El Tiempo (el 55%), el mundo de antes ya no es el mismo. Aunque hay un subalterno en la dirección, también le rendirá a otros jefes, quienes además aseguran que fundamentan su filosofía en principios como la ética. Y tampoco está el hermano, Enrique, que se fue de “Contraescape”, mejor dicho, de codirector a columnista. Un enredo para Juan Manuel, que en este campo le quedaría el refugio de una columna, si los socios pasan por alto lo de la moral, la ética y demás guarniciones.

A Juan Manuel, entonces, apenas le queda abierta la puerta de la política. Y aunque aquí no hay españoles ni asuntos de ética a la vista, sí queda muy poco del otro tiempo, el que no se mide en ediciones ni tirajes, sino en días y semanas. En Colombia, las carreras políticas están llenas de precipicios y los contendientes salen de los matojos de las encuestas. Juan Manuel lo sabe bien. Le quedará difícil repetir de ministro. Bastan tres ministerios seguidos a cuestas.

Juan Manuel no puede correr el riesgo de estar más años a la vera del camino, porque lo más probable es que se quede viendo un chispero. Es ahora o nunca. He ahí, no la cuestión, sino el riesgo. Porque cómo será Juan Manuel de peligroso, que los Estados Unidos lo ven con buenos ojos; los militares colombianos no quieren de ministro a otro que no sea él; la extrema derecha lo honra, y Pedro Carmona Estanga, el empresario bribón y golpista venezolano, que conspira contra el gobierno del presidente Chávez desde su asilo en Colombia, lo considera su amigo.

El lobo feroz ya se ha comido una buena parte de la abuelita y tiene ante sí el último chance de comerse la Caperucita presidencial. Ojos despiertos y oídos atentos. Que Santos no se resignará de nuevo a ser el motivo de un viejo chiste de salón, según el cual, en las encuestas, él siempre pierde frente al margen de error.


¿Y al ministro quién lo ronda?


Artículo reproducido por: 
Rebelión, Telesur, Patria Grande - El periódico del ALBA, Kaosenlared.

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