BELDADES Y MENTIRAS DE GADAFI
Rodeado de sus beldades, vocifera, desafía, miente. Y la voz telúrica en la tribuna es el canto del cisne.
COLOMBIA: UN PAÍS MINADO POR EL DESPOJO MINERO
En un país en donde nunca estamos sentados a la mesa ni para lo nuestro, no hay otra opción: Terminamos haciendo parte del menú.
REMESAS Y POBREZA EN COLOMBIA: UNA RELACIÓN EVIDENTE
Según previsiones actuales, se recuperarán niveles anteriores de remesas desde el extranjero sólo a partir de 2012 o 2013.
COLOMBIA AFRONTA EL CRECIMIENTO DEL PARAMILITARISMO
La estructura del paramilitarismo se redujo en algunas regiones del país, pero en otras permaneció intacta o hasta creció. .
ENFERMEDADES 'LEVES' QUE MATAN EN COLOMBIA
Los pacientes con diagnóstico de alguna enfermedad prevenible terminan en una gran tragedia personal y familiar, requiriendo cuidados médicos que las entidades designadas no prestan efectivamente.
jueves, 19 de julio de 2012
Colombia: ¿Quien tiene razón en el conflicto del Cauca?
Comentarios de Juan Alberto Sánchez Marín en HispanTV sobre la situación de enfrentamiento entre los indígenas y el gobierno en el departamento colombiano del Cauca.
domingo, 1 de julio de 2012
Liberación y entrega del ex senador colombiano Juan Carlos Martínez en menos de 24 horas. Un Alférez casi real de mafia y paramilitarismo.
Por: Juan Alberto Sánchez Marín.
Desde que el Valle del Cauca es valle y lo demás es loma, como reza una de esas frases ligeras que a veces la infelicidad permite, este departamento del occidente colombiano ha sido un enclave azucarero, con todo lo malo que eso ha acarreado siempre: terratenientes, esclavismo, exclusión, desgracias. Para completar el panorama, en la loma geográfica que hace parte del Valle político, hay café, miles de familias han vivido de él por más de un siglo, un producto agrícola que involucró en su esencia aromática buena parte de los problemas ligados al azúcar y otros más.
Volviendo al valle del Cauca, el segundo río más importante del país, el afán empresarial de las potentadas y latifundistas familias de la región las llevó a inundar el paisaje de ingenios azucareros, cientos de miles de campesinos nativo y migrantes explotados, quema de cañaduzales y trenes cañeros que hoy en día hacen de las carreteras del departamento unas de las más intransitables y peligrosas.
En un país que cayó de bruces en la apertura de los años noventa, sin doble calzadas, el Valle contó quizás con las que primero empezaron a construirse, pero las tiene a pedazos, porque no hay vía que pueda esquivar los terrenos privados de los cañaduzales ni poder gubernamental que consiga adquirir los metros que los cruzan, mucho menos expropiarlos, así sea en bien del embuste aquel del interés nacional.
El departamento fue una vez una tierra boyante, promisoria, que atrajo, desde la década del cuarenta, en los tiempos de la postguerra y en correspondencia con “la ola de las inversiones extranjeras (entre 1940-1960)” (2) que llegaba a Colombia, toda clase de multinacionales estadounidenses. Fueron los años de una “confianza inversionista” que se exhibía mientras el país era (textualmente) descabezado por la Violencia de mitad del siglo. Algo parecido a la “confianza inversionista” de que habló en sus ocho años de gobierno el ex presidente Álvaro Uribe, la cual prosperaba en la cifras al tiempo que el país se desangraba en la guerra del militarismo y en las masacres del paramilitarismo.
Pujante siguió el Valle del Cauca, ufano de su agroindustria oligárquica y de sus infieles multinacionales, que fueron ocupando distintos renglones de la economía, sobre todo, en las industrias alimenticia, química, cosmética y farmacéutica, minerales no metálicos, papel, aparatos eléctricos, maquinaria, caucho, insumos del transporte y la construcción, textilería, etc., etc., etc. De otra parte, la industria regional también se fortalecía, gracias a las políticas de subsidios y a los altos aranceles a las importaciones, en una palabra, al proteccionismo del estado. Que, obviamente, no actuaba con el menor interés social, sino en beneficio de las élites económicas, las recias familias de apellidos conspicuos, las multinacionales camufladas de laboriosas industrias familiares. Nada distinto de lo que ocurría en otros lados del país ni en buena parte del resto del continente.
Así continuó el departamento, glorioso y ejemplar al nivel nacional, hasta la década del setenta, cuando las cuentas empezaron a enredarse y llegó la molesta desaceleración económica. El desarrollo del capitalismo mundial pasó a otras fases y a Colombia, otra vez como al resto de la región y sin que nadie le preguntara, le tocó asumir el Consenso de Washington y su hechura perversa: el neoliberalismo. Haciendo parte del cuento, ni país ni departamento estaban preparados para tal.
Entonces, al fin, hizo su aparición el narcotráfico, con bombos y platillos en las calles de Cali, la capital, de Buenaventura, la principal ciudad sobre el Pacífico, de Tuluá, en el corazón, o al norte del departamento. Entre tanto, sus miles y miles de dólares impregnaban toda la estructura económica y todos los estamentos, gubernamentales y privados. Una deliciosa convivencia maldita que había cruzado de lado a lado y de manera más o menos soterrada toda la década de los ochenta, desde esta perspectiva todo excepto una década perdida, durante los noventa ya un desenfrenado carnaval, que se pavoneaba año tras año en las cabalgas de la Feria de Cali dejando boquiabiertas las cámaras de todos los medios regionales y nacionales.
Sólo tal vez con la excepción de Medellín y de algunas zonas del departamento de Antioquia, Cali y casi todo el departamento del Valle del Cauca han sido el teatro de operación de los grandes narcotraficantes en el país, de sus inquinas y ambiciones. El Cartel de Cali, en cabeza de mafiosos de tanto poder como los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, Pacho Herrera, Chepe Santacruz, fue una vez el corazón mafioso del país. Heredad que no se fue lejos y pasó al nefasto Cartel del Norte del Valle, con personajes tristemente célebres como El Hombre del Overol y sus hermanos, los Henao; Don Efra; Víctor Patiño Fómeque, La Fiera; Iván Urdinola Grajales, El Enano; Jabón, Chupeta, Negro Asprilla, Rasguño, Tocayo, Beto Rentería, Alacrán, Don Diego, Cuchilla, Los Comba y un sinfín de alias nativos que no reflejan la bestialidad de sus portadores.
De similar modo florecieron en los 42 municipios del Valle estos personajes, cuyas alianzas con las estructuras paramilitares de la región fueron mucho más allá de la camaradería y se convirtieron en sólidas relaciones de negocios, protección, penetración, afinidad ideológica y conveniencias económicas y políticas.
Fenómenos como el aumento del empobrecimiento de los habitantes, las presiones de un sistema financiero voraz, la crisis del rígido sector azucarero, los altos niveles de corrupción y la entrada (¿salida?) de los dineros “calientes” de ese narcotráfico, fueron descomponiendo con paso firme el andamiaje de vidrio de una economía incapaz, apoyada en la legalidad oprobiosa de una oligarquía infame y en una ilegalidad dirigida a lo mismo: concentrar la riqueza, desplazar campesinos, violentar comunidades, hacer indigna la vida común y corriente.
Unos factores convalidados por algunas autoridades y poderosos, que fueron sumándose durante los últimos lustros y que condujeron a una peligrosa transformación de las prácticas culturales de los municipios esquilmados y de los imaginarios de muchos habitantes, sobre todo, de los juveniles. Seguramente, eso es lo más grave. Pero también han llevado a que hoy en día el Valle del Cauca esté prácticamente en bancarrota como entidad territorial. El alto nivel del gasto le hizo perder no hace mucho la categoría especial, que le otorgaba ventajas frente a las transferencias de la Nación. Los menguados recursos no garantizan ahora siquiera las coberturas en educación, salud o saneamiento básico.
Un departamento que ha debatido su blanquecina historia entre el azúcar y la cocaína, no ofrece muchas perspectivas ciertas para sus cinco millones de habitantes, de los que 700 mil no saben leer ni escribir, para bien de su dirigencia.
En semejante contexto histórico, cultural y económico, el ejercicio de la política no ha sido otra cosa que una estrategia adicional para agudizar la crisis, jamás para solventarla. No puede ser de otro modo, si gobernaciones, alcaldías, asamblea, consejos, secretarías, organismos y cualquier nicho burocrático son herramientas para efectuar fructíferos negocios, construir impunidad, consolidar poder, firmar avales y avalar saqueos y corruptelas.
Y de candidatos en candidatos, jornada tras jornada, el departamento se debate entre la oligarquía y la mafia, con tantos vasos comunicantes en el medio que los intereses de unos los desdibujan los de los otros. Eso, nada más que eso, son las elecciones que este domingo lleva a las urnas a los vallecaucanos necesitados de ladrillos o de unos pocos miles de pesos en el bolsillo. Los demás no saben qué hacer o se lavan las manos. Algunos evitarán la Ley Seca en los balnearios de los departamentos contiguos.
Hace unos días, el ex congresista Juan Carlos Martínez Sinisterra fue liberado de culpas y del brazalete que lo ataba a una condena de la Corte Suprema de Justicia por parapolítica. Y en menos de 24 horas fue buscado con lupa por la acusación de narcotráfico. Parece que la justicia colombiana todavía no está enterada de que una cosa no existe sin la otra. No es el huevo si no hay clara, como tampoco lo es si no hay yema, a no ser que la justicia tenga huevo y por algún filo esté comprada para no ver.
El señor Martínez pagó 38 meses de los 90 (7 años y medio) a que había sido condenado por concierto para delinquir agravado. Una minucia por tan dañinas alianzas con el Bloque Calima de las Autodefensas, que tampoco son un escandalo achacable apenas al ex senador, sino una atroz desviación propia del sistema judicial. Una fe de erratas que en corto tiempo puso en la calle, o tiene a punto de salir de las cárceles, a decenas de legisladores y funcionarios, que le vendieron el alma a los despiadados asesinos que el gobierno del Álvaro Uribe tornó en muchachos un tanto exagerados en el actuar.
Juan Carlos Martínez se infló y trepó pronto. Del olvido de Timbiquí, un caserío del Cauca, pasó en unos cuantos años a manejar los hilos del ambiguo departamento vecino, el Valle, y, a medida que pasaba los días enfiestado tras las rejas de la cárcel o de desocupado lector en su casa campestre de las afueras de Cali, maniobraba los del medio país donde ponen las garzas.
Soplando el globo, desde luego, estaban atrás pulmones poderosos, como los de Carlos Herney Abadía Campo, político de Guacarí vinculado al proceso 8000, condenado en 1998 a 56 meses de prisión por enriquecimiento ilícito, captando dinero del Cartel de Cali para sus campañas políticas, lo que trasladó sus pasos de las sombras a las tinieblas, inhabilitado de por vida para regresar a las tarimas de sus plazas.
Juan Carlos Martínez se ve a sí mismo como un preso político y sostiene que su condena fue “una injusticia”. Carlos Herney Abadía sigue afirmando que su condena fue “un error”. Juan Carlos Abadía, hijo de Carlos Herney y otra hechura suya, quien fue destituido de la gobernación del Valle por lo menos malo de todo lo malo que hizo, como fue su indebida participación en política al apoyar la campaña del precandidato presidencial Andrés Felipe Arias, “Uribito”, va más allá y señala que lo suyo fue algo desconcertante, “una canallada”.
Claro que lo es. Desconcertante que los últimos dos gobernadores del Valle, Abadía y el relevo de su medida, Héctor Fabio Useche, hayan sido destituidos de manera fulminante, sancionados, también inhabilitados.
De tan dudosa factura como el acusado es quien lo acusó, Reinaldo Valencia, un ex guerrillero conocido como “El Cabezón”, testigo comodín que incrimina con la misma facilidad con la que se retracta. Para la muestra, las acusaciones contra el diputado también vallecaucano Sigifredo López, del que dijo que sí era y al rato que no, que nunca. O las acusaciones del mismo contra el senador Luis Fernando Velazco, que se cayeron solas.
Las metódicas dudas que genera “El Cabezón”, otra vez, no le disminuyen los cuestionamientos al ex senador, sino que se los aumentan a la precaria capacidad de la justicia colombiana para actuar, al sistema acusatorio y los entes de investigación, que en vez de recaudar pruebas a lo largo del litoral pacífico, donde tienen que haberlas si Martínez es culpable o no existir ni rastro si acaso no lo fuera, van de celda en celda, de cárcel en cárcel, buscando los testimonios que cualquiera da en el sentido que sea con tal de obtener unos años de menos en las penas.
En su defensa, Martínez sostiene que Carlos Herney Abadía Campo no fue sólo el mentor de él, “exclusivamente”, sino también de otros políticos vallecaucanos notorios (que no notables), como “tutor de Dilian Francisco Toro” (desde luego, investigada por parapolítica, que lo mejor que hizo fue colocarle mal la banda presidencial a Uribe) y “socio político de Jorge Homero Giraldo”, (ex candidato a la gobernación del Valle, que en su paso por el Congreso ni siquiera consiguió lo más memorable que pretendía, cual era cambiarle a San Andrés y alrededores el nombre de departamento por el de región). (1)
Eso hay que reconocérselo a Martínez: Su sagacidad para moverse en aguas turbias y dejar untados a quienes se encuentra al paso. Y, a la vez, la capacidad para hacer creer que él siempre pasa impecable por entre mafiosos, paramilitares y delincuentes de toda calaña.
Los partidos tradicionales en Colombia han creído que su dominio de décadas y por turnos del país, en alianzas tanto con la iglesia como con los demonios, con los necesitados, apoyando alguna causa justa, como con los saqueadores y asesinos, tiene una legitimidad que les permite poder dormir tranquilos al final del día, después de santiguarse.
Pero no siempre es así. ¿Qué legitimidad pueden tener dos partidos tradicionales cuya identidad es un poder a migajas y unos logros a zarpazos? ¿O qué otra cosa es su historia de más de siglo y medio de existencia? No creo que Uribe haya acabado con los partidos: hacía rato que estaban muertos, o, por lo menos, matándose a sí mismos desde el propio surgimiento, en aquellas alianzas malditas entre los terratenientes y las distintas oligarquías criollas regionales.
Y las brasas que perviven de aquellas pesadas estructuras siguen haciendo exactamente lo mismo. Puede que espanten al PIN de sus listas de elección, pero filtran con delicadeza los nombres mafiosos, corruptos y criminales en sus registros de auspiciadores y provisores. Los cheques, claro está, los firman los testaferros.
Juan Carlos Martínez halló una vez una fórmula maravillosa para hacerse a aliados y votos, tener a buen recaudo díscolos y contrapartes, serpentear hacia arriba por los vericuetos de la política, y pescar poder en el río de aguas negras de aquellos descompuestos partidos tradicionales.
