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BELDADES Y MENTIRAS DE GADAFI

Rodeado de sus beldades, vocifera, desafía, miente. Y la voz telúrica en la tribuna es el canto del cisne.

COLOMBIA: UN PAÍS MINADO POR EL DESPOJO MINERO

En un país en donde nunca estamos sentados a la mesa ni para lo nuestro, no hay otra opción: Terminamos haciendo parte del menú.

REMESAS Y POBREZA EN COLOMBIA: UNA RELACIÓN EVIDENTE

Según previsiones actuales, se recuperarán niveles anteriores de remesas desde el extranjero sólo a partir de 2012 o 2013.

COLOMBIA AFRONTA EL CRECIMIENTO DEL PARAMILITARISMO

La estructura del paramilitarismo se redujo en algunas regiones del país, pero en otras permaneció intacta o hasta creció. .

ENFERMEDADES 'LEVES' QUE MATAN EN COLOMBIA

Los pacientes con diagnóstico de alguna enfermedad prevenible terminan en una gran tragedia personal y familiar, requiriendo cuidados médicos que las entidades designadas no prestan efectivamente.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Masiva participación de los países miembros del MNA en la 16ª Cumbre del bloque en Teherán

Se celebra en la capital iraní, Teherán, la XVI Cumbre del Movimiento No Alineado (MNA), la que deja muchos efectos en la escena internacional.

Para darnos más detalles sobre la importancia de la XVI Cumbre de Movimiento no Alineado nos habla el periodista y analista Juan Alberto Sánchez Marín desde Bogotá.


 


jueves, 30 de agosto de 2012

Cumbre del Movimiento No Alineado, un espacio único en el mundo contemporáneo


Análisis en directo sobre la XVI Cumbre del Movimiento No Alineado (MNA), que se celebra en Teherán, del periodista y analista señor Juan Alberto Sánchez Marín.



Colombia: Las FARC y el gobierno firman un acuerdo

El gobierno colombiano e integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han firmado un acuerdo para iniciar diálogos de paz, con el objetivo de poner fin a más de cinco décadas de conflicto armado.Tenemos en directo al analista internacional Juan Alberto Sánchez Marín, quien nos analiza el tema.





viernes, 17 de agosto de 2012

Corte paraguaya admite recurso interpuesto por Lugo


La Corte Suprema de Justicia del Paraguay admitió el recurso de inconstitucionalidad planteado por el expresidente Lugo contra su destitución y el senado pide ahora rechazar el recurso legal. Análisis del periodista colombiano Juan Alberto Sánchez Marín.


martes, 7 de agosto de 2012

Facebook intenta tapar la realidad censurando a HispanTV

La red social Facebook ha bloqueado temporalmente la cuenta del canal HispanTV. Comentarios de Juan Alberto Sánchez Marín sobre el tema, que constituye una violación a la libertad de expresión a través de esta red.

jueves, 19 de julio de 2012

Colombia: ¿Quien tiene razón en el conflicto del Cauca?

Comentarios de Juan Alberto Sánchez Marín en HispanTV sobre la situación de enfrentamiento entre los indígenas y el gobierno en el departamento colombiano del Cauca.




domingo, 1 de julio de 2012

Liberación y entrega del ex senador colombiano Juan Carlos Martínez en menos de 24 horas. Un Alférez casi real de mafia y paramilitarismo.

Por:  Juan Alberto Sánchez Marín.

El ex senador Juan Carlos Martínez en el bunker de la Fiscalía colombiana

Desde que el Valle del Cauca es valle y lo demás es loma, como reza una de esas frases ligeras que a veces la infelicidad permite, este departamento del occidente colombiano ha sido un enclave azucarero, con todo lo malo que eso ha acarreado siempre: terratenientes, esclavismo, exclusión, desgracias. Para completar el panorama, en la loma geográfica que hace parte del Valle político, hay café, miles de familias han vivido de él por más de un siglo, un producto agrícola que involucró en su esencia aromática buena parte de los problemas ligados al azúcar y otros más.

Volviendo al valle del Cauca, el segundo río más importante del país, el afán empresarial de las potentadas y latifundistas familias de la región las llevó a inundar el paisaje de ingenios azucareros, cientos de miles de campesinos nativo y migrantes explotados, quema de cañaduzales y trenes cañeros que hoy en día hacen de las carreteras del departamento unas de las más intransitables y peligrosas.

En un país que cayó de bruces en la apertura de los años noventa, sin doble calzadas, el Valle contó quizás con las que primero empezaron a construirse, pero las tiene a pedazos, porque no hay vía que pueda esquivar los terrenos privados de los cañaduzales ni poder gubernamental que consiga adquirir los metros que los cruzan, mucho menos expropiarlos, así sea en bien del embuste aquel del interés nacional.

El departamento fue una vez una tierra boyante, promisoria, que atrajo, desde la década del cuarenta, en los tiempos de la postguerra y en correspondencia con “la ola de las inversiones extranjeras (entre 1940-1960)” (2) que llegaba a Colombia, toda clase de multinacionales estadounidenses. Fueron los años de una “confianza inversionista” que se exhibía mientras el país era (textualmente) descabezado por la Violencia de mitad del siglo. Algo parecido a la “confianza inversionista” de que habló en sus ocho años de gobierno el ex presidente Álvaro Uribe, la cual prosperaba en la cifras al tiempo que el país se desangraba en la guerra del militarismo y en las masacres del paramilitarismo.

Pujante siguió el Valle del Cauca, ufano de su agroindustria oligárquica y de sus infieles multinacionales, que fueron ocupando distintos renglones de la economía, sobre todo, en las industrias alimenticia, química, cosmética y farmacéutica, minerales no metálicos, papel, aparatos eléctricos, maquinaria, caucho, insumos del transporte y la construcción, textilería, etc., etc., etc. De otra parte, la industria regional también se fortalecía, gracias a las políticas de subsidios y a los altos aranceles a las importaciones, en una palabra, al proteccionismo del estado. Que, obviamente, no actuaba con el menor interés social, sino en beneficio de las élites económicas, las recias familias de apellidos conspicuos, las multinacionales camufladas de laboriosas industrias familiares. Nada distinto de lo que ocurría en otros lados del país ni en buena parte del resto del continente.

Así continuó el departamento, glorioso y ejemplar al nivel nacional, hasta la década del setenta, cuando las cuentas empezaron a enredarse y llegó la molesta desaceleración económica. El desarrollo del capitalismo mundial pasó a otras fases y a Colombia, otra vez como al resto de la región y sin que nadie le preguntara, le tocó asumir el Consenso de Washington y su hechura perversa: el neoliberalismo. Haciendo parte del cuento, ni país ni departamento estaban preparados para tal.

Entonces, al fin, hizo su aparición el narcotráfico, con bombos y platillos en las calles de Cali, la capital, de Buenaventura, la principal ciudad sobre el Pacífico, de Tuluá, en el corazón, o al norte del departamento. Entre tanto, sus miles y miles de dólares impregnaban toda la estructura económica y todos los estamentos, gubernamentales y privados. Una deliciosa convivencia maldita que había cruzado de lado a lado y de manera más o menos soterrada toda la década de los ochenta, desde esta perspectiva todo excepto una década perdida, durante los noventa ya un desenfrenado carnaval, que se pavoneaba año tras año en las cabalgas de la Feria de Cali dejando boquiabiertas las cámaras de todos los medios regionales y nacionales.

Sólo tal vez con la excepción de Medellín y de algunas zonas del departamento de Antioquia, Cali y casi todo el departamento del Valle del Cauca han sido el teatro de operación de los grandes narcotraficantes en el país, de sus inquinas y ambiciones. El Cartel de Cali, en cabeza de mafiosos de tanto poder como los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, Pacho Herrera, Chepe Santacruz, fue una vez el corazón mafioso del país. Heredad que no se fue lejos y pasó al nefasto Cartel del Norte del Valle, con personajes tristemente célebres como El Hombre del Overol y sus hermanos, los Henao; Don Efra; Víctor Patiño Fómeque, La Fiera; Iván Urdinola Grajales, El Enano; Jabón, Chupeta, Negro Asprilla, Rasguño, Tocayo, Beto Rentería, Alacrán, Don Diego, Cuchilla, Los Comba y un sinfín de alias nativos que no reflejan la bestialidad de sus portadores.

De similar modo florecieron en los 42 municipios del Valle estos personajes, cuyas alianzas con las estructuras paramilitares de la región fueron mucho más allá de la camaradería y se convirtieron en sólidas relaciones de negocios, protección, penetración, afinidad ideológica y conveniencias económicas y políticas.

Fenómenos como el aumento del empobrecimiento de los habitantes, las presiones de un sistema financiero voraz, la crisis del rígido sector azucarero, los altos niveles de corrupción y la entrada (¿salida?) de los dineros “calientes” de ese narcotráfico, fueron descomponiendo con paso firme el andamiaje de vidrio de una economía incapaz, apoyada en la legalidad oprobiosa de una oligarquía infame y en una ilegalidad dirigida a lo mismo: concentrar la riqueza, desplazar campesinos, violentar comunidades, hacer indigna la vida común y corriente.

Unos factores convalidados por algunas autoridades y poderosos, que fueron sumándose durante los últimos lustros y que condujeron a una peligrosa transformación de las prácticas culturales de los municipios esquilmados y de los imaginarios de muchos habitantes, sobre todo, de los juveniles. Seguramente, eso es lo más grave. Pero también han llevado a que hoy en día el Valle del Cauca esté prácticamente en bancarrota como entidad territorial. El alto nivel del gasto le hizo perder no hace mucho la categoría especial, que le otorgaba ventajas frente a las transferencias de la Nación. Los menguados recursos no garantizan ahora siquiera las coberturas en educación, salud o saneamiento básico.

Un departamento que ha debatido su blanquecina historia entre el azúcar y la cocaína, no ofrece muchas perspectivas ciertas para sus cinco millones de habitantes, de los que 700 mil no saben leer ni escribir, para bien de su dirigencia.

En semejante contexto histórico, cultural y económico, el ejercicio de la política no ha sido otra cosa que una estrategia adicional para agudizar la crisis, jamás para solventarla. No puede ser de otro modo, si gobernaciones, alcaldías, asamblea, consejos, secretarías, organismos y cualquier nicho burocrático son herramientas para efectuar fructíferos negocios, construir impunidad, consolidar poder, firmar avales y avalar saqueos y corruptelas.

Y de candidatos en candidatos, jornada tras jornada, el departamento se debate entre la oligarquía y la mafia, con tantos vasos comunicantes en el medio que los intereses de unos los desdibujan los de los otros. Eso, nada más que eso, son las elecciones que este domingo lleva a las urnas a los vallecaucanos necesitados de ladrillos o de unos pocos miles de pesos en el bolsillo. Los demás no saben qué hacer o se lavan las manos. Algunos evitarán la Ley Seca en los balnearios de los departamentos contiguos.

Hace unos días, el ex congresista Juan Carlos Martínez Sinisterra fue liberado de culpas y del brazalete que lo ataba a una condena de la Corte Suprema de Justicia por parapolítica. Y en menos de 24 horas fue buscado con lupa por la acusación de narcotráfico. Parece que la justicia colombiana todavía no está enterada de que una cosa no existe sin la otra. No es el huevo si no hay clara, como tampoco lo es si no hay yema, a no ser que la justicia tenga huevo y por algún filo esté comprada para no ver.

El señor Martínez pagó 38 meses de los 90 (7 años y medio) a que había sido condenado por concierto para delinquir agravado. Una minucia por tan dañinas alianzas con el Bloque Calima de las Autodefensas, que tampoco son un escandalo achacable apenas al ex senador, sino una atroz desviación propia del sistema judicial. Una fe de erratas que en corto tiempo puso en la calle, o tiene a punto de salir de las cárceles, a decenas de legisladores y funcionarios, que le vendieron el alma a los despiadados asesinos que el gobierno del Álvaro Uribe tornó en muchachos un tanto exagerados en el actuar.

Juan Carlos Martínez se infló y trepó pronto. Del olvido de Timbiquí, un caserío del Cauca, pasó en unos cuantos años a manejar los hilos del ambiguo departamento vecino, el Valle, y, a medida que pasaba los días enfiestado tras las rejas de la cárcel o de desocupado lector en su casa campestre de las afueras de Cali, maniobraba los del medio país donde ponen las garzas.

Soplando el globo, desde luego, estaban atrás pulmones poderosos, como los de Carlos Herney Abadía Campo, político de Guacarí vinculado al proceso 8000, condenado en 1998 a 56 meses de prisión por enriquecimiento ilícito, captando dinero del Cartel de Cali para sus campañas políticas, lo que trasladó sus pasos de las sombras a las tinieblas, inhabilitado de por vida para regresar a las tarimas de sus plazas.

Juan Carlos Martínez se ve a sí mismo como un preso político y sostiene que su condena fue “una injusticia”. Carlos Herney Abadía sigue afirmando que su condena fue “un error”. Juan Carlos Abadía, hijo de Carlos Herney y otra hechura suya, quien fue destituido de la gobernación del Valle por lo menos malo de todo lo malo que hizo, como fue su indebida participación en política al apoyar la campaña del precandidato presidencial Andrés Felipe Arias, “Uribito”, va más allá y señala que lo suyo fue algo desconcertante, “una canallada”.

Claro que lo es. Desconcertante que los últimos dos gobernadores del Valle, Abadía y el relevo de su medida, Héctor Fabio Useche, hayan sido destituidos de manera fulminante, sancionados, también inhabilitados.

De tan dudosa factura como el acusado es quien lo acusó, Reinaldo Valencia, un ex guerrillero conocido como “El Cabezón”, testigo comodín que incrimina con la misma facilidad con la que se retracta. Para la muestra, las acusaciones contra el diputado también vallecaucano Sigifredo López, del que dijo que sí era y al rato que no, que nunca. O las acusaciones del mismo contra el senador Luis Fernando Velazco, que se cayeron solas.

Las metódicas dudas que genera “El Cabezón”, otra vez, no le disminuyen los cuestionamientos al ex senador, sino que se los aumentan a la precaria capacidad de la justicia colombiana para actuar, al sistema acusatorio y los entes de investigación, que en vez de recaudar pruebas a lo largo del litoral pacífico, donde tienen que haberlas si Martínez es culpable o no existir ni rastro si acaso no lo fuera, van de celda en celda, de cárcel en cárcel, buscando los testimonios que cualquiera da en el sentido que sea con tal de obtener unos años de menos en las penas.

En su defensa, Martínez sostiene que Carlos Herney Abadía Campo no fue sólo el mentor de él, “exclusivamente”, sino también de otros políticos vallecaucanos notorios (que no notables), como “tutor de Dilian Francisco Toro” (desde luego, investigada por parapolítica, que lo mejor que hizo fue colocarle mal la banda presidencial a Uribe) y “socio político de Jorge Homero Giraldo”, (ex candidato a la gobernación del Valle, que en su paso por el Congreso ni siquiera consiguió lo más memorable que pretendía, cual era cambiarle a San Andrés y alrededores el nombre de departamento por el de región). (1)

Eso hay que reconocérselo a Martínez: Su sagacidad para moverse en aguas turbias y dejar untados a quienes se encuentra al paso. Y, a la vez, la capacidad para hacer creer que él siempre pasa impecable por entre mafiosos, paramilitares y delincuentes de toda calaña.

Los partidos tradicionales en Colombia han creído que su dominio de décadas y por turnos del país, en alianzas tanto con la iglesia como con los demonios, con los necesitados, apoyando alguna causa justa, como con los saqueadores y asesinos, tiene una legitimidad que les permite poder dormir tranquilos al final del día, después de santiguarse.

Pero no siempre es así. ¿Qué legitimidad pueden tener dos partidos tradicionales cuya identidad es un poder a migajas y unos logros a zarpazos? ¿O qué otra cosa es su historia de más de siglo y medio de existencia? No creo que Uribe haya acabado con los partidos: hacía rato que estaban muertos, o, por lo menos, matándose a sí mismos desde el propio surgimiento, en aquellas alianzas malditas entre los terratenientes y las distintas oligarquías criollas regionales.

Y las brasas que perviven de aquellas pesadas estructuras siguen haciendo exactamente lo mismo. Puede que espanten al PIN de sus listas de elección, pero filtran con delicadeza los nombres mafiosos, corruptos y criminales en sus registros de auspiciadores y provisores. Los cheques, claro está, los firman los testaferros.

Juan Carlos Martínez halló una vez una fórmula maravillosa para hacerse a aliados y votos, tener a buen recaudo díscolos y contrapartes, serpentear hacia arriba por los vericuetos de la política, y pescar poder en el río de aguas negras de aquellos descompuestos partidos tradicionales.

Se volvió inventor de partidos y movimientos, y, cuando no, se hizo devorador a mordiscos de los que lo acunaban: Del Movimiento Popular Unido, MPU, absorbido por Convergencia Ciudadana, que se pasó a la Alianza Democrática Nacional, ADN, que a su vez fue reemplazada por el Partido de Integración Nacional, PIN, que ha actuado confundido con el Movimiento de Integración y Oportunidades, MIO, que arrastran al lado Afrovides, su movimiento de bolsillo de las negritudes. Reguero de agrupaciones políticas, que se dicen independientes y que pueden serlo excepto de Martínez, con la pretensión cantada de desideologizar la política, algo así como de sacarle la yema al huevo.

El ex senador acaba de pasar las peores horas de los últimos tres años y medio. Desde la condena de la Corte, él fue un fiestero amo y señor en la cárcel La Picota de Bogotá, visitante honorable en la penitenciaría El Bosque de Barranquilla, de donde no se sabe cómo convenció a la juez de otorgarle permisos cada tanto, veraneante en chancletas en su casa por cárcel en la exclusivas Colinas de Arroyohondo, en Dapa, en cercanías de Cali.

Pero su extraña liberación del brazalete electrónico, justamente, a unos días de la elección de gobernador en el departamento, lo hizo prófugo de la justicia en un santiamén, escondido en libertad. Y se entregó a la justicia, o por lo menos a las autoridades que lo requieren.

"Soy un perseguido político, he sido perseguido desde que derroté a la oligarquía y la clase tradicional del Valle", dijo. (3) Puede ser cierto. Nada raro que a una oligarquía malosa, racista y tramadora le moleste la pinta y el poder de Martínez. O puede no serlo. Porque se sabe que el acusado hace lo mismo adentro que afuera, y que, al contrario de lo que cualquiera puede creer, Martínez tiene menos puestos de control que evitar cuando está encarcelado que cuando se pasea sin el brazalete por sus bastiones en el Valle.

Y porque, como afirman algunos, con cara gana y con sello también. Las actuales elecciones lo prueban. Tres candidatos se disputan la gobernación. Uno es el candidato del Polo Democrático Alternativo, quizás ilustre, pero desconocido. Más cerca, incluso, del anonimato que de su asegurado tercer puesto. Otro es el ungido de Martínez y avalado por su MIO. Y uno más, el de la Unidad Nacional, es otra apuesta del ex senador a tres bandas. Y así, en estas elecciones ganó, gana y ganará siempre Juan Carlos a través de sus fichas insaboras e incoloras.

En España está la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, con monjes ancestrales de ora et labora, donde reposan los sacrosantos huesos del carnicero Francisco Franco y del fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, levantado a punta de condenas a muerte conmutadas por cadenas perpetuas de los "vencidos", de los rojos, de la otra España.

En el Valle del Cauca tenemos la cruz que es llevar a cuestas a los Abadía y su herencia Martínez Sinisterra, mientras van levantando sus figurines los caídos, los de la otra Colombia, con sus votos pasados por el tamiz de una democracia rendida.



NOTAS DEL AUTOR:

(1) Diario El País. Entrevista a Juan Carlos Martínez. Cali. Noviembre 24 de 2011. http://bit.ly/uVUeUj

(2) VÁSQUEZ. Edgar. Historia de Cali en el siglo 20. Alcaldía de Cali, 1986. Pág. 57.

(3) Diario El Tiempo: “Excongresista Juan Carlos Martínez se entrega a la justicia”. 28 de junio de 2012. http://bit.ly/OLSu9b


Artículo también disponible en:

Rebelión  (España)
Diario Universal  (España)

jueves, 28 de junio de 2012

El senador Camilo Romero llama a revocar el Congreso colombiano - Intervención durante el hundimiento de la reforma a la justicia


Intervención del Senador Camilo Romero en la sesión extraordinaria del Senado de la República del día jueves 28 de junio de 2012. "Hablo como ciudadano indignado más que como Senador de un Congreso indignante".




Un acto legislativo que permitiría a la ciudadanía buscar la revocatoria del Congreso fue anunciado por el Senador Camilo Romero en sesión extraordinaria del Senado.

En medio de su intervención, en la que demostró su indignación como ciudadano ante la aprobación de la reforma a la justicia, el Senador Romero manifestó que es necesario que en Colombia exista la posibilidad de revocar de su cargo a los legisladores que no cumplan con el mandato popular y constitucional para el que fueron elegidos.

“En la actualidad no existe un mecanismo legal que permita a los ciudadanos buscar la revocatoria del poder legislativo, no es posible hacerlo ni siquiera a través de un referendo. Lo que se propone es que a través de una iniciativa popular se pueda incluir en la Carta Política Colombiana una nueva figura que permita hacerlo”, señaló Romero.

Igualmente resaltó el surgimiento de una nueva ciudadanía que se expresa y moviliza ante los atropellos de un Congreso deslegitimado y que solo actúa en su propio beneficio; una ciudadanía activa que ha rechazado tajantemente reformas como la de la Educación y que ahora se pronuncia frente a esta Reforma que no se ajusta a las necesidades de justicia de los colombianos. “Ojo, vienen reformas como la pensional y la tributaria, en las cuales seguramente tendremos varias sorpresas, la ciudadanía debe estar atenta para     responder de manera contundente. No existe otra salida, no es suficiente con revocar la reforma a la Justicia, debemos cambiar al Congreso de la República, porque éste ha originado no solo una crisis institucional, sino moral”, afirmó el Senador. 

miércoles, 27 de junio de 2012

Nuevas negociaciones entre la Policía y el gobierno boliviano


Análisis de Juan Alberto Sánchez Marín en HispanTV, sobre la situación de inestabilidad en Bolivia y las actuales negociaciones que se llevan a cabo entre la Policía Nacional y el gobierno del presidente Evo Morales.






viernes, 22 de junio de 2012

Amargos tiempos de contrarreforma - La recién aprobada reforma a la justicia, un asalto a la Constitución colombiana

Por: Juan Alberto Sánchez Marín (*)



La columnista Cecilia Orozco Tascón llamó “una contrarreforma a la Constitución” (1) la anunciada reforma a la Justicia que terminó tránsito en el congreso, de la cual, entre otros, sacarán tajada grande los actuales magistrados de las cortes.

Un evento del cual se benefician quienes aprueban la ley, toda vez que proceden en bien de quienes tienen el encargo de juzgarlos (y absolverlos) a ellos mismos (por parapolítica y corrupción, más que nada). Y es que el dictamen de los legisladores a su vez sirve de provecho a los magistrados, que ven extender de ocho a doce años los períodos e incrementar las prebendas. Una natural ley del mutuo beneficio, esta vez, escandalosamente antidemocrática.

Las contrarreformas suelen hacer ir las aguas de vuelta, río arriba, contra toda lógica o sentido. Los avances de la democracia, las conquistas sociales, los logros de los pueblos, para atrás.

La contrarreforma salida del Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, fue el modo que encontró la iglesia católica para echar por tierra las transformaciones a la institución que propugnaba Lutero. La marcha que dio fue hacia el absolutismo y hacia la atroz herencia confesional que todavía padecemos en esta parte del mundo.

Muchos años más acá, desde otra orilla, una contrarreforma fue lo que le hizo Leonid Brézhnev a la era de Nikita Jrushchov en los tiempos de la Unión Soviética, diluyendo en ácido sulfúrico la timorata apertura iniciada. Y en burocracia lo poco que podía haber valido la pena.

En Colombia, toda idea vaga de reforma ha tenido una desmesurada contrarreforma, que no sólo vuelve los cambios al punto inicial, sino que los lleva con eficiencia mucho más atrás.

En lo agrario, en las inequidades, en los despojos, en la violencia, la historia de Colombia pareciera que no camina hacia delante, sino hacia las más lúgubres etapas del pasado, tantas y tan heterogéneas que se dificulta establecer hacia cuál momento pretérito nos dirigimos.

Tal cual pasó con la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumajero, un líder revolucionario que, de paso, encarnaba en sustancia y como ninguno otro el continuismo político, que en la constante de dejar todo a medias condujo a la debacle de sí mismo en su segundo período presidencial y a la del país por consiguiente, que entró de lleno en La Violencia, esa etapa de contrarreforma frente a lo que nunca llegó a reformarse, como la propiedad de la tierra, en el centro del conflicto, o la transformación política, que en cambio dio paso a la instauración en el poder de las vertientes más sectarias de liberales y conservadores.

Y es lo que pasó con las incipientes reformas agrarias de los años sesenta, que desataron una reacción tal que intensificó los despojos, aumentó las masacres, elevó los desplazamientos, y que, algo más acá, en comunión con el narcotráfico y el conflicto armado interno, concentró aun más la tierra. Y nos trajo al pedrusco adonde ahora estamos.

A cualquier momento de tranquilidad, los colombianos buscamos la manera de enfrentarle años y décadas de muerte. La paz se mira como una concesión inaceptable. El desarme del enemigo o el propio como una afectación grave del negocio, en unos casos, y como pérdida de identidad en la mayor parte de los restantes.

Pero guerra y violencia no sólo nos preocupa mantenerlas en el terreno militar, en el contorno geográfico del asunto, urbano y rural. Para perpetuarlas se hacen esfuerzos desde todos los espacios de la vida nacional. En medio de otros, la actual reforma a la justicia es uno de los frentes.

El llamado marco legal para la paz, otra ley que en estos momentos hace curso en el Congreso, terminó convertido en un armazón vacío, quizás un avance en el lenguaje, pero una frustración en lo demás: un muestrario de gangas penales, para una guerrilla que, sincera o no, habla de cambios estructurales y no de unos años de más o de menos en unas cárceles en las que no pretende alojarse. La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, por otro lado, es un arma de doble filo para quienes se atrevan a ir más allá de solicitudes, firmas y protocolos, y a creer que de verdad pueden volver a pisar la tierra que les fue despojada a sangre y fuego.

Dos leyes que hablan de paz, plantean objetivos de paz, hacen parte del manojo de llaves de la paz del presidente Santos, pero que no llevan hacia la paz. Patas de pato, plumas de pato, pico de pato, pero no es un pato.

La reforma a la Justicia complementa la tríada, que tendrá cuatro patas cuando se abra paso la otra cara de la impunidad que es el proyecto de ley que amplía el fuero militar. Un esperpento que burlonamente se precia de democrático por crear dos salas de garantías, una de ellas con mayoría de militares retirados, estamento más reaccionario y peligroso que los propios militares en ejercicio, hace poco envuelto en un oscuro juego de cartas cruzadas con tufo golpista.

Y, claro, la reforma a la justicia, que atenta contra las mayorías. Por regla general, las leyes se han encargado de poner en cintura los modestos vuelos de la Constitución del 91. Ahora, la situación es tan complicada que las esperanzas vanas se han puesto en que las leyes estatutarias enmienden los desatinos. Otra mentira que sus defensores echan a rodar.

Si el marco jurídico para la paz y la política de restitución de tierras van contra la paz por su carga de frustración y desesperanza, y por la reacción que generan en las extremas, la reforma a la justicia ataca la paz en su médula, trabando aún más el acceso a la justicia de quienes carecen de recursos para ponerla a su favor, es decir, a casi todo el pueblo colombiano. Justicia congestionada, lejana, ahora arancelaria; nueva segregación y más privatización que se suman a las inequidades que afronta el país y que están en la razón del conflicto social que vivimos.

Puede que la Constitución de 1991 tenga aspecto de colcha de retazos, con remiendos de afán, visibles contradicciones y difíciles conciliaciones con la realidad de un país, amén de atrasado, mezquino.

Además, porque se está volviendo una tradición que las constituciones en Colombia procuren poner el país a tono con el siglo que está a punto de morir y no con el que viene, o sea, con el porvenir.

Así pasó con la Constitución de 1886, que integró en sus títulos y artículos la visión de caridad hipócrita que distinguió el siglo a las puertas de la muerte, el XIX, y que por añadidura los regeneradores, con Rafael Núñez a la cabeza, cedieron a la iglesia.

La Constitución de 1991 involucra una asistencia y un apoyo sociales que eran un cuento viejo venido desde la década del treinta, y, aunque de manera inconstante y a flechazos, todavía de más atrás. Aun si no fuera enteramente asunto de la índole constitucional, así lo han venido entendiendo los gobiernos, desde su promulgación hasta, por lo que se ve, los finales del siglo XXI.

Algo es algo, dirán algunos. Y hasta razón tendrán. A un país al que todo le llega tarde, mucho cuento que la Constitución llegue sólo con setenta u ochenta años de atraso. (2) Cien y más hay de soledad.

Adoleciendo de todas las torpezas del mundo, sin embargo, y apuntando de para atrás, no puede negarse que aquella última Constitución fue un intento por establecer un nuevo marco legal en diferentes aspectos de la vida colombiana. Si no una visión prospectiva, por lo menos la cruzaba un vago aire de modernidad más digerible. Que en buena medida mantiene a pesar de los ocho años de Álvaro Uribe Vélez poniéndole jáquimas desde el “El Ubérrimo”.

En ese sentido, los actuales intentos de arreglo de sus desidias, errores y erratas pueden ser válidos en la intención, como lo fue en lo mismo la propia Carta Magna (la antecesora Libertatum inglesa del siglo XIII o el facsímile que nos convoca), y una frustración en los resultados, como lo fue también la misma. O lo fueron.

Con todo, el problema no es de intenciones, que podríamos llegar a creer que son piadosas. Lo grave es en manos de quiénes quedó la ingente tarea, en medio de un mar vasto de deudas y conveniencias de los implicados: los legisladores, varias decenas de ellos presos, ya guardando el traje a rayas, como Mario Uribe, el primo del ex presidente.

En la promulgación de la Constitución de 1991 participaron grupos divergentes, líderes contrarios, con asesores en todas las áreas imaginables. Si no quedó mejor no fue por sustracción de materia, sino quizás porque los mejores negociantes casi nunca coinciden con ser los mejores hombres ni los bienintencionados.

Los actuales aportes, en cambio, se efectúan en manguala entre congresistas y magistrados, dejando en el camino los puntos que podrían representar algún beneficio para la sociedad y catapultando los ítems que sí lo tienen (y grande) para unos y otros de los justipreciados. Sintetizando: una contrarreforma que beneficia a diez por cada millón de habitantes. Como el espíritu de la Constitución de 1886, ¿justicia representativa?

Es cierto que la Constitución del 91 creó el adefesio superlativo llamado Consejo Superior de la Judicatura. Pero ni siquiera ese organismo desaparece, sólo cambia de nombre. Y se afirma que desaparece la inoperante Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, lo cual tampoco es cierto. También es un cambio nominal, y ahora sus integrantes cobran.

No solamente no desaparecen los lastres, sino que son más costosos. Pero eso tampoco es lo más grave. Congresistas blindados, intocables; magistrados vendidos, un tanto vitalicios; herramientas truncadas de la justicias; instancias de investigación y juzgamiento abolidas, como la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia; una justicia de marras, callejera, privatizada e hincada a los bancos… Apenas gajes del oficio de la nueva contrarreforma.

Lo preocupante en verdad es que después de esta trasquilada la Justicia en Colombia seguirá siendo igual o más lenta y ciega para los de ruana, y más presta apenas cuando involucra grandes intereses, para actuar, desde luego, a su favor.

Nada nuevo, pensará cualquiera. Pero no. Hay mucho deshonor en lo que acaba de acontecer en el país. El espectáculo de la mal llamada reforma a la Justicia es un concierto pleno para delinquir, que hace ver a buena parte de los congresistas y a muchos de los magistrados de todas las cortes colombianas como verdaderos hampones, delincuentes vendidos por unos años más en el cargo a costa de ocasionarle un daño increíble y sin precedentes a la rama a la que dicen deberse. O deberían deberse.

Del choque del ejecutivo con las cortes, tan violento y dañino para la institucionalidad colombiana, que se dio durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, pasamos a los órganos legislativo y judicial confabulados, junto a un Procurador que perdona en relación con su propia absolución y elección. La Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado lo absuelven y re absuelven, para no resolverlo.

Uribe armó un complot para tumbar la Corte Suprema de Justicia y nombrar una de bolsillo, como lo atestigua el propio paramilitar Salvatore Mancuso, extraditado a los Estados Unidos (3). Echó mano de recursos criminales en su intención de llevarse por delante cualquier institución o persona que le ofreciera resistencia a sus maquinaciones. No lo logró en esos ocho años de pequeño emperador, y sí en cambio lo consigue ahora, con sus trinos intrascendentes y sus pataletas de ahogado. Una ironía de la vida, pensaría uno, que en realidad es el resultado de la inserción de sus prácticas en las mentes de quienes fueron una vez sus contradictores. Y una transición en esta patria, que avanza de las invasiones bárbaras al oscurantismo medieval.

Un buen trabajo de divulgación de quiénes son los magistrados directamente beneficiados lo hizo el periodista Juan David Laverde Palma, del diario El Espectador, contando cuáles integrantes de las altas cortes que estaban por cumplir su período se van a quedar otros cuatro años. Este es el vínculo: http://bit.ly/LjAJfo

No quisiera estar en el pellejo de cualquier juez de pueblo. Si el sumun de la Justicia negocia tan rebajadas las togas, ¿por cuánto pensarán los parroquianos que puede comprarse la corte de Caparrapí?

“…entre política y políticos, entre influencias y enemistades y en condiciones tan extremadamente complicadas, comprendía, que mi iba a ser muy difícil cumplir con mis buenos propósitos. / La justicia –pensaba yo- ha sido siempre una aspiración nacional… Pero que no a todos conviene…” (4)

Camino a hacerse juez en un distrito feroz y remoto, esto piensa el personaje de las “Memorias de un juez de pueblo”, de Rafael Pérez Palma, un libro pequeño en extensión que nuestros magistrados deberían saberse de memoria, aunque las estampas corresponden a los años treinta y cuarenta del siglo XX y aunque se ubica geográficamente en el Estado de Hidalgo, en México.

Qué difícil para nuestros jueces de pueblo, pero también para los presidentes de las altas cortes y para aquellos magistrados que aun en contravía de sus intereses particulares se han venido oponiendo al hecho legislativo, ver el desmadre que esto significa para la justicia: Acto inconstitucional, cuya constitucionalidad revisa la favorecida Corte Constitucional.

Una reforma que, en todo caso, no buscaba el país, así el ministro de Justicia, Juan Carlos Esguerra, afirme lo contrario. La pretenden los congresistas urgidos de impunidad, sí. La aceptaron a cambio de abalorios muchos magistrados de las Cortes, sí. Le gusta harto a notarios y leguleyos de toda calaña, también. Pero sostener que “incorpora muchas cosas muy importantes para la justicia del ciudadano de a pie” (5), cuando menos, es una desvergüenza.

Aprobada en Cámara y Senado por abrumadora mayoría, la reforma acabó con la muerte política de los aforados y con ello se lapidó a sí misma como opción de equidad para el país, el cual, con sus dos millones seiscientos mil procesos judiciales pendientes a diciembre de 2011, proseguirá con el amargo honor de contar con la séptima justicia más lenta del mundo y la tercera más lenta en América Latina y el Caribe. (6)

Buscamos los modos que sean para echarle leña al fuego perpetuo que se volvió la violencia en Colombia. Esta contrarreforma, frente a la cual el gobierno del presidente Juan Manuel Santos patalea quieto, protesta callado y dice “no” sonriendo, es un modo esquizoide de dispararle a la paz sin gastar balas y de atravesársele a cualquier posibilidad de diálogo social sin necesidad de negarse.

No puede ser otra cosa esta enmienda ya vigente, que en unas horas empezará a desocupar pabellones carcelarios y a liberar parapolíticos, auspiciadores y cómplices de brutales asesinos, y corruptos ex funcionarios del gobierno de Álvaro Uribe, de alto vuelo y cercano afecto al ex presidente, como Andrés Felipe Arias o Diego Palacio, sus dilectos ministros, o Bernardo Moreno, su secretario de Presidencia, o Edmundo del Castillo, su secretario jurídico. Desvergüenza libertaria. ¿Y quién, después de esto, se atreve a apelar a alguna de las altas instancias?


NOTAS:

(1) El Espectador: “Enfermos graves de reeleccionismo”. 12 de junio de 2012. http://bit.ly/LvOOET

(2) Julio Flórez, poema “Todo nos llega tarde” del libro “Manojo de zarzas” (1906). Referencia al célebre verso: “Todo nos llega tarde... ¡hasta la muerte!”.

(3) Portal de La FM: “Mancuso entregó pruebas sobre complot de Uribe contra la Corte.” http://bit.ly/Ah9AUj

(4) PÉREZ PALMA, Rafael. “Memorias de un juez de pueblo”. Librería de Manuel Porrúa, S.A. México, 1960. Pág. 12.

(5) El Liberal: “La reforma a la justicia ya es una realidad”. 15 de junio de 2012. http://bit.ly/LRgN1Y

(6) Portal de la Presidencia de Colombia. “El ciudadano de a pie se enfrenta a un sistema de justicia caracterizado por la congestión y la ineficiencia”. 21 de marzo de 2012. http://bit.ly/GEKsoB




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domingo, 17 de junio de 2012

Cristina Fernández defiende el derecho argentino en la ONU


Análisis en HispanTV de Juan Alberto Sánchez Marín en torno a la defensa de la Argentina en el Comité de Descolonización de la ONU, para el reinicio de conversaciones con el Reino Unido sobre la soberanía de las islas Malvinas.




jueves, 14 de junio de 2012

Alí Rodríguez, nuevo secretario general de UNASUR


Comentarios de Juan Alberto Sánchez Marín sobre el potencial de integración de UNASUR, así como acerca del papel de su nuevo secretario general, el venezolano Alí Rodríguez Araque.



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