Se volvió inventor de partidos y movimientos, y, cuando no, se hizo devorador a mordiscos de los que lo acunaban: Del Movimiento Popular Unido, MPU, absorbido por Convergencia Ciudadana, que se pasó a la Alianza Democrática Nacional, ADN, que a su vez fue reemplazada por el Partido de Integración Nacional, PIN, que ha actuado confundido con el Movimiento de Integración y Oportunidades, MIO, que arrastran al lado Afrovides, su movimiento de bolsillo de las negritudes. Reguero de agrupaciones políticas, que se dicen independientes y que pueden serlo excepto de Martínez, con la pretensión cantada de desideologizar la política, algo así como de sacarle la yema al huevo.
El ex senador acaba de pasar las peores horas de los últimos tres años y medio. Desde la condena de la Corte, él fue un fiestero amo y señor en la cárcel La Picota de Bogotá, visitante honorable en la penitenciaría El Bosque de Barranquilla, de donde no se sabe cómo convenció a la juez de otorgarle permisos cada tanto, veraneante en chancletas en su casa por cárcel en la exclusivas Colinas de Arroyohondo, en Dapa, en cercanías de Cali.
Pero su extraña liberación del brazalete electrónico, justamente, a unos días de la elección de gobernador en el departamento, lo hizo prófugo de la justicia en un santiamén, escondido en libertad. Y se entregó a la justicia, o por lo menos a las autoridades que lo requieren.
"Soy un perseguido político, he sido perseguido desde que derroté a la oligarquía y la clase tradicional del Valle", dijo. (3) Puede ser cierto. Nada raro que a una oligarquía malosa, racista y tramadora le moleste la pinta y el poder de Martínez. O puede no serlo. Porque se sabe que el acusado hace lo mismo adentro que afuera, y que, al contrario de lo que cualquiera puede creer, Martínez tiene menos puestos de control que evitar cuando está encarcelado que cuando se pasea sin el brazalete por sus bastiones en el Valle.
Y porque, como afirman algunos, con cara gana y con sello también. Las actuales elecciones lo prueban. Tres candidatos se disputan la gobernación. Uno es el candidato del Polo Democrático Alternativo, quizás ilustre, pero desconocido. Más cerca, incluso, del anonimato que de su asegurado tercer puesto. Otro es el ungido de Martínez y avalado por su MIO. Y uno más, el de la Unidad Nacional, es otra apuesta del ex senador a tres bandas. Y así, en estas elecciones ganó, gana y ganará siempre Juan Carlos a través de sus fichas insaboras e incoloras.
En España está la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, con monjes ancestrales de ora et labora, donde reposan los sacrosantos huesos del carnicero Francisco Franco y del fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, levantado a punta de condenas a muerte conmutadas por cadenas perpetuas de los "vencidos", de los rojos, de la otra España.
En el Valle del Cauca tenemos la cruz que es llevar a cuestas a los Abadía y su herencia Martínez Sinisterra, mientras van levantando sus figurines los caídos, los de la otra Colombia, con sus votos pasados por el tamiz de una democracia rendida.
NOTAS DEL AUTOR:
(1) Diario El País. Entrevista a Juan Carlos Martínez. Cali. Noviembre 24 de 2011. http://bit.ly/uVUeUj
(2) VÁSQUEZ. Edgar. Historia de Cali en el siglo 20. Alcaldía de Cali, 1986. Pág. 57.
(3) Diario El Tiempo: “Excongresista Juan Carlos Martínez se entrega a la justicia”. 28 de junio de 2012. http://bit.ly/OLSu9b
Artículo también disponible en:
Rebelión (España)
Diario Universal (España)
El ex senador Juan Carlos Martínez en el bunker de la Fiscalía colombiana
Desde que el Valle del Cauca es valle y lo demás es loma, como reza una de esas frases ligeras que a veces la infelicidad permite, este departamento del occidente colombiano ha sido un enclave azucarero, con todo lo malo que eso ha acarreado siempre: terratenientes, esclavismo, exclusión, desgracias. Para completar el panorama, en la loma geográfica que hace parte del Valle político, hay café, miles de familias han vivido de él por más de un siglo, un producto agrícola que involucró en su esencia aromática buena parte de los problemas ligados al azúcar y otros más.
Volviendo al valle del Cauca, el segundo río más importante del país, el afán empresarial de las potentadas y latifundistas familias de la región las llevó a inundar el paisaje de ingenios azucareros, cientos de miles de campesinos nativo y migrantes explotados, quema de cañaduzales y trenes cañeros que hoy en día hacen de las carreteras del departamento unas de las más intransitables y peligrosas.
En un país que cayó de bruces en la apertura de los años noventa, sin doble calzadas, el Valle contó quizás con las que primero empezaron a construirse, pero las tiene a pedazos, porque no hay vía que pueda esquivar los terrenos privados de los cañaduzales ni poder gubernamental que consiga adquirir los metros que los cruzan, mucho menos expropiarlos, así sea en bien del embuste aquel del interés nacional.
El departamento fue una vez una tierra boyante, promisoria, que atrajo, desde la década del cuarenta, en los tiempos de la postguerra y en correspondencia con “la ola de las inversiones extranjeras (entre 1940-1960)” (2) que llegaba a Colombia, toda clase de multinacionales estadounidenses. Fueron los años de una “confianza inversionista” que se exhibía mientras el país era (textualmente) descabezado por la Violencia de mitad del siglo. Algo parecido a la “confianza inversionista” de que habló en sus ocho años de gobierno el ex presidente Álvaro Uribe, la cual prosperaba en la cifras al tiempo que el país se desangraba en la guerra del militarismo y en las masacres del paramilitarismo.
Pujante siguió el Valle del Cauca, ufano de su agroindustria oligárquica y de sus infieles multinacionales, que fueron ocupando distintos renglones de la economía, sobre todo, en las industrias alimenticia, química, cosmética y farmacéutica, minerales no metálicos, papel, aparatos eléctricos, maquinaria, caucho, insumos del transporte y la construcción, textilería, etc., etc., etc. De otra parte, la industria regional también se fortalecía, gracias a las políticas de subsidios y a los altos aranceles a las importaciones, en una palabra, al proteccionismo del estado. Que, obviamente, no actuaba con el menor interés social, sino en beneficio de las élites económicas, las recias familias de apellidos conspicuos, las multinacionales camufladas de laboriosas industrias familiares. Nada distinto de lo que ocurría en otros lados del país ni en buena parte del resto del continente.
Así continuó el departamento, glorioso y ejemplar al nivel nacional, hasta la década del setenta, cuando las cuentas empezaron a enredarse y llegó la molesta desaceleración económica. El desarrollo del capitalismo mundial pasó a otras fases y a Colombia, otra vez como al resto de la región y sin que nadie le preguntara, le tocó asumir el Consenso de Washington y su hechura perversa: el neoliberalismo. Haciendo parte del cuento, ni país ni departamento estaban preparados para tal.
Entonces, al fin, hizo su aparición el narcotráfico, con bombos y platillos en las calles de Cali, la capital, de Buenaventura, la principal ciudad sobre el Pacífico, de Tuluá, en el corazón, o al norte del departamento. Entre tanto, sus miles y miles de dólares impregnaban toda la estructura económica y todos los estamentos, gubernamentales y privados. Una deliciosa convivencia maldita que había cruzado de lado a lado y de manera más o menos soterrada toda la década de los ochenta, desde esta perspectiva todo excepto una década perdida, durante los noventa ya un desenfrenado carnaval, que se pavoneaba año tras año en las cabalgas de la Feria de Cali dejando boquiabiertas las cámaras de todos los medios regionales y nacionales.
Sólo tal vez con la excepción de Medellín y de algunas zonas del departamento de Antioquia, Cali y casi todo el departamento del Valle del Cauca han sido el teatro de operación de los grandes narcotraficantes en el país, de sus inquinas y ambiciones. El Cartel de Cali, en cabeza de mafiosos de tanto poder como los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, Pacho Herrera, Chepe Santacruz, fue una vez el corazón mafioso del país. Heredad que no se fue lejos y pasó al nefasto Cartel del Norte del Valle, con personajes tristemente célebres como El Hombre del Overol y sus hermanos, los Henao; Don Efra; Víctor Patiño Fómeque, La Fiera; Iván Urdinola Grajales, El Enano; Jabón, Chupeta, Negro Asprilla, Rasguño, Tocayo, Beto Rentería, Alacrán, Don Diego, Cuchilla, Los Comba y un sinfín de alias nativos que no reflejan la bestialidad de sus portadores.
De similar modo florecieron en los 42 municipios del Valle estos personajes, cuyas alianzas con las estructuras paramilitares de la región fueron mucho más allá de la camaradería y se convirtieron en sólidas relaciones de negocios, protección, penetración, afinidad ideológica y conveniencias económicas y políticas.
Fenómenos como el aumento del empobrecimiento de los habitantes, las presiones de un sistema financiero voraz, la crisis del rígido sector azucarero, los altos niveles de corrupción y la entrada (¿salida?) de los dineros “calientes” de ese narcotráfico, fueron descomponiendo con paso firme el andamiaje de vidrio de una economía incapaz, apoyada en la legalidad oprobiosa de una oligarquía infame y en una ilegalidad dirigida a lo mismo: concentrar la riqueza, desplazar campesinos, violentar comunidades, hacer indigna la vida común y corriente.
Unos factores convalidados por algunas autoridades y poderosos, que fueron sumándose durante los últimos lustros y que condujeron a una peligrosa transformación de las prácticas culturales de los municipios esquilmados y de los imaginarios de muchos habitantes, sobre todo, de los juveniles. Seguramente, eso es lo más grave. Pero también han llevado a que hoy en día el Valle del Cauca esté prácticamente en bancarrota como entidad territorial. El alto nivel del gasto le hizo perder no hace mucho la categoría especial, que le otorgaba ventajas frente a las transferencias de la Nación. Los menguados recursos no garantizan ahora siquiera las coberturas en educación, salud o saneamiento básico.
Un departamento que ha debatido su blanquecina historia entre el azúcar y la cocaína, no ofrece muchas perspectivas ciertas para sus cinco millones de habitantes, de los que 700 mil no saben leer ni escribir, para bien de su dirigencia.
En semejante contexto histórico, cultural y económico, el ejercicio de la política no ha sido otra cosa que una estrategia adicional para agudizar la crisis, jamás para solventarla. No puede ser de otro modo, si gobernaciones, alcaldías, asamblea, consejos, secretarías, organismos y cualquier nicho burocrático son herramientas para efectuar fructíferos negocios, construir impunidad, consolidar poder, firmar avales y avalar saqueos y corruptelas.
Y de candidatos en candidatos, jornada tras jornada, el departamento se debate entre la oligarquía y la mafia, con tantos vasos comunicantes en el medio que los intereses de unos los desdibujan los de los otros. Eso, nada más que eso, son las elecciones que este domingo lleva a las urnas a los vallecaucanos necesitados de ladrillos o de unos pocos miles de pesos en el bolsillo. Los demás no saben qué hacer o se lavan las manos. Algunos evitarán la Ley Seca en los balnearios de los departamentos contiguos.
Hace unos días, el ex congresista Juan Carlos Martínez Sinisterra fue liberado de culpas y del brazalete que lo ataba a una condena de la Corte Suprema de Justicia por parapolítica. Y en menos de 24 horas fue buscado con lupa por la acusación de narcotráfico. Parece que la justicia colombiana todavía no está enterada de que una cosa no existe sin la otra. No es el huevo si no hay clara, como tampoco lo es si no hay yema, a no ser que la justicia tenga huevo y por algún filo esté comprada para no ver.
El señor Martínez pagó 38 meses de los 90 (7 años y medio) a que había sido condenado por concierto para delinquir agravado. Una minucia por tan dañinas alianzas con el Bloque Calima de las Autodefensas, que tampoco son un escandalo achacable apenas al ex senador, sino una atroz desviación propia del sistema judicial. Una fe de erratas que en corto tiempo puso en la calle, o tiene a punto de salir de las cárceles, a decenas de legisladores y funcionarios, que le vendieron el alma a los despiadados asesinos que el gobierno del Álvaro Uribe tornó en muchachos un tanto exagerados en el actuar.
Juan Carlos Martínez se infló y trepó pronto. Del olvido de Timbiquí, un caserío del Cauca, pasó en unos cuantos años a manejar los hilos del ambiguo departamento vecino, el Valle, y, a medida que pasaba los días enfiestado tras las rejas de la cárcel o de desocupado lector en su casa campestre de las afueras de Cali, maniobraba los del medio país donde ponen las garzas.
Soplando el globo, desde luego, estaban atrás pulmones poderosos, como los de Carlos Herney Abadía Campo, político de Guacarí vinculado al proceso 8000, condenado en 1998 a 56 meses de prisión por enriquecimiento ilícito, captando dinero del Cartel de Cali para sus campañas políticas, lo que trasladó sus pasos de las sombras a las tinieblas, inhabilitado de por vida para regresar a las tarimas de sus plazas.
Juan Carlos Martínez se ve a sí mismo como un preso político y sostiene que su condena fue “una injusticia”. Carlos Herney Abadía sigue afirmando que su condena fue “un error”. Juan Carlos Abadía, hijo de Carlos Herney y otra hechura suya, quien fue destituido de la gobernación del Valle por lo menos malo de todo lo malo que hizo, como fue su indebida participación en política al apoyar la campaña del precandidato presidencial Andrés Felipe Arias, “Uribito”, va más allá y señala que lo suyo fue algo desconcertante, “una canallada”.
Claro que lo es. Desconcertante que los últimos dos gobernadores del Valle, Abadía y el relevo de su medida, Héctor Fabio Useche, hayan sido destituidos de manera fulminante, sancionados, también inhabilitados.
De tan dudosa factura como el acusado es quien lo acusó, Reinaldo Valencia, un ex guerrillero conocido como “El Cabezón”, testigo comodín que incrimina con la misma facilidad con la que se retracta. Para la muestra, las acusaciones contra el diputado también vallecaucano Sigifredo López, del que dijo que sí era y al rato que no, que nunca. O las acusaciones del mismo contra el senador Luis Fernando Velazco, que se cayeron solas.
Las metódicas dudas que genera “El Cabezón”, otra vez, no le disminuyen los cuestionamientos al ex senador, sino que se los aumentan a la precaria capacidad de la justicia colombiana para actuar, al sistema acusatorio y los entes de investigación, que en vez de recaudar pruebas a lo largo del litoral pacífico, donde tienen que haberlas si Martínez es culpable o no existir ni rastro si acaso no lo fuera, van de celda en celda, de cárcel en cárcel, buscando los testimonios que cualquiera da en el sentido que sea con tal de obtener unos años de menos en las penas.
En su defensa, Martínez sostiene que Carlos Herney Abadía Campo no fue sólo el mentor de él, “exclusivamente”, sino también de otros políticos vallecaucanos notorios (que no notables), como “tutor de Dilian Francisco Toro” (desde luego, investigada por parapolítica, que lo mejor que hizo fue colocarle mal la banda presidencial a Uribe) y “socio político de Jorge Homero Giraldo”, (ex candidato a la gobernación del Valle, que en su paso por el Congreso ni siquiera consiguió lo más memorable que pretendía, cual era cambiarle a San Andrés y alrededores el nombre de departamento por el de región). (1)
Eso hay que reconocérselo a Martínez: Su sagacidad para moverse en aguas turbias y dejar untados a quienes se encuentra al paso. Y, a la vez, la capacidad para hacer creer que él siempre pasa impecable por entre mafiosos, paramilitares y delincuentes de toda calaña.
Los partidos tradicionales en Colombia han creído que su dominio de décadas y por turnos del país, en alianzas tanto con la iglesia como con los demonios, con los necesitados, apoyando alguna causa justa, como con los saqueadores y asesinos, tiene una legitimidad que les permite poder dormir tranquilos al final del día, después de santiguarse.
Pero no siempre es así. ¿Qué legitimidad pueden tener dos partidos tradicionales cuya identidad es un poder a migajas y unos logros a zarpazos? ¿O qué otra cosa es su historia de más de siglo y medio de existencia? No creo que Uribe haya acabado con los partidos: hacía rato que estaban muertos, o, por lo menos, matándose a sí mismos desde el propio surgimiento, en aquellas alianzas malditas entre los terratenientes y las distintas oligarquías criollas regionales.
Y las brasas que perviven de aquellas pesadas estructuras siguen haciendo exactamente lo mismo. Puede que espanten al PIN de sus listas de elección, pero filtran con delicadeza los nombres mafiosos, corruptos y criminales en sus registros de auspiciadores y provisores. Los cheques, claro está, los firman los testaferros.
Juan Carlos Martínez halló una vez una fórmula maravillosa para hacerse a aliados y votos, tener a buen recaudo díscolos y contrapartes, serpentear hacia arriba por los vericuetos de la política, y pescar poder en el río de aguas negras de aquellos descompuestos partidos tradicionales.
Se volvió inventor de partidos y movimientos, y, cuando no, se hizo devorador a mordiscos de los que lo acunaban: Del Movimiento Popular Unido, MPU, absorbido por Convergencia Ciudadana, que se pasó a la Alianza Democrática Nacional, ADN, que a su vez fue reemplazada por el Partido de Integración Nacional, PIN, que ha actuado confundido con el Movimiento de Integración y Oportunidades, MIO, que arrastran al lado Afrovides, su movimiento de bolsillo de las negritudes. Reguero de agrupaciones políticas, que se dicen independientes y que pueden serlo excepto de Martínez, con la pretensión cantada de desideologizar la política, algo así como de sacarle la yema al huevo.
El ex senador acaba de pasar las peores horas de los últimos tres años y medio. Desde la condena de la Corte, él fue un fiestero amo y señor en la cárcel La Picota de Bogotá, visitante honorable en la penitenciaría El Bosque de Barranquilla, de donde no se sabe cómo convenció a la juez de otorgarle permisos cada tanto, veraneante en chancletas en su casa por cárcel en la exclusivas Colinas de Arroyohondo, en Dapa, en cercanías de Cali.
Pero su extraña liberación del brazalete electrónico, justamente, a unos días de la elección de gobernador en el departamento, lo hizo prófugo de la justicia en un santiamén, escondido en libertad. Y se entregó a la justicia, o por lo menos a las autoridades que lo requieren.
"Soy un perseguido político, he sido perseguido desde que derroté a la oligarquía y la clase tradicional del Valle", dijo. (3) Puede ser cierto. Nada raro que a una oligarquía malosa, racista y tramadora le moleste la pinta y el poder de Martínez. O puede no serlo. Porque se sabe que el acusado hace lo mismo adentro que afuera, y que, al contrario de lo que cualquiera puede creer, Martínez tiene menos puestos de control que evitar cuando está encarcelado que cuando se pasea sin el brazalete por sus bastiones en el Valle.
Y porque, como afirman algunos, con cara gana y con sello también. Las actuales elecciones lo prueban. Tres candidatos se disputan la gobernación. Uno es el candidato del Polo Democrático Alternativo, quizás ilustre, pero desconocido. Más cerca, incluso, del anonimato que de su asegurado tercer puesto. Otro es el ungido de Martínez y avalado por su MIO. Y uno más, el de la Unidad Nacional, es otra apuesta del ex senador a tres bandas. Y así, en estas elecciones ganó, gana y ganará siempre Juan Carlos a través de sus fichas insaboras e incoloras.
En España está la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, con monjes ancestrales de ora et labora, donde reposan los sacrosantos huesos del carnicero Francisco Franco y del fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, levantado a punta de condenas a muerte conmutadas por cadenas perpetuas de los "vencidos", de los rojos, de la otra España.
En el Valle del Cauca tenemos la cruz que es llevar a cuestas a los Abadía y su herencia Martínez Sinisterra, mientras van levantando sus figurines los caídos, los de la otra Colombia, con sus votos pasados por el tamiz de una democracia rendida.
NOTAS DEL AUTOR:
(1) Diario El País. Entrevista a Juan Carlos Martínez. Cali. Noviembre 24 de 2011. http://bit.ly/uVUeUj
(2) VÁSQUEZ. Edgar. Historia de Cali en el siglo 20. Alcaldía de Cali, 1986. Pág. 57.
(3) Diario El Tiempo: “Excongresista Juan Carlos Martínez se entrega a la justicia”. 28 de junio de 2012. http://bit.ly/OLSu9b
Artículo también disponible en:
Rebelión (España)
Diario Universal (España)
jueves, 28 de junio de 2012
El senador Camilo Romero llama a revocar el Congreso colombiano - Intervención durante el hundimiento de la reforma a la justicia
Intervención del Senador Camilo Romero en la sesión extraordinaria del
Senado de la República del día jueves 28 de junio de 2012. "Hablo como
ciudadano indignado más que como Senador de un Congreso indignante".
Un acto legislativo que permitiría a la ciudadanía buscar la
revocatoria del Congreso fue anunciado por el Senador Camilo Romero en sesión
extraordinaria del Senado.
En medio de su intervención, en la que demostró su indignación
como ciudadano ante la aprobación de la reforma a la justicia, el Senador
Romero manifestó que es necesario que en Colombia exista la posibilidad de
revocar de su cargo a los legisladores que no cumplan con el mandato popular y
constitucional para el que fueron elegidos.
“En la actualidad no existe un mecanismo legal que permita a los
ciudadanos buscar la revocatoria del poder legislativo, no es posible hacerlo
ni siquiera a través de un referendo. Lo que se propone es que a través de una
iniciativa popular se pueda incluir en la Carta Política Colombiana una nueva
figura que permita hacerlo”, señaló Romero.
Igualmente resaltó el surgimiento de una nueva ciudadanía que se
expresa y moviliza ante los atropellos de un Congreso deslegitimado y que solo
actúa en su propio beneficio; una ciudadanía activa que ha rechazado
tajantemente reformas como la de la Educación y que ahora se pronuncia frente a
esta Reforma que no se ajusta a las necesidades de justicia de los colombianos.
“Ojo, vienen reformas como la pensional y la tributaria, en las cuales
seguramente tendremos varias sorpresas, la ciudadanía debe estar atenta para
responder de manera contundente. No existe otra salida, no es
suficiente con revocar la reforma a la Justicia, debemos cambiar al Congreso de
la República, porque éste ha originado no solo una crisis institucional, sino
moral”, afirmó el Senador.
miércoles, 27 de junio de 2012
Nuevas negociaciones entre la Policía y el gobierno boliviano
Análisis de Juan Alberto Sánchez Marín en HispanTV, sobre la situación de inestabilidad en Bolivia y las actuales negociaciones que se llevan a cabo entre la Policía Nacional y el gobierno del presidente Evo Morales.
viernes, 22 de junio de 2012
Amargos tiempos de contrarreforma - La recién aprobada reforma a la justicia, un asalto a la Constitución colombiana
Por: Juan Alberto Sánchez Marín (*)
La columnista Cecilia Orozco Tascón llamó “una contrarreforma a la Constitución” (1) la anunciada reforma a la Justicia que terminó tránsito en el congreso, de la cual, entre otros, sacarán tajada grande los actuales magistrados de las cortes.
Un evento del cual se benefician quienes aprueban la ley, toda vez que proceden en bien de quienes tienen el encargo de juzgarlos (y absolverlos) a ellos mismos (por parapolítica y corrupción, más que nada). Y es que el dictamen de los legisladores a su vez sirve de provecho a los magistrados, que ven extender de ocho a doce años los períodos e incrementar las prebendas. Una natural ley del mutuo beneficio, esta vez, escandalosamente antidemocrática.
Las contrarreformas suelen hacer ir las aguas de vuelta, río arriba, contra toda lógica o sentido. Los avances de la democracia, las conquistas sociales, los logros de los pueblos, para atrás.
La contrarreforma salida del Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, fue el modo que encontró la iglesia católica para echar por tierra las transformaciones a la institución que propugnaba Lutero. La marcha que dio fue hacia el absolutismo y hacia la atroz herencia confesional que todavía padecemos en esta parte del mundo.
Muchos años más acá, desde otra orilla, una contrarreforma fue lo que le hizo Leonid Brézhnev a la era de Nikita Jrushchov en los tiempos de la Unión Soviética, diluyendo en ácido sulfúrico la timorata apertura iniciada. Y en burocracia lo poco que podía haber valido la pena.
En Colombia, toda idea vaga de reforma ha tenido una desmesurada contrarreforma, que no sólo vuelve los cambios al punto inicial, sino que los lleva con eficiencia mucho más atrás.
En lo agrario, en las inequidades, en los despojos, en la violencia, la historia de Colombia pareciera que no camina hacia delante, sino hacia las más lúgubres etapas del pasado, tantas y tan heterogéneas que se dificulta establecer hacia cuál momento pretérito nos dirigimos.
Tal cual pasó con la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumajero, un líder revolucionario que, de paso, encarnaba en sustancia y como ninguno otro el continuismo político, que en la constante de dejar todo a medias condujo a la debacle de sí mismo en su segundo período presidencial y a la del país por consiguiente, que entró de lleno en La Violencia, esa etapa de contrarreforma frente a lo que nunca llegó a reformarse, como la propiedad de la tierra, en el centro del conflicto, o la transformación política, que en cambio dio paso a la instauración en el poder de las vertientes más sectarias de liberales y conservadores.
Y es lo que pasó con las incipientes reformas agrarias de los años sesenta, que desataron una reacción tal que intensificó los despojos, aumentó las masacres, elevó los desplazamientos, y que, algo más acá, en comunión con el narcotráfico y el conflicto armado interno, concentró aun más la tierra. Y nos trajo al pedrusco adonde ahora estamos.
A cualquier momento de tranquilidad, los colombianos buscamos la manera de enfrentarle años y décadas de muerte. La paz se mira como una concesión inaceptable. El desarme del enemigo o el propio como una afectación grave del negocio, en unos casos, y como pérdida de identidad en la mayor parte de los restantes.
Pero guerra y violencia no sólo nos preocupa mantenerlas en el terreno militar, en el contorno geográfico del asunto, urbano y rural. Para perpetuarlas se hacen esfuerzos desde todos los espacios de la vida nacional. En medio de otros, la actual reforma a la justicia es uno de los frentes.
El llamado marco legal para la paz, otra ley que en estos momentos hace curso en el Congreso, terminó convertido en un armazón vacío, quizás un avance en el lenguaje, pero una frustración en lo demás: un muestrario de gangas penales, para una guerrilla que, sincera o no, habla de cambios estructurales y no de unos años de más o de menos en unas cárceles en las que no pretende alojarse. La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, por otro lado, es un arma de doble filo para quienes se atrevan a ir más allá de solicitudes, firmas y protocolos, y a creer que de verdad pueden volver a pisar la tierra que les fue despojada a sangre y fuego.
Dos leyes que hablan de paz, plantean objetivos de paz, hacen parte del manojo de llaves de la paz del presidente Santos, pero que no llevan hacia la paz. Patas de pato, plumas de pato, pico de pato, pero no es un pato.
La reforma a la Justicia complementa la tríada, que tendrá cuatro patas cuando se abra paso la otra cara de la impunidad que es el proyecto de ley que amplía el fuero militar. Un esperpento que burlonamente se precia de democrático por crear dos salas de garantías, una de ellas con mayoría de militares retirados, estamento más reaccionario y peligroso que los propios militares en ejercicio, hace poco envuelto en un oscuro juego de cartas cruzadas con tufo golpista.
Y, claro, la reforma a la justicia, que atenta contra las mayorías. Por regla general, las leyes se han encargado de poner en cintura los modestos vuelos de la Constitución del 91. Ahora, la situación es tan complicada que las esperanzas vanas se han puesto en que las leyes estatutarias enmienden los desatinos. Otra mentira que sus defensores echan a rodar.
Si el marco jurídico para la paz y la política de restitución de tierras van contra la paz por su carga de frustración y desesperanza, y por la reacción que generan en las extremas, la reforma a la justicia ataca la paz en su médula, trabando aún más el acceso a la justicia de quienes carecen de recursos para ponerla a su favor, es decir, a casi todo el pueblo colombiano. Justicia congestionada, lejana, ahora arancelaria; nueva segregación y más privatización que se suman a las inequidades que afronta el país y que están en la razón del conflicto social que vivimos.
Puede que la Constitución de 1991 tenga aspecto de colcha de retazos, con remiendos de afán, visibles contradicciones y difíciles conciliaciones con la realidad de un país, amén de atrasado, mezquino.
Además, porque se está volviendo una tradición que las constituciones en Colombia procuren poner el país a tono con el siglo que está a punto de morir y no con el que viene, o sea, con el porvenir.
Así pasó con la Constitución de 1886, que integró en sus títulos y artículos la visión de caridad hipócrita que distinguió el siglo a las puertas de la muerte, el XIX, y que por añadidura los regeneradores, con Rafael Núñez a la cabeza, cedieron a la iglesia.
La Constitución de 1991 involucra una asistencia y un apoyo sociales que eran un cuento viejo venido desde la década del treinta, y, aunque de manera inconstante y a flechazos, todavía de más atrás. Aun si no fuera enteramente asunto de la índole constitucional, así lo han venido entendiendo los gobiernos, desde su promulgación hasta, por lo que se ve, los finales del siglo XXI.
Algo es algo, dirán algunos. Y hasta razón tendrán. A un país al que todo le llega tarde, mucho cuento que la Constitución llegue sólo con setenta u ochenta años de atraso. (2) Cien y más hay de soledad.
Adoleciendo de todas las torpezas del mundo, sin embargo, y apuntando de para atrás, no puede negarse que aquella última Constitución fue un intento por establecer un nuevo marco legal en diferentes aspectos de la vida colombiana. Si no una visión prospectiva, por lo menos la cruzaba un vago aire de modernidad más digerible. Que en buena medida mantiene a pesar de los ocho años de Álvaro Uribe Vélez poniéndole jáquimas desde el “El Ubérrimo”.
En ese sentido, los actuales intentos de arreglo de sus desidias, errores y erratas pueden ser válidos en la intención, como lo fue en lo mismo la propia Carta Magna (la antecesora Libertatum inglesa del siglo XIII o el facsímile que nos convoca), y una frustración en los resultados, como lo fue también la misma. O lo fueron.
Con todo, el problema no es de intenciones, que podríamos llegar a creer que son piadosas. Lo grave es en manos de quiénes quedó la ingente tarea, en medio de un mar vasto de deudas y conveniencias de los implicados: los legisladores, varias decenas de ellos presos, ya guardando el traje a rayas, como Mario Uribe, el primo del ex presidente.
En la promulgación de la Constitución de 1991 participaron grupos divergentes, líderes contrarios, con asesores en todas las áreas imaginables. Si no quedó mejor no fue por sustracción de materia, sino quizás porque los mejores negociantes casi nunca coinciden con ser los mejores hombres ni los bienintencionados.
Los actuales aportes, en cambio, se efectúan en manguala entre congresistas y magistrados, dejando en el camino los puntos que podrían representar algún beneficio para la sociedad y catapultando los ítems que sí lo tienen (y grande) para unos y otros de los justipreciados. Sintetizando: una contrarreforma que beneficia a diez por cada millón de habitantes. Como el espíritu de la Constitución de 1886, ¿justicia representativa?
Es cierto que la Constitución del 91 creó el adefesio superlativo llamado Consejo Superior de la Judicatura. Pero ni siquiera ese organismo desaparece, sólo cambia de nombre. Y se afirma que desaparece la inoperante Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, lo cual tampoco es cierto. También es un cambio nominal, y ahora sus integrantes cobran.
No solamente no desaparecen los lastres, sino que son más costosos. Pero eso tampoco es lo más grave. Congresistas blindados, intocables; magistrados vendidos, un tanto vitalicios; herramientas truncadas de la justicias; instancias de investigación y juzgamiento abolidas, como la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia; una justicia de marras, callejera, privatizada e hincada a los bancos… Apenas gajes del oficio de la nueva contrarreforma.
Lo preocupante en verdad es que después de esta trasquilada la Justicia en Colombia seguirá siendo igual o más lenta y ciega para los de ruana, y más presta apenas cuando involucra grandes intereses, para actuar, desde luego, a su favor.
Nada nuevo, pensará cualquiera. Pero no. Hay mucho deshonor en lo que acaba de acontecer en el país. El espectáculo de la mal llamada reforma a la Justicia es un concierto pleno para delinquir, que hace ver a buena parte de los congresistas y a muchos de los magistrados de todas las cortes colombianas como verdaderos hampones, delincuentes vendidos por unos años más en el cargo a costa de ocasionarle un daño increíble y sin precedentes a la rama a la que dicen deberse. O deberían deberse.
Del choque del ejecutivo con las cortes, tan violento y dañino para la institucionalidad colombiana, que se dio durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, pasamos a los órganos legislativo y judicial confabulados, junto a un Procurador que perdona en relación con su propia absolución y elección. La Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado lo absuelven y re absuelven, para no resolverlo.
Uribe armó un complot para tumbar la Corte Suprema de Justicia y nombrar una de bolsillo, como lo atestigua el propio paramilitar Salvatore Mancuso, extraditado a los Estados Unidos (3). Echó mano de recursos criminales en su intención de llevarse por delante cualquier institución o persona que le ofreciera resistencia a sus maquinaciones. No lo logró en esos ocho años de pequeño emperador, y sí en cambio lo consigue ahora, con sus trinos intrascendentes y sus pataletas de ahogado. Una ironía de la vida, pensaría uno, que en realidad es el resultado de la inserción de sus prácticas en las mentes de quienes fueron una vez sus contradictores. Y una transición en esta patria, que avanza de las invasiones bárbaras al oscurantismo medieval.
Un buen trabajo de divulgación de quiénes son los magistrados directamente beneficiados lo hizo el periodista Juan David Laverde Palma, del diario El Espectador, contando cuáles integrantes de las altas cortes que estaban por cumplir su período se van a quedar otros cuatro años. Este es el vínculo: http://bit.ly/LjAJfo
No quisiera estar en el pellejo de cualquier juez de pueblo. Si el sumun de la Justicia negocia tan rebajadas las togas, ¿por cuánto pensarán los parroquianos que puede comprarse la corte de Caparrapí?
“…entre política y políticos, entre influencias y enemistades y en condiciones tan extremadamente complicadas, comprendía, que mi iba a ser muy difícil cumplir con mis buenos propósitos. / La justicia –pensaba yo- ha sido siempre una aspiración nacional… Pero que no a todos conviene…” (4)
Camino a hacerse juez en un distrito feroz y remoto, esto piensa el personaje de las “Memorias de un juez de pueblo”, de Rafael Pérez Palma, un libro pequeño en extensión que nuestros magistrados deberían saberse de memoria, aunque las estampas corresponden a los años treinta y cuarenta del siglo XX y aunque se ubica geográficamente en el Estado de Hidalgo, en México.
Qué difícil para nuestros jueces de pueblo, pero también para los presidentes de las altas cortes y para aquellos magistrados que aun en contravía de sus intereses particulares se han venido oponiendo al hecho legislativo, ver el desmadre que esto significa para la justicia: Acto inconstitucional, cuya constitucionalidad revisa la favorecida Corte Constitucional.
Una reforma que, en todo caso, no buscaba el país, así el ministro de Justicia, Juan Carlos Esguerra, afirme lo contrario. La pretenden los congresistas urgidos de impunidad, sí. La aceptaron a cambio de abalorios muchos magistrados de las Cortes, sí. Le gusta harto a notarios y leguleyos de toda calaña, también. Pero sostener que “incorpora muchas cosas muy importantes para la justicia del ciudadano de a pie” (5), cuando menos, es una desvergüenza.
Aprobada en Cámara y Senado por abrumadora mayoría, la reforma acabó con la muerte política de los aforados y con ello se lapidó a sí misma como opción de equidad para el país, el cual, con sus dos millones seiscientos mil procesos judiciales pendientes a diciembre de 2011, proseguirá con el amargo honor de contar con la séptima justicia más lenta del mundo y la tercera más lenta en América Latina y el Caribe. (6)
Buscamos los modos que sean para echarle leña al fuego perpetuo que se volvió la violencia en Colombia. Esta contrarreforma, frente a la cual el gobierno del presidente Juan Manuel Santos patalea quieto, protesta callado y dice “no” sonriendo, es un modo esquizoide de dispararle a la paz sin gastar balas y de atravesársele a cualquier posibilidad de diálogo social sin necesidad de negarse.
No puede ser otra cosa esta enmienda ya vigente, que en unas horas empezará a desocupar pabellones carcelarios y a liberar parapolíticos, auspiciadores y cómplices de brutales asesinos, y corruptos ex funcionarios del gobierno de Álvaro Uribe, de alto vuelo y cercano afecto al ex presidente, como Andrés Felipe Arias o Diego Palacio, sus dilectos ministros, o Bernardo Moreno, su secretario de Presidencia, o Edmundo del Castillo, su secretario jurídico. Desvergüenza libertaria. ¿Y quién, después de esto, se atreve a apelar a alguna de las altas instancias?
NOTAS:
(1) El Espectador: “Enfermos graves de reeleccionismo”. 12 de junio de 2012. http://bit.ly/LvOOET
(2) Julio Flórez, poema “Todo nos llega tarde” del libro “Manojo de zarzas” (1906). Referencia al célebre verso: “Todo nos llega tarde... ¡hasta la muerte!”.
(3) Portal de La FM: “Mancuso entregó pruebas sobre complot de Uribe contra la Corte.” http://bit.ly/Ah9AUj
(4) PÉREZ PALMA, Rafael. “Memorias de un juez de pueblo”. Librería de Manuel Porrúa, S.A. México, 1960. Pág. 12.
(5) El Liberal: “La reforma a la justicia ya es una realidad”. 15 de junio de 2012. http://bit.ly/LRgN1Y
(6) Portal de la Presidencia de Colombia. “El ciudadano de a pie se enfrenta a un sistema de justicia caracterizado por la congestión y la ineficiencia”. 21 de marzo de 2012. http://bit.ly/GEKsoB
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Kaos en la Red (España)
Sur y Sur (Venezuela)
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Agencia Latinoamericana de Información - ALAI
domingo, 17 de junio de 2012
Cristina Fernández defiende el derecho argentino en la ONU
Análisis en HispanTV de Juan Alberto Sánchez Marín en torno a la defensa de la Argentina en el Comité de Descolonización de la ONU, para el reinicio de conversaciones con el Reino Unido sobre la soberanía de las islas Malvinas.
jueves, 14 de junio de 2012
Alí Rodríguez, nuevo secretario general de UNASUR
Comentarios de Juan Alberto Sánchez Marín sobre el potencial de integración de UNASUR, así como acerca del papel de su nuevo secretario general, el venezolano Alí Rodríguez Araque.
domingo, 10 de junio de 2012
“Ejércitos Anti Restitución”, otro alias de la estructura paramilitar.
Por: Juan Alberto Sánchez Marín.
En Colombia, forzoso es reconocerlo, existe tino metonímico para nombrar las más grandes maldades y aberraciones. Los recién inventados “Ejércitos Anti Restitución” son un ejemplo.
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"Nuevas amenazas contra líderes del proceso de restitución de tierras. La estructura paramilitar actúa en la nueva fase como una garante del despojo llevado a cabo durante años, sostiene el congresista Iván Cepeda Castro".
En Colombia, forzoso es reconocerlo, existe tino metonímico para nombrar las más grandes maldades y aberraciones. Los recién inventados “Ejércitos Anti Restitución” son un ejemplo.
¿Anti restitución de qué? De la tierra, a primera vista. La tierra es el móvil primero y más notorio de la violencia larvada que padece el país. Por su tenencia venimos de guerra en guerra desde los albores del siglo XIX, desde los tiempos de Centralistas y Federalistas, y de Supremos.
Por el control de la tierra se han masacrado pueblos y comunidades, y se han cubierto de sangre regiones enteras. Durante el período de la llamada Violencia, hacia la mitad del siglo anterior, las partes más ricas de Colombia fueron rojas o azules según un absurdo partidismo que escondía en realidad una despiadada recomposición de la propiedad sobre la tierra.
Pero ni siquiera es necesario retroceder ese medio siglo. Unos pocos lustros atrás el narcotráfico y el paramilitarismo le dieron vuelta al mapa rural colombiano y elevaron bárbaramente y en pocos años la concentración de la propiedad.
El minifundio, médula durante décadas de la significativa economía cafetera, prácticamente, desapareció. Los escasos supervivientes se hicieron más pobres. Y así con lo demás: pequeñas parcelas ganaderas, reducidas extensiones dedicadas a frutales u hortalizas, minúsculos sobrevivientes de los cultivos de pan coger, cedieron a la pujanza empresarial de los grandes.
Una pujanza que se abrió paso a machetazo limpio, balazos en la sien de los pequeños agricultores tercos y motosierras para coadyuvar en la repartición de las partes a lo largo de los ríos Cauca, Magdalena, Sucre, Catatumbo, Sinú, Atrato, San Juan, con sus riachuelos y quebradas. Algunos de los mismos ríos que distribuyeron la sangre de las setenta guerras civiles de todo el siglo XIX. Y también de los que la llevaron al mar durante buena parte del XX.
Es el país, sus ríos más secos y contaminados, con sus invariables prácticas sanguinarias: Para causar dolor y escarmentar. Más acá, para desaparecer y no dejar rastro. Algo aportaron las técnicas del Cono Sur y la asimilada Doctrina de la Seguridad Nacional estadounidense en este aspecto.
No obstante, ni esa larga cruenta guerra casi ininterrumpida que es la historia de Colombia ha logrado el exterminio deseado; la pretendida dominancia genética de prósperos y poderosos. Es cierto que la hegemonía ha sido constante, pero nunca absoluta.
Cuando el adolorido da señas de que todo lo soportado no fue suficiente; si en el escarmentado pesa más el eterno retorno a su lote perdido; si el sucio animal eliminado vuelve vuelto viudas, hijos, familias desamparadas… ¡Los usurpadores precisan soluciones!
Que están a la mano en un país con miles de sicarios desempleados, miles de paramilitares siempre en rebusque, miles de ex guerrilleros buscando postor, miles y miles de delincuentes que no saben ni quieren hacer otra cosa como no sea delinquir. Vías para “salir adelante” en las que el dinero fácil es el común denominador.
Soluciones adecuadas a los tiempos, que cambian de nombre para que la historia se repita sin que lo parezca. Los Mochuelos godos se transformaron en los “pájaros” de la Violencia, que a su turno se vuelven los sicarios, éstos los traquetos, todos autodefensas o “Convivir”, paramilitares o Bacrim. Y cualquier mezcla al gusto.
Los “Ejércitos Anti Restitución” son otro nombre del mismo mal. El eufemismo de moda. Para hacer lo de siempre: Amenazar, aterrorizar, escarmentar, desplazar, asesinar, violar, poseer. Sobre todo, como me lo expresó el representante Iván Cepeda en un reciente diálogo, porque “son los garantes del despojo”.
Analiza Iván Cepeda tres fases del paramilitarismo en el país: Una primera fue la población y el control de regiones, “el momento del despojo, realizado mediante toda clase de masacres y crímenes de lesa humanidad”.
Vino después “un trabajo activo para captar las instituciones del estado local”. Esa fue la segunda fase. Y afrontamos ahora una etapa en la que “la estructura paramilitar sirve de guarda y garante de ese despojo”, dice Cepeda.
Lo cierto es que hasta ahora no se le ha restituido nada a nadie. Promete el gobierno colombiano reintegrar al menos cuatro millones de hectáreas a igual número de víctimas. Algo que ponen en duda el senador Jorge Robledo y los representantes Iván Cepeda y Wilson Arias, como fue expuesto en el debate de control efectuado en el Senado al ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, sobre la política de tierras. (1)
En otra palabras: Ni siquiera se ve hoy en día clara la idea de restituir cosa alguna, ni se ha movido mucho para crear las condiciones que supone una compleja política de esa clase.
Y si los gestores de la idea, los ponentes, los fervientes promotores, los mañosos ejecutores andan con la Ley vuelta metas, trámites de procesos, gestiones administrativas, casos en diagnóstico… ¿a cuento de qué el estorbo y la oposición de políticos, terratenientes, ganaderos, industriales, multinacionales, hasta de clérigos?
¿Anti restitución de qué, cuando hasta el momento lo que se aprecia es una representación dirigida al contentillo en cifras y al impacto mediático que generan unas cuantas esperanzas, así sean rotas después y remendadas a bala?
Anti restitución, claro, de la tierra. Quién lo duda. Pero más allá de la tierra que se pisa, anti restitución del respeto y la memoria. La tierra puede ser el símbolo, pero la dignidad es el hecho cierto, más real y tangible que cualquier extensión de terreno sin un peso para cultivarlo y con todos los vientos en contra.
Aclara Iván Cepeda: La política de restitución del presidente Santos es tímida, carece de un alcance serio. “Pero a ese proceso hay que agregar que existen comunidades organizadas, indígenas, campesinas, con largas luchas de resistencia, que han impedido incluso el despojo”.
Una idea que permite comprender mejor por qué tan férrea oposición a la propuesta por parte de los bandoleros. También hay miedo en el asesino armado hasta los dientes frente a la víctima frágil; lo han elucubrado la psicología y los estudios del comportamiento criminal. En este caso, además, una expoliación preventiva, que daría pábulo a los científicos sociales.
El mapa del control territorial colombiano por parte de los principales actores armados enfrentados nunca ha sido estático. Las fronteras van y vienen según la fuerza y dirección de las corrientes que los nutren: El narcotráfico, las extorsiones, el “impuesto voluntario”, el “auspicio” empresarial, la “colaboración” transnacional, las entradas de “lavaderos” y testaferratos. Y de acuerdo con el impulso, condescendencia o falta de actuación que algunas guarniciones militares dispongan.
Como no lo fueron las mal llamadas “bandas criminales”, tampoco ahora este autodenominado “ejército” lo conforman pistoleros sueltos y sin rumbo. Por el contrario, se trata de armazones constituidos y contratados por familias poderosas y prestantes de las distintas regiones del país adonde el gobierno apunta con su Ley.
“Ni siquiera son bandas o grupos. Son ejércitos que tienen jerarquía de mando y control”, señala el congresista. Los ejércitos anti restitución son fuertes en departamentos como Cesar, Sucre, Magdalena, Guajira y Nariño, “pero su presencia y expansión está en todo el país”.
Son organizaciones que no difieren de las desmovilizadas durante el gobierno del ex presidente Álvaro Uribe Vélez porque es la misma estructura, un producto directo de la farsa que fue Ley de Justicia y Paz. Su continuidad: paramilitares con años de trayectoria, como lo han denunciado el propio Cepeda y varias ONG’s, como la Corporación Arco Iris; el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, MOVICE; la Asociación Colombiana Horizonte de Población Desplazada, ASOCOL; la Coordinadora Nacional Campesina, CNC, y Fundepaz. (2)
Abriendo el año, la estructura paramilitar y narcotraficante conocida como los “Urabeños” mostró los dientes y paralizó seis departamentos en unas horas. Un paro armado que en realidad era un luto forzado por la muerte de Juan de Dios Úsuga David, alias ‘Giovanni’, ex miembro de la desmovilizada guerrilla del EPL, heredero de Don Mario y uno de los cabecillas más temibles, abatido días antes en el Chocó por la Policía Nacional. Demostraron tanto poder que el año 2012 en aquella vasta región de Colombia no empezó sino hasta después del paro, el 5 o 6 de enero.
Así, pues, sin un metro devuelto, las amenazas que empiezan a llover al norte y al sur niegan la restitución siquiera de un milímetro. Urabeños, Águilas Negras, Machos, Erpacs, Mondongueros, Rastrojos…
El primero de junio, Juan David Díaz, líder en Sucre del MOVICE, hijo de Eudaldo Díaz, el alcalde de El Roble asesinado por orden del entonces gobernador paramilitar Salvador Arana, recibió una amenaza de muerte firmada por el siniestro Ejército Anti Restitución. En la misma zona, no hace mucho, fue asesinado el también líder del MOVICE Rogelio Martínez.
Meses atrás fue amenazado el líder del proceso de restitución Freddy Antonio Rodríguez Corrales, quien representa a 95 familias que solicitan la apropiación de una parcela en la hacienda Bella Cruz, en el Cesar, de donde fueron desplazadas, en 1996, más de 300 familias por los paramilitares de Juan Francisco Prada Márquez, alias “Juancho Prada”.
El listado de amenazados con nombres propios es extenso. En las tierras requeridas, mientras el gobierno estampa los sellos, los campesinos aún no cultivan alimentos, pero los victimarios no han dejado de sembrar el terror. Y de cosecharlo.
Colombia es un país donde las vidas ni siquiera pertenecen al rey, como en la Francia de Luis XIV, antes de Montesquieu, sino a ilustres señores feudales del Caribe, los Llanos, Antioquia, el Pacífico, el Eje Cafetero, el Valle del Cauca. Las prácticas de los siglos IX y X se le cruzaron a las del XVIII y los señores terratenientes quedan rigiéndose por los derechos consuetudinarios que su imaginación perversa a bien tenga. Y en los rebatos entre unos y otros huyen despavoridos o caen muertos muchísimos compatriotas. Nadie protege. El propio señor feudal es quien persigue y ultima
NOTAS:
(1) Verdad Abierta: “Las dos caras de la restitución de tierras”. 30 de mayo de 2012. http://bit.ly/Kt2HmK
(2) El Espectador: “Denuncian nuevo ejército 'anti-restitución' de tierras”. 22 de febrero de 2012. http://bit.ly/wuHYZy.ARTÍCULO TAMBIÉN DISPONIBLE EN:
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jueves, 7 de junio de 2012
Colombia: Matones visibles en un conflicto invisible
LAS PALABRAS DE LANGLOIS QUE LOS MEDIOS NO OYERON.
Por: Juan Alberto Sánchez Marín (*)
No se trata de reducir todo a una visión esquemática de ricos malos y pobres buenos, sino a la inverosímil realidad de que las inmensas necesidades de unos son usufructuadas para bien de los descomunales caudales de otros. Nada más.
El periodista Romeo Langloise al momento de la liberación.
Dijo hace unos días Romeo Langlois, el periodista francés capturado por las FARC, en cuanto quedó libre y de cuantas maneras pudo, que el conflicto colombiano ha sido “invisibilizado”. (1)
No dijo quién o quiénes lo invisibilizan, porque no hacía falta. Los conocemos bien: Han gobernado durante años afirmando que ni siquiera existe conflicto, posan de mártires de la justicia cuando alguien les cuestiona procederes y procedimientos, salen a diario por los medios sosteniendo que se requieren más misiles para aniquilar una guerra que no es.
Son expertos en otorgarle corporeidad a lo que no existe, como el crecimiento económico del país, el mejoramiento particular de muchos índices, el ascenso controlado y en poquísimos puntos porcentuales de la inflación, el significativo descenso en centésimas del costo de los combustibles, la ampliación general de las perspectivas bursátiles… Cuando lo muy real y campante es un escenario mundial de crisis y quiebras.
Y son buenos en el uso de toda clase de tropos: llaman seguridad a la violencia estatal; nombran como falsos positivos el asesinato sistemático de jóvenes y campesinos por parte de militares; hablan de confianza inversionista cuando las multinacionales incrementan el saqueo nacional.
Pero sí especificó Langlois, en cambio, la causa por la que el conflicto es invisibilizado: "pobres matándose entre pobres". Mejor y más breve no pudo haberlo dicho.
Por eso, sólo por eso, se puede decir que no pasa nada de nada en un país en el que se registraron 602.364 homicidios en los 33 años comprendidos entre 1975 y 2008 (2). O que no se ven los 2.267.348 desplazados que registró el propio Ministerio de Defensa entre 2002 y 2009, justamente, en los años de la Seguridad Democrática (3), y donde los datos del desplazamiento forzado señalan cinco millones de personas, que ubican a Colombia como el país con más desplazados en el mundo: el 10% de su población, donde una tercera parte corresponde a las minorías étnicas, negros e indígenas (4).
No se trata de reducir todo a una visión esquemática de ricos malos y pobres buenos, sino a la inverosímil realidad de que las inmensas necesidades de unos son usufructuadas para bien de los descomunales caudales de otros. Nada más.
Tampoco es una ilegalidad. Puede que sea un abuso, un atropello, pero se enmarca con precisión en leyes promulgadas para el efecto, en técnicos planes y programas gubernamentales, en acuerdos democráticos firmados entre instituciones y partidos. El trato es maltrato, y el maltrato es por contrato.
Donde la puesta en marcha de cada iniquidad fue bendecida con una misa y las escasas investigaciones efectuadas por algunos entes de control sólo han llevado a exoneraciones e indemnizaciones estatales. ¡Qué pena con los señores! ¡Mis disculpas, señor bandido!
Es un sino tan ágilmente desenfundado e infundado que quienes lo padecen además deben apreciarlo como una consecución. No hay que remontarse décadas o años atrás para corroborarlo, bastan unos días. Como el logro de los TLC, cualesquiera de ellos, con los Estados Unidos, con Europa, con Canadá, con Corea.
Una explotación que prospera de mil maneras en un entrecruce fatal: la gracia de las triquiñuelas usadas por unos con la desgracia de otros de asentarse y poseer durante generaciones tierras de gran riqueza.
En los resguardos indígenas están puestas las narices de las multinacionales mineras, porque es allí donde la tierra guarda en sus entrañas el oro, los hidrocarburos, el cobre, el uranio, el platino, el bronce, el coltán. Las comunidades negras están al centro de los desplazamientos masivos por otro tanto. Los campesinos y pequeños propietarios de la tierra son esclavizados o asesinados para que el país pueda salir adelante y desarrollar sus grandes proyectos ganaderos y agroindustriales. La naturaleza y las selvas se destruyen sin misericordia para que poderosas empresas reforesten sus capitales.
La guerra está invisibilizada, sí, y por eso también los grandes medios invisibilizaron casi todas las molestas palabras de Langlois. De todo lo que dijo, que en pocas palabras fue algo, los dos canales privados de televisión, RCN y Caracol, ambos coligados a poderosos e interesados grupos económicos, extractaron con finura quirúrgica aquello que dijo contra una de las partes del conflicto, la guerrilla, y ni siquiera mencionaron lo que dijo contra la otra, los militares, que fue bastante.
Poco importa si lo que dijo contra unos o contra otros es cierto o no, o, mejor, si lo compartimos o no. Lo detestable es la utilización descarada de sus palabras para armar sin untarse el discurso a conveniencia. Para manipular, desde luego.
Y ni así, con la alocución edulcorada, se salvó el periodista de que el ex presidente Álvaro Uribe dejara de preferirlo muerto a liberado. Quizás gracias a esa suavización mediática pueda seguir vivo y seguir ejerciendo luego su profesión en Colombia, como dijo que lo hará. ¿O será que tergiversaron, mutilaron y malinterpretaron los medios sus palabras para salvarlo?
Apenas un canal de noticias de cable transmitió las improvisadas palabras a las que debió darle vuelta el francés durante un mes; porque parecían lo uno pero eran lo otro. Y porque, como bien lo expresó el columnista Ramiro Bejarano, el francés no tiene un pelo de tonto. (5) De todas formas, una parcialización informativa que no nos es extraña, pues es a la vez reflejo (y motivación, claro está) de la vida parcializada que degustamos a diario sin disgusto.
Mientras Romeo Langlois decía lo que decía, llamando la atención sobre verdades que no aguantamos, mencionando sujetos que no aceptamos o subrayando hechos que atentan contra nuestras buenas mentiras y malas costumbres, los canales mencionados se regodeaban en estúpidos concursos en los que el ama de casa gana una olla arrocera y el aprendiz de bruto gana un televisor de 19” para apoyarlo en sus objetivos.
País espectáculo, en el que los medios son sensacionalismo, los muertos trofeos, los lisiados cifras, la realidad ganancias, y donde la única tradición que no se pisotea es la de la violencia, tal vez porque los autores principales son los merecedores de respeto de príncipes, con su hablado en inglés, sus títulos de Harvard, sus caballos de paso fino, sus tufos Blue Label. O tal vez porque sus millones de víctimas no existen, no son reales, al contrario de las cifras que salen bajo la manga, a toda costa ciertas.
No tantas veces, como ahora, los pobres han sido culpables de tanto. Y esa culpabilidad es de las pocas cosas que en estas tierras los hace perceptibles: Son culpables malhechores cuando vuelven en busca de sus tierras, de las que fueron despojados a sangre y fuego, engatusados por la Ley 1448 de 2011 o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.
Son culpables cuando tienen memoria y narran, en documentales independientes, como los del propio Langlois, o en programas de televisión marginales, pero indispensables, como los de Hollman Morris, el asesinato despiadado de sus seres queridos, pretendiendo hacerse visibles a fuerza de hacerle recordar sus muertos al país. Unos desgraciados.
El admirado país del Norte nos lleva más de un siglo en la solución de sus contrariedades. Un ejemplo. Los indios de las praderas fueron erradicados de un tajo por la fiebre del oro y de su memoria apenas nos llega el nombre del teniente coronel George Custer, su infausto victimario y un típico hampón. Si alguien exalta la resistencia de Tatanka Yotanka (Toro Sentado), Shi-Kha-She (Cochise) o Goyathlay (Gerónimo) puede ser porque es un terrorista, allá en los Estados Unidos o acá en Colombia.
Es la misma fiebre del oro que cruza ahora la médula de los mismos espíritus voraces contra los mismos pueblos indígenas. No sucede hoy en el oeste estadounidense, sino en el oeste, el este, el norte y el sur colombianos. No son los colonos desperdigados gringos, sino las multinacionales gringas organizadas y con todos los avales gubernamentales. Gracias al ferrocarril se esfumaron los bisontes que alimentaban a los indios de las praderas, gracias a la locomotora minera de Santos no van a quedar muchos ríos sin arsénico ni cianuro para calmar la sed de las comunidades indígenas y campesinas asentadas en medio país.
Y si los numerosos pueblos indígenas del norte fueron invisibilizados, o, más grave aun, vistos como demonios por Hollywood, ¿qué puede esperarle a nuestros indígenas, que sobreviven sólo gracias a la inercia de sus culturas acorraladas y existen menos aun que los pobres fantasmagóricos del resto de regiones?
"Tenemos que seguir cubriendo este conflicto", dijo al final Langlois, de seguro convencido de que ese es un buen camino para que lo descubramos. Saber apenas de oídas de la guerra le hace creer a buena parte de la población que la paz es algo opcional, que es una llave que tiene un presidente en el bolsillo o una cerradura que tienen unas guerrillas bajo un palo de chachafrutos.
Mostrarlo desde abajo puede ser un paso para entender y luchar por lo contrario, por la obligatoriedad de la búsqueda de esa paz esquiva, y por la importancia de no dejarla en manos de matones ni guerreros. Del mismo modo que ni unos ni otros son causa de nada, tampoco pueden ser solución de algo.
Otra mentira que creemos y que a muchos alegra que así sea. La guerra particular de este país no se frena a punta de acercamientos o en una mesa de diálogo, ni con unos protocolos bien escritos y firmados, ni a través de comunicados esperanzadores, ni le bastan unas cuantas voluntades, aunque sean sinceras y conlleven el asentimiento de muchos de los actores, extras y figurantes involucrados.
De la misma manera que el conflicto se volvió invisible, se ocultan siempre las premisas para su resolución y cada quien trata de hacer impalpables las exigencias de la paz. Porque son estructurales, porque hay miedo de airearlas, porque no es apenas cuestión de enemigos de carne y hueso, porque políticamente quién sabe, porque y los ases para el final qué, porque sí.
Esta guerra sólo la paran asuntos molestos, por decir lo menos. Nocivos para los indicadores de la economía; pervertidos para el insepulto Consenso de Washington; infames para la tríada FMI – BM – BID; delirantes para la oligarquía criolla. Pero improrrogables.
En tanto que las cosas sigan marchando tan bien, la nave va y va y no habrá puerto a la vista. En ese contexto, debería preocuparnos mucho la afirmación insistente de que las cosas están bien.
Pues está mal que la inversión extranjera aumente. Muy mal que la minería avance a pasos agigantados. Malísimo que el TLC marche sobre ruedas. Pésimo que la banca esté recuperando utilidades y las bolsas sus valores. Una desgracia mayúscula que los medios digan que el país no deja de mejorar.
Porque todas esas buenas nuevas lo que indican es que cada vez vivimos menos en el país donde por suerte o desgracia nos tocó rematar cada día de la existencia.
(*) Juan Alberto Sánchez Marín es periodista y realizador de cine y televisión colombiano.
@juanalbertosm
NOTAS:
(1) Portal de Telesur. “Langlois denunció que han invisibilizado conflicto armado colombiano”. 30 de mayo de 2012. http://bit.ly/LJEDfS
(2) PÁEZ TORRES, Magda. “Aumenta la violencia en el país”. Agencia de Noticias UN. Universidad Nacional de Colombia. http://bit.ly/M9dJ1c
(3) MEDINA GALLEGO, Carlos. “Las estadísticas de la guerra”. 14 de enero de 2011. Red de DD.HH. http://www.ddhh-colombia.org/html/noticias%20ddhh/estadisticasguerra20012011.pdf
(4) Diario El País: “Colombia es el país con mayor número de desplazados internos del mundo: Codhes”. Cali. Febrero 16 de 2011. http://bit.ly/f3Znn0
(5) BEJARANO GUZMÁN, Ramiro. “El romeo francés”. Notas de Buhardilla. El Espectador. 3 de junio de 2012. http://bit.ly/K00P7s
Artículo disponible en:
Diario Universal (España)
Rebelión (España)
Safiqui (Ecuador)
Argenpress (Argentina)
Vive TV (Venezuela)
Sur y Sur (Venezuela)
Question (Venezuela)
Perfil Económico Mundial
Agencia Latinoamericana de Información - ALAI.
Artículo disponible en:
Diario Universal (España)
Rebelión (España)
Safiqui (Ecuador)
Argenpress (Argentina)
Vive TV (Venezuela)
Sur y Sur (Venezuela)
Question (Venezuela)
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Agencia Latinoamericana de Información - ALAI.
miércoles, 6 de junio de 2012
Nuevo ataque de las FARC deja cinco muertos en Colombia
Consideraciones de Juan Alberto Sánchez de este nuevo ataque de las FARC en el contexto de un posible diálogo, por HispanTV.
martes, 5 de junio de 2012
Ola de protestas en España llega a los mineros
Comentarios de Juan Alberto Sánchez Marín sobre la situación de crisis de España en el nuevo escenario de las protestas de los mineros.
domingo, 27 de mayo de 2012
Periodismo en tiempo de balas
Por: Juan Alberto Sánchez Marín.
El poder, entre otras, tiene dos cosas claras: que los vencedores son quienes cuentan la historia y que si la historia no existe hay que inventarla al amaño o moldearla según se le de la gana. Y algo más: que buena parte de la historia, hoy en día, la asumen los medios, los periodistas, por abrogación, implantación, cesión, irrupción, en fin.
O al menos, que tal versión es la que principalmente va quedando retenida en los dispositivos de almacenamiento masivo. Una memoria de la humanidad que ya no está en las “Casas de la Vida” (1) de Tebas o Karnak, ni en Alejandría, sino en caldeados servidores en los Estados Unidos.
Llevamos 25 siglos creyendo, como Herodoto, que los griegos eran los civilizados y los persas los bárbaros, sólo porque quienes vencieron en las Guerras Médicas fueron los primeros. Herodoto, que era cario, pero siempre se creyó griego. Como nosotros, que no nos tenemos por bárbaros, aunque sabemos muy bien que, al menos según la consideración de la cultura hegemónica, tampoco somos los civilizados.
África es salvaje desde aquellos días de los Atlantes, condenados en la descripción de Plinio el Viejo a ser vistos como “una degeneración de las costumbres humanas” (2). ¿Quiénes serían Atila o Alarico, o los hunos y los vándalos, despojados de la leyenda negra fraguada desde la estrecha dicotomía de bárbaros y civilizados de los romanos? Es muy probable que entonces esa visión de seres brutales la mutáramos por la de libertadores, porque así de leves y aleves son también nuestras convicciones acerca de los personajes históricos.
A Occidente nos llegó de ellos la narración del mundo y así lo concebimos todavía: grecorromanamente. Lo cual no es malo, sino malísimo, por lo que tiene de sesgado y excluyente. Pero, peor aún: La visión llegó trajinada y cansada, sin la curiosidad de Herodoto, el “Padre de la Historia”, y sin el enciclopedismo de Plinio el Viejo.
Llegó el poder a nosotros, en cambio, lo mismo de arisco y asustadizo: En Washington o Bogotá, al modo de Atenas o Roma, los buenos conquistadores nunca dejan de estar nerviosos ni de curarse en salud de la mejor manera que pueden, que es el peor padecimiento para el resto de los mortales, a quienes unos pocos nos cuentan lo que nos pasa e incluso nos indican lo que somos.
Otro Plinio (Apuleyo Mendoza) y otros arrogados “padres de la histeria”, como Carlos Alberto Montaner, Enrique Krauze, Andrés Oppenheimer, Álvaro Vargas Llosa, Moisés Naím, hasta Jaime Bayly, o, en Colombia, Alfredo Rangel, Rafael Nieto, María Isabel Rueda, Salud Hernández, José Obdulio Gaviria, Fernando Londoño, Francisco Santos y un largo etcétera, ejecutan la tarea de acuñar matrices, desnaturalizar hechos y desviar la atención en nuestra historia reciente.
Son periodistas sin sentido del contenido social del oficio u oficiantes sin sentido del quehacer profesional, lo cual es lo mismo, pero sí de una firme y definida militancia en torno a los principios de la autoridad, una proyección condescendiente y disfrazada de los valores del imperio y del dominio a los cuales sirven.
Ellos siguen negándose a ver en los contrarios otra cosa que no sean degeneraciones de las costumbres humanas. Y rehuyendo también a aceptar que todo idiota útil nunca deja de ser un contrario. Un pistón del engranaje mayor. Vean si no lo que le pasó a Londoño. Uno de los más detestables mejores ejemplos.
Sus cómplices e interesadas interpretaciones de lo que acontece son registradas por los medios como si fuera la realidad que vivimos y la historia que deviene.
El poder los utiliza para describir el mundo a sus pies, funcional y obsecuente, y ellos se usan a sí mismos para interpretarse e interpretarnos como una comprometida parte de él. Alguno de ellos podría serlo en verdad, ninguno de nosotros lo es.
LO MOLESTO: LO MALO
En una sociedad en la que el ayer se desdibuja en el recuerdo y ni siquiera se le relega a la anécdota, y donde el mañana sólo se vislumbra desde lo noticioso, el presente se relata como una manera de afianzar lo que se es y lo que no. Y las diversas fuerzas encontradas procuran que la historia se vuelva una puesta en escena ante el ojo de la cámara o unas líneas bien memorizadas frente al micrófono.
Los gobiernos prometen y las instituciones aparentan hacer algo, cualquier cosa. Las corporaciones son empresas altruistas. Los banqueros apoyan proyectos sociales y le prestan al pobre. El devoto actúa de manera desinteresada y pone cara de tal. El poder es noble.
Si el mundo no marcha, tienen la culpa el indio, el negro, el homosexual, el pobretón, el guerrillero, el invierno, el verano, la crisis mundial. O el correveidile, que es el periodista contando, publicando, fotografiando lo que puede que todo el mundo quiera saber, pero que a los centros del poder casi nunca conviene.
Hacer periodismo puede ser igual de vedado y aventurado en China, país al que se le endilgan tantos males al respecto, como en los Estados Unidos, que se precian de lo contrario justamente para disimular que el asunto es idéntico. Corrijo: mucho más malo. El lobo suaviza el aullido, rumia, se recubre de lana, se hace llamar Dolly, pero no es una oveja y no se necesita ser Linneo para saberlo.
Porque la amenaza a la libertad de información no es un asunto de la clase de sistema político o económico imperante, o de cobertura o localización, ni siquiera es ideológico: Es, sencillamente, de pánico del poder hacia la verdad.
El poderoso que asciende o se mantiene de modo fraudulento no puede considerar indicada una simple referencia al tema. El gobierno que ha violado los derechos humanos ha de tildar de terroristas a sus defensores. El político que ha saqueado las arcas públicas tiene que ver adversarios malintencionados en quienes intenten hacer las cuentas. Cuando menos, es lógico.
El ex presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez dijo que el periodista francés Romeo Langlois, en poder de las FARC, es un grosero (3): En plena faena pública el periodista se atrevió a interpelar al ex mandatario acerca de la cesión de tierras a la multinacional canadiense Anglo Gold Ashanti, tornándole la sonrisa en un rictus rabioso (4). Un grosero con el poder. Más aún: Un malcriado con sus intríngulis.
Los secretos de estado, las clasificaciones preventivas de información, los llamados datos sensibles y los delicados asuntos gubernamentales, sin desconocer que algunas veces pueden ser razonables, en muchas ocasiones son máscaras para ocultar prácticas insanas, atentados constitucionales o claras violaciones a las leyes hechas por los propios gobiernos y sus círculos de poder.
Los Estados Unidos han puesto todas las trabas posibles para hacer efectiva la Ley de Libertad de Información (FOIA), denegando de manera injusta la desclasificación de documentos y trabajando solapadamente en la reclasificación de otros que eran públicos.
En virtud de la FOIA y gracias a la labor del Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington (5), una organización dedicada a la desclasificación de documentos confidenciales del gobierno norteamericano y de ponerlos a la disposición de la prensa y los ciudadanos, conocimos de primera mano los asedios y hostigamientos hacia Cuba y buena parte de la operación Cóndor, la alianza siniestra entre el gobierno estadounidense, la CIA y las dictaduras del Cono Sur.
La publicación de Wikileaks de más de 800 mil documentos clasificados, 250 mil cables diplomáticos secretos y 5 millones de correos de la empresa Stratfor, la CÍA en la sombra, fue un viento fuerte que dejó al descubierto muchas prácticas infames en la conducción de la política internacional de los Estados Unidos y sus allegados. La ira divina de Washington hacia Assange se manifestó en cargos contra él redactados, cómo no, en secreto (6).
En Colombia, para no ir más lejos, el secreto a voces de la asociación de Álvaro Uribe Vélez con el narcotráfico y los paramilitares no afectó su favorabilidad ni le impidió el ascenso a la presidencia del país en 2002.
Sin embargo, fue la revelación de los mecanismos utilizados en su paranoia, durante el ejercicio del poder, la que lo puso en el ojo del huracán. En el afán por permanecer en la Casa de Nariño, el ex presidente espió y persiguió, en prácticas que según parece nunca le fueron extrañas, sólo que esta vez aconteció con una diferencia: los complots denunciados, unos tras otros, fueron noticia.
Esto hace suponer que los escándalos son las únicas boyas que quedan puestas en la vía guiando el transcurrir de la deleznable democracia de papel que es el país suramericano.
LO ÚTIL: LO BUENO
La única forma de comunicación adecuada, desde la perspectiva del poder, es la propagandística. En tal sentido, el periodismo bueno es aquel que es útil a los intereses de quien lo juzga o califica.
Y de tal modo lo asumen los medios, desde los grandes y transnacionales, hasta los desvalidos y locales, pasando por los estadios intermedios.
Una sujeción entendible desde todo punto de vista: En los unos, porque ellos mismos son el poder, pues los grandes medios cada vez son más apéndices corporativos que proyectos autónomos e independientes. En los otros, porque si no se alinean se mueren: si dices lo que quieres, te recorto los fondos (publicidad, auspicio, financiación, o como se llame la fuente del chantaje); si no dices lo que quiero, te los suprimo. Más grave: si dices algo que no me gusta o conviene, te demando.
La seducción subliminal, de la que se echaba mano hace tiempo, ahora no es necesaria, y los estudios especializados incluso la descalifican como recurso. Hoy la trama – tramoya es al descaro.
Las llamadas alianzas estratégicas informativas en boga son alineaciones continentales mal disimuladas. Explícitas durante ocasiones particulares, como una tragedia o una cumbre, con una metodología azarosa y un aire de mundo terminal. O implícitas, en el codo a codo del día a día. En todo caso, gobiernos, multinacionales y medios confabulados y alineados tras la misma zanja, desde la Patagonia hasta arriba de los Grandes Lagos.
La radio refuerza lo dicho por la televisión. Los portales de los medios masivos y sus derivaciones lo complementan. Los medios impresos hacen eco de lo mismo y le añaden nuevos matices. Todos hablan de lo mismo, todos entrevistan al mismo y casi a la misma vez.
La verdad deja de tener algo que ver con la honestidad o la sinceridad, y no es un acuerdo social sobre la realidad y sus hechos: La verdad se acomoda en salas de redacción, pero antes se configuró en una oficina burocrática o en una pomposa gerencia.
El periodista en contravía es negado. El medio lo descarta, la sociedad lo desaprueba y condena. Los actores de la guerra le endilgan las culpas a conveniencia.
En una realidad transformada en un escenario de constante conflicto mediático, no existen los desinteresados, sino los bien disimulados. Una premisa importante de la credibilidad periodística: Aparentar lo que no se piensa, en aras del falso equilibrio informativo, y decir de vez en cuando lo que muchos quieren oír, en bien del engaño masivo.
Quienes se sustraen a ello van portando el estandarte del bien o del mal, según quién mire y desde dónde. Entonces, el periodista es esto u aquello; el periodista es corporativo o subversivo. Lo que no puede conducir sino a que el periodista es aliado, o adversario.
Y el animal social y político que es el periodista termina asumiendo que lo que hace es una cosa u otra, tiñendo con aspectos ideológicos la información, lo que empeora porque se lleva a cabo ocultando lo que pasa en bien de las creencias o de su bolsillo, secundando a sabiendas o no un propósito político o económico, y, lo más grave, callando las injusticias o atacando las causas justas.
Como en la propaganda, otra vez, no se busca que los medios mientan, sino que omitan. No se pretende que ellos alteren la realidad, sino que le den una estructura informativa, antes que con base en los principios elementales del oficio, en el cálculo de su impacto y poder de convicción. No se llega a la simpleza de ofrecer una sola arista de los fenómenos, sino a la comprobación de que una sola visión de ellos es admisible: ¡civilizada!
El resultado, desde luego, es una falacia mayor, donde lo que se discute o llega a cuestionar en foros y simposios es el tamaño de la mentira. Su venialidad o no. No la mentira en sí, que ha sido convalidada en lo mediático, aprobada en lo gubernamental, bendecida por el cura y es parte esencial del espectáculo.
LO OTRO: LO PELIGROSO
Experiencias interesantes han surgido siempre para romper este círculo (cerco) mediático. Algunas han terminado sumidas en el ostracismo y su impacto no ha traspasado sino restringidos ámbitos de circulación. Sectas de opinión e información casi secretas. Es que no resulta sencilla la batalla contra el poder con los sesgos providenciales a favor, los extendidos tentáculos y las fortunas alertas.
Pero otros medios alternativos, necesarias experiencias de comunicación transversal, señales que fluyen desde abajo, todos con contenidos tan resbaladizos para ese poder, configuran sin duda alguna una esperanza desde la pluriculturalidad y la diversidad de su esencia. Son en ocasiones valerosas voces insertas en estructuras demoledoras, cuya palabra es fuente de juicio al permitirnos estar al corriente de aquellos hechos que son primordiales y a nadie importan. Nadie, desde luego, es el medio masivo que no los reportará jamás.
El surgimiento de la Internet 2.0, la blogsfera y las redes sociales abrieron nuevos caminos, aunque la determinación e impacto reales continúan sin estudiarse plenamente, incluyendo el papel en las llamadas revoluciones de la Primavera Árabe, sobrevalorado por unos, minimizado por otros.
Varios portales y blogs interesantes han llegado a ser notorios en el maremágnum de la red, pero muchos de ellos también se han desvanecido con la misma facilidad y rapidez con la que aparecieron.
Estos ámbitos también son penetrados por los intereses imperiales, que a través de sus capitales sobornan, compran, alquilan y, en todo caso, adquieren partidarios y generan voces contestatarias al gusto, como es el caso de Cuba, donde el gobierno de los Estados Unidos y la CIA explotan las difíciles condiciones que debe afrontar el país caribeño gracias al ilegal bloqueo y financian propuestas mercenarias, a las que luego otorgan, por ejemplo, el Premio Internacional Mujeres de Coraje, que otorga cada año la Secretaría de Estado de los mismos Estados Unidos. “Me canto y me celebro, me celebro y me canto”, como lo cantó el finado Facundo Cabral, repetidor de Whitman (7), el emblemático poeta de la enjundia estadounidense.
Me refiero, por supuesto, al blog “Generación Y”, inspirado, según la autora, en nombres de generaciones de los años setenta y ochenta que inician con la “i griega” o la contienen, pero que en realidad es “pro Y”, por su irrestricta adhesión al yanqui.
O en Venezuela. O en Ecuador, Bolivia o Nicaragua, donde capitales provenientes de la Agencia Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos, USAID, han apoyado líderes, instituciones y medios opositores, y han capacitado en el uso de redes como Twitter y Facebook (8).
No obstante, el carácter personal o de pequeños grupos, a la deriva o virtualmente con filiaciones malucas, la proliferación de puntos de vista diferentes, la posibilidad de penetración al corazón de muchos acontecimientos, la variedad y versatilidad de los recursos y los formatos utilizados, el juego de cuerda entre la inmediatez y el regodeo informativos, como factores fuera del control del poder, han conducido a que los novedosos recursos cuajen a veces como entes molestos y peligrosos.
A los que hay que meter en cintura cuanto antes y de cualquier modo. Para eso están las leyes. Para eso las usa el poder: SOPA, PIPA (EEUU), SINDE-WERT (España), LLERAS 1 y 2.0 (Colombia), DÖRING (México), SOCA (Reino Unido), HADOPI (Francia), ACTA (de todas partes), en fin.
Y una utopía incontinenti, que nada tiene que ver con las renacentistas de Moro, Bacon o Campanella, pero que sí constituye un delirio quizás producto de las innovaciones existidas: Un mundo de desconectados, aislados, desterrados, castigados, encarcelados, escarmentados y sometidos. La ínsula no se bordea en la medialuna de su contorno imaginario: se circunda en el cuadrado PC de cada quien.
Aires frescos fluyen, para el caso, frente a la vigilancia, censura y persecución en la Internet. No hace falta enunciar sino a Free Software Foundation, Open Source Initiative, OpenDNS, Tor Project (navegación anónima) o la reciente puesta en marcha del proyecto UTUTO XS 2012, nacido y criado en la Argentina. Software libre frente al patio entre rejas electrificadas que es la Global Online Freedom Act de los Estados Unidos, o la ley de alto espionaje que ese mismo país cocina a fuego lento, la CISPA (CIAspa, más bien).
A pocas cosas teme más el sistema capitalista que a la libertad y a ninguna como a la de la expresión de las comunidades, aunque pueda parecer un contrasentido con sus axiomas pregonados de reivindicación de las individualidades. La pretensión de un pensamiento uniforme, algo de lo que tanto se ha acusado al socialismo, surge más bien como un requisito vital para el capitalismo. Los medios convencionales no hacen otra cosa que buscarlo y afianzarlo.
Basta darle una ojeada al lenguaje, que en la estrechez a la que es trasladado se hace determinante en el propósito de emparejar los ambientes: Los medios son los motores del diálogo e intentan ser los móviles de la deliberación, en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en el descanso. Un conductismo ramplón que, difícil no reconocerlo, le saca el jugo a nuestros más resignados y livianos comportamientos.
Únicamente el poder es fractal y los medios le confieren el don de la ubicuidad. A quienes lo encarnan y a lo que dice. Y los adjetivos calificativos o descalificativos usados se vuelven idénticos. El pobre lenguaje padece la desgracia sobre el lomo de pocas, poquísimas palabras.
El policía muerto, héroe patrio. El militar muerto, héroe de la patria. Y ambos vivos enviados a confirmar su ingrato papel en esa especie de Frente Este que es buena parte de Colombia. O de México. O de Honduras. O del mundo.
El lenguaje se hizo panfletario. Verosímil para los adeptos, odioso para los antónimos. De pronto, ineficaz en su fin soterrado de convencer, y mucho más en el pregonado e inmediato de informar. La repetición de frases hace lemas los contextos, los afanes por explicitar la sumisión vuelven un bastidor ideológico cualquier descripción, los cuestionamientos rinden más pleitesía que las loas. Basta ver las entrevistas de CNN para entenderlo. De Cala a Uribe, para no ir más lejos. O de Cala a cualquiera, para no restringir el prototipo (9).
Muchas veces, la inexperiencia y los temores a generar una agenda noticiosa propia, junto al carácter reactivo en el manejo de la información, determinan desde adentro los mayores límites de varios de esos interesantes planteamientos en contravía, los que a toda costa buscan fortalecer un camino comunicacional distinto.
Más allá de los vetos, las acusaciones y la innegable persecución de que son objeto las experiencias opcionales, con otro enfoque y con interés social, el riesgo es que terminen siendo bastiones burocráticos o búnkeres ideológicos dedicados a reproducir, desde otra orilla, los mismos modelos existentes.
LA PENITENCIA: LO CRIMINAL
Las circunstancias muestran cuánto benefician al poder las escisiones ideológicas, sociales, políticas. La demonización del otro cierra filas en torno a ideas y acciones, con la adicional ventaja que otorga dejar de lado la reflexión, base de cualquier cuestionamiento.
Los medios, en tanto que factores de homogenización en el consumismo, en la impudicia de los propósitos, en la indiferencia hacia temas trascendentes, endurecen a toda costa las posiciones en pos de hacer una sociedad dividida en grupos de pensamiento cada vez más radicales y antagónicos. Un desliz desprevenidamente menor que, con todo cálculo, auxilia gobiernos, grupos económicos y sectores fuertes de la sociedad, que, apoyándose en mecanismos sutiles de control y manipulación, ven mejorar las condiciones para afianzar sus oscuras premisas en los imaginarios.
Durante el gobierno de Álvaro Uribe, en Colombia, una mirada paramilitar de la vida intentó posicionarse en todos los espacios de la cotidianidad del país y en buena medida lo consiguió: El mensaje corrió desde las estructuras del poder gubernamentales, terratenientes, empresariales, militares, clericales.
Y vino hasta los mismos vecinos de las víctimas, algunos de los cuales terminaron creyendo más la quimera mediática que el escenario frente a sus narices. Claro, también fueron muchos menos de los que afirmaban los propios medios masivos o las mediciones hechas a sueldo.
Periodistas colombianos como Alfredo Molano, Daniel Coronel, Holman Morris, Felipe Zuleta, Claudia Julieta Duque, Ramiro Bejarano, Carlos Lozano, entre muchísimos otros, quienes no dejaron de estorbarle al festejo delincuencial reinante, debieron exiliarse o ejercer su profesión contra viento y marea. La verdad, para la represión, es subversiva. La mentira, para la sociedad, actúa como un tranquilizante.
La verdad se hizo nociva para la salud y el engaño fue cada vez más necesario para que la guerra no fuera algo psicosomático que afectara todos los órganos del país y enseñara la debilidad connatural. Muchos creyeron entonces que la Seguridad Democrática era algo necesario, seguro, cierto.
Una sociedad hipócritamente fundada en los valores católicos, que había convalidado con su voto una estructura criminal al frente del país, halló algo de indulgencia al convencerse de que todo era en pos de un fin ulterior benéfico. Uribe, paramilitarismo, falsos positivos, espionaje, persecuciones, asesinatos… se justificaban como el precio de un país sin FARC.
Pero esa sociedad no se percató de que un país con todo lo anterior y a la vez sin porvenir, sin alimento, sin salud, sin vivienda, sin justicia social, nunca dejará de ser un país con FARC, con ELN, con inconformismo, con atentados, con muertos, con sindicalistas sin entregarse y con todos los riesgos vivos. La primera causa es elemental: la mentira, que comparte con las ilusiones el hecho de que no se comen, al contrario de estas, no alimenta. (10) Tampoco alivia ni abriga, ni tranquiliza.
La profesión del periodista siempre ha estado rodeada de riesgos, asedios y espantos cuando, en vez de seguir adelante con el concierto mediático para delinquir, da a conocer los asuntos que esa penitencia social niega, y cuando llama a preocuparse por lo que ocurre detrás de las trincheras mentales que cada quien va forjándose muchas veces sin pensarlo.
En Colombia, el establecimiento pone el grito en el cielo de labios para afuera por la retención del periodista francés Romeo Langlois. Un escándalo asistido por el provecho que puede sacar en la guerra contra las FARC, la que no se libra sólo en las selvas y barriadas, sino también unilateralmente en los medios.
Es neurálgico que un vocero de la intolerancia, como Fernando Londoño, en ves de percatarse de que está vivo y pagarle sus deudas de corrupción al estado, se crea un elegido vuelto de la muerte y prosiga su siniestra misión invocando al diablo. Nunca hubo una hora de la verdad, en cambio estamos contando las primeras horas de quien sabe cuántos años de la segunda serie de sus malintencionadas mentiras (11).
Es triste que el periodista Langlois, después de esta experiencia, pueda ser bueno si dice una cosa o malo si la contraria. Pero también es cierto que así será porque ese es el fatal sino de hacer periodismo en tiempo de balas.
Pocos pistoleros aceptan que las palabras tienen una coraza que ninguna bala penetra. Y que la historia va siendo esclarecida aun a pesar de ella misma, de sus connotados narradores de platea y de sus afanosos archiveros, más tarde o más temprano; sea en milenios, como en los tiempos de los griegos y los persas, o en años o días, como en el presente.
Por más que colapsen durante algún tiempo las instituciones dedicadas a la defensa de la justicia, por más que las altas esferas intercambien favores para cubrirse la espalda o por más que su divulgación no deje de ser una actividad de altísimo riesgo, los abusos e injusticias contra los pueblos no pueden ocultarse por siempre. Y se pagan.
NOTAS:
(1) Los egipcios llamaban “Casas de la Vida” a las bibliotecas, que se ubicaban en los palacios reales y en los templos.
(2) Plinio el Viejo. Historia Natural. Volumen V. Pág. 44.
(3) El Espectador: “Uribe asegura que Romeo Langlois es un periodista ‘muy grosero”. 8 de mayo de 2012. http://bit.ly/KiOzeP
(4) “Por todo el oro de Colombia” (documental). Dir: Romeo Langlois. El pasaje citado se encuentra aproximadamente en el minuto 25. El documental fue subtitulado por “La Silla Vacía”, pero las gestiones de Álvaro Uribe, según lo afirma el propio portal, hicieron que el material tuviera que ser retirado de su sitio. http://bit.ly/J7tbFL
(5)The National Security Archive. The George Washington University. http://www.gwu.edu/~nsarchiv/
(6) “Los correos de Stratfor revelan que EEUU tiene preparada una acusación contra Assange”. Público.es http://bit.ly/y16xlc
(7) WHITMAN, Walt. Hojas de Hierba. Ed. Novaro. España, 11 ed. 1979. Pág. 113.
(8) La Jornada: “La USAID en Venezuela”. Por: José Steinsleger. México, 1 de febrero de 2012.
(9) Portal de CNN Español. “Esta semana en Cala”. Álvaro Uribe, lunes 21 de mayo de 2012. http://bit.ly/KXKwWm - “Cala en Colombia”. 26 de septiembre de 2011. http://bit.ly/rtBidj
(10) GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. El coronel no tiene quién le escriba. Ed. La Oveja Negra. Bogotá, 1980. Pág. 28.
Referencia al diálogo entre el coronel y su mujer: “-La ilusión no se come -dijo ella./ -No se come, pero alimenta -replicó el coronel-.”
(11) El Espectador. “Fernando Londoño dice que atentado no es de extrema derecha”. 23 de mayo de 2012. http://bit.ly/KDFdZN
Artículo disponible en:
Rebelión (España)
Diario Universal (España)
Kaos en la Red (España)
El Mercurio Digital (España)
Revista crítica "La casa de mi tía" (Canarias, España)
El Mercurio Digital (España)
Cronicón - El Observatorio Latinoamericano (Colombia)
La Pluma (Colombia)
Questión (Venezuela)
Aporrea (Venezuela)
Blogueros y corresponsales de la Revolución (Cuba)
Generación F (Cuba)
Global Rights (Italia)
Argenpress (Argentina)
Agencia Ciudadana (Argentina)
Indymedia - Centro de Medios Independientes
Indymedia (Venezuela)
Agencia Periodística de Información Alternativa - APIA (México)
Noticias de América Latina y Caribe - ADITAL
Red TLAXCALA - Por la diversidad lingüística
Agencia Latinoamericana de Información - ALAI
La única forma de comunicación adecuada, desde la perspectiva del poder, es la propagandística. En tal sentido, el periodismo bueno es aquel que es útil a los intereses de quien lo juzga o califica. La radio refuerza lo dicho por la televisión. Los portales de los medios masivos y sus derivaciones lo complementan. Los medios impresos hacen eco de lo mismo y le añaden nuevos matices. Todos hablan de lo mismo, todos entrevistan al mismo y casi a la misma vez. La verdad deja de tener algo que ver con la honestidad o la sinceridad, y no es un acuerdo social sobre la realidad y sus hechos: La verdad se acomoda en salas de redacción, pero antes se configuró en una oficina burocrática o en una pomposa gerencia. El periodista en contravía es negado. El medio lo descarta, la sociedad lo desaprueba y condena. Los actores de la guerra le endilgan las culpas a conveniencia.
El poder, entre otras, tiene dos cosas claras: que los vencedores son quienes cuentan la historia y que si la historia no existe hay que inventarla al amaño o moldearla según se le de la gana. Y algo más: que buena parte de la historia, hoy en día, la asumen los medios, los periodistas, por abrogación, implantación, cesión, irrupción, en fin.
O al menos, que tal versión es la que principalmente va quedando retenida en los dispositivos de almacenamiento masivo. Una memoria de la humanidad que ya no está en las “Casas de la Vida” (1) de Tebas o Karnak, ni en Alejandría, sino en caldeados servidores en los Estados Unidos.
Llevamos 25 siglos creyendo, como Herodoto, que los griegos eran los civilizados y los persas los bárbaros, sólo porque quienes vencieron en las Guerras Médicas fueron los primeros. Herodoto, que era cario, pero siempre se creyó griego. Como nosotros, que no nos tenemos por bárbaros, aunque sabemos muy bien que, al menos según la consideración de la cultura hegemónica, tampoco somos los civilizados.
África es salvaje desde aquellos días de los Atlantes, condenados en la descripción de Plinio el Viejo a ser vistos como “una degeneración de las costumbres humanas” (2). ¿Quiénes serían Atila o Alarico, o los hunos y los vándalos, despojados de la leyenda negra fraguada desde la estrecha dicotomía de bárbaros y civilizados de los romanos? Es muy probable que entonces esa visión de seres brutales la mutáramos por la de libertadores, porque así de leves y aleves son también nuestras convicciones acerca de los personajes históricos.
A Occidente nos llegó de ellos la narración del mundo y así lo concebimos todavía: grecorromanamente. Lo cual no es malo, sino malísimo, por lo que tiene de sesgado y excluyente. Pero, peor aún: La visión llegó trajinada y cansada, sin la curiosidad de Herodoto, el “Padre de la Historia”, y sin el enciclopedismo de Plinio el Viejo.
Llegó el poder a nosotros, en cambio, lo mismo de arisco y asustadizo: En Washington o Bogotá, al modo de Atenas o Roma, los buenos conquistadores nunca dejan de estar nerviosos ni de curarse en salud de la mejor manera que pueden, que es el peor padecimiento para el resto de los mortales, a quienes unos pocos nos cuentan lo que nos pasa e incluso nos indican lo que somos.
Otro Plinio (Apuleyo Mendoza) y otros arrogados “padres de la histeria”, como Carlos Alberto Montaner, Enrique Krauze, Andrés Oppenheimer, Álvaro Vargas Llosa, Moisés Naím, hasta Jaime Bayly, o, en Colombia, Alfredo Rangel, Rafael Nieto, María Isabel Rueda, Salud Hernández, José Obdulio Gaviria, Fernando Londoño, Francisco Santos y un largo etcétera, ejecutan la tarea de acuñar matrices, desnaturalizar hechos y desviar la atención en nuestra historia reciente.
Son periodistas sin sentido del contenido social del oficio u oficiantes sin sentido del quehacer profesional, lo cual es lo mismo, pero sí de una firme y definida militancia en torno a los principios de la autoridad, una proyección condescendiente y disfrazada de los valores del imperio y del dominio a los cuales sirven.
Ellos siguen negándose a ver en los contrarios otra cosa que no sean degeneraciones de las costumbres humanas. Y rehuyendo también a aceptar que todo idiota útil nunca deja de ser un contrario. Un pistón del engranaje mayor. Vean si no lo que le pasó a Londoño. Uno de los más detestables mejores ejemplos.
Sus cómplices e interesadas interpretaciones de lo que acontece son registradas por los medios como si fuera la realidad que vivimos y la historia que deviene.
El poder los utiliza para describir el mundo a sus pies, funcional y obsecuente, y ellos se usan a sí mismos para interpretarse e interpretarnos como una comprometida parte de él. Alguno de ellos podría serlo en verdad, ninguno de nosotros lo es.
LO MOLESTO: LO MALO
En una sociedad en la que el ayer se desdibuja en el recuerdo y ni siquiera se le relega a la anécdota, y donde el mañana sólo se vislumbra desde lo noticioso, el presente se relata como una manera de afianzar lo que se es y lo que no. Y las diversas fuerzas encontradas procuran que la historia se vuelva una puesta en escena ante el ojo de la cámara o unas líneas bien memorizadas frente al micrófono.
Los gobiernos prometen y las instituciones aparentan hacer algo, cualquier cosa. Las corporaciones son empresas altruistas. Los banqueros apoyan proyectos sociales y le prestan al pobre. El devoto actúa de manera desinteresada y pone cara de tal. El poder es noble.
Si el mundo no marcha, tienen la culpa el indio, el negro, el homosexual, el pobretón, el guerrillero, el invierno, el verano, la crisis mundial. O el correveidile, que es el periodista contando, publicando, fotografiando lo que puede que todo el mundo quiera saber, pero que a los centros del poder casi nunca conviene.
Hacer periodismo puede ser igual de vedado y aventurado en China, país al que se le endilgan tantos males al respecto, como en los Estados Unidos, que se precian de lo contrario justamente para disimular que el asunto es idéntico. Corrijo: mucho más malo. El lobo suaviza el aullido, rumia, se recubre de lana, se hace llamar Dolly, pero no es una oveja y no se necesita ser Linneo para saberlo.
Porque la amenaza a la libertad de información no es un asunto de la clase de sistema político o económico imperante, o de cobertura o localización, ni siquiera es ideológico: Es, sencillamente, de pánico del poder hacia la verdad.
El poderoso que asciende o se mantiene de modo fraudulento no puede considerar indicada una simple referencia al tema. El gobierno que ha violado los derechos humanos ha de tildar de terroristas a sus defensores. El político que ha saqueado las arcas públicas tiene que ver adversarios malintencionados en quienes intenten hacer las cuentas. Cuando menos, es lógico.
El ex presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez dijo que el periodista francés Romeo Langlois, en poder de las FARC, es un grosero (3): En plena faena pública el periodista se atrevió a interpelar al ex mandatario acerca de la cesión de tierras a la multinacional canadiense Anglo Gold Ashanti, tornándole la sonrisa en un rictus rabioso (4). Un grosero con el poder. Más aún: Un malcriado con sus intríngulis.
Los secretos de estado, las clasificaciones preventivas de información, los llamados datos sensibles y los delicados asuntos gubernamentales, sin desconocer que algunas veces pueden ser razonables, en muchas ocasiones son máscaras para ocultar prácticas insanas, atentados constitucionales o claras violaciones a las leyes hechas por los propios gobiernos y sus círculos de poder.
Los Estados Unidos han puesto todas las trabas posibles para hacer efectiva la Ley de Libertad de Información (FOIA), denegando de manera injusta la desclasificación de documentos y trabajando solapadamente en la reclasificación de otros que eran públicos.
En virtud de la FOIA y gracias a la labor del Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington (5), una organización dedicada a la desclasificación de documentos confidenciales del gobierno norteamericano y de ponerlos a la disposición de la prensa y los ciudadanos, conocimos de primera mano los asedios y hostigamientos hacia Cuba y buena parte de la operación Cóndor, la alianza siniestra entre el gobierno estadounidense, la CIA y las dictaduras del Cono Sur.
La publicación de Wikileaks de más de 800 mil documentos clasificados, 250 mil cables diplomáticos secretos y 5 millones de correos de la empresa Stratfor, la CÍA en la sombra, fue un viento fuerte que dejó al descubierto muchas prácticas infames en la conducción de la política internacional de los Estados Unidos y sus allegados. La ira divina de Washington hacia Assange se manifestó en cargos contra él redactados, cómo no, en secreto (6).
En Colombia, para no ir más lejos, el secreto a voces de la asociación de Álvaro Uribe Vélez con el narcotráfico y los paramilitares no afectó su favorabilidad ni le impidió el ascenso a la presidencia del país en 2002.
Sin embargo, fue la revelación de los mecanismos utilizados en su paranoia, durante el ejercicio del poder, la que lo puso en el ojo del huracán. En el afán por permanecer en la Casa de Nariño, el ex presidente espió y persiguió, en prácticas que según parece nunca le fueron extrañas, sólo que esta vez aconteció con una diferencia: los complots denunciados, unos tras otros, fueron noticia.
Esto hace suponer que los escándalos son las únicas boyas que quedan puestas en la vía guiando el transcurrir de la deleznable democracia de papel que es el país suramericano.
LO ÚTIL: LO BUENO
La única forma de comunicación adecuada, desde la perspectiva del poder, es la propagandística. En tal sentido, el periodismo bueno es aquel que es útil a los intereses de quien lo juzga o califica.
Y de tal modo lo asumen los medios, desde los grandes y transnacionales, hasta los desvalidos y locales, pasando por los estadios intermedios.
Una sujeción entendible desde todo punto de vista: En los unos, porque ellos mismos son el poder, pues los grandes medios cada vez son más apéndices corporativos que proyectos autónomos e independientes. En los otros, porque si no se alinean se mueren: si dices lo que quieres, te recorto los fondos (publicidad, auspicio, financiación, o como se llame la fuente del chantaje); si no dices lo que quiero, te los suprimo. Más grave: si dices algo que no me gusta o conviene, te demando.
La seducción subliminal, de la que se echaba mano hace tiempo, ahora no es necesaria, y los estudios especializados incluso la descalifican como recurso. Hoy la trama – tramoya es al descaro.
Las llamadas alianzas estratégicas informativas en boga son alineaciones continentales mal disimuladas. Explícitas durante ocasiones particulares, como una tragedia o una cumbre, con una metodología azarosa y un aire de mundo terminal. O implícitas, en el codo a codo del día a día. En todo caso, gobiernos, multinacionales y medios confabulados y alineados tras la misma zanja, desde la Patagonia hasta arriba de los Grandes Lagos.
La radio refuerza lo dicho por la televisión. Los portales de los medios masivos y sus derivaciones lo complementan. Los medios impresos hacen eco de lo mismo y le añaden nuevos matices. Todos hablan de lo mismo, todos entrevistan al mismo y casi a la misma vez.
La verdad deja de tener algo que ver con la honestidad o la sinceridad, y no es un acuerdo social sobre la realidad y sus hechos: La verdad se acomoda en salas de redacción, pero antes se configuró en una oficina burocrática o en una pomposa gerencia.
El periodista en contravía es negado. El medio lo descarta, la sociedad lo desaprueba y condena. Los actores de la guerra le endilgan las culpas a conveniencia.
En una realidad transformada en un escenario de constante conflicto mediático, no existen los desinteresados, sino los bien disimulados. Una premisa importante de la credibilidad periodística: Aparentar lo que no se piensa, en aras del falso equilibrio informativo, y decir de vez en cuando lo que muchos quieren oír, en bien del engaño masivo.
Quienes se sustraen a ello van portando el estandarte del bien o del mal, según quién mire y desde dónde. Entonces, el periodista es esto u aquello; el periodista es corporativo o subversivo. Lo que no puede conducir sino a que el periodista es aliado, o adversario.
Y el animal social y político que es el periodista termina asumiendo que lo que hace es una cosa u otra, tiñendo con aspectos ideológicos la información, lo que empeora porque se lleva a cabo ocultando lo que pasa en bien de las creencias o de su bolsillo, secundando a sabiendas o no un propósito político o económico, y, lo más grave, callando las injusticias o atacando las causas justas.
Como en la propaganda, otra vez, no se busca que los medios mientan, sino que omitan. No se pretende que ellos alteren la realidad, sino que le den una estructura informativa, antes que con base en los principios elementales del oficio, en el cálculo de su impacto y poder de convicción. No se llega a la simpleza de ofrecer una sola arista de los fenómenos, sino a la comprobación de que una sola visión de ellos es admisible: ¡civilizada!
El resultado, desde luego, es una falacia mayor, donde lo que se discute o llega a cuestionar en foros y simposios es el tamaño de la mentira. Su venialidad o no. No la mentira en sí, que ha sido convalidada en lo mediático, aprobada en lo gubernamental, bendecida por el cura y es parte esencial del espectáculo.
LO OTRO: LO PELIGROSO
Experiencias interesantes han surgido siempre para romper este círculo (cerco) mediático. Algunas han terminado sumidas en el ostracismo y su impacto no ha traspasado sino restringidos ámbitos de circulación. Sectas de opinión e información casi secretas. Es que no resulta sencilla la batalla contra el poder con los sesgos providenciales a favor, los extendidos tentáculos y las fortunas alertas.
Pero otros medios alternativos, necesarias experiencias de comunicación transversal, señales que fluyen desde abajo, todos con contenidos tan resbaladizos para ese poder, configuran sin duda alguna una esperanza desde la pluriculturalidad y la diversidad de su esencia. Son en ocasiones valerosas voces insertas en estructuras demoledoras, cuya palabra es fuente de juicio al permitirnos estar al corriente de aquellos hechos que son primordiales y a nadie importan. Nadie, desde luego, es el medio masivo que no los reportará jamás.
El surgimiento de la Internet 2.0, la blogsfera y las redes sociales abrieron nuevos caminos, aunque la determinación e impacto reales continúan sin estudiarse plenamente, incluyendo el papel en las llamadas revoluciones de la Primavera Árabe, sobrevalorado por unos, minimizado por otros.
Varios portales y blogs interesantes han llegado a ser notorios en el maremágnum de la red, pero muchos de ellos también se han desvanecido con la misma facilidad y rapidez con la que aparecieron.
Estos ámbitos también son penetrados por los intereses imperiales, que a través de sus capitales sobornan, compran, alquilan y, en todo caso, adquieren partidarios y generan voces contestatarias al gusto, como es el caso de Cuba, donde el gobierno de los Estados Unidos y la CIA explotan las difíciles condiciones que debe afrontar el país caribeño gracias al ilegal bloqueo y financian propuestas mercenarias, a las que luego otorgan, por ejemplo, el Premio Internacional Mujeres de Coraje, que otorga cada año la Secretaría de Estado de los mismos Estados Unidos. “Me canto y me celebro, me celebro y me canto”, como lo cantó el finado Facundo Cabral, repetidor de Whitman (7), el emblemático poeta de la enjundia estadounidense.
Me refiero, por supuesto, al blog “Generación Y”, inspirado, según la autora, en nombres de generaciones de los años setenta y ochenta que inician con la “i griega” o la contienen, pero que en realidad es “pro Y”, por su irrestricta adhesión al yanqui.
O en Venezuela. O en Ecuador, Bolivia o Nicaragua, donde capitales provenientes de la Agencia Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos, USAID, han apoyado líderes, instituciones y medios opositores, y han capacitado en el uso de redes como Twitter y Facebook (8).
No obstante, el carácter personal o de pequeños grupos, a la deriva o virtualmente con filiaciones malucas, la proliferación de puntos de vista diferentes, la posibilidad de penetración al corazón de muchos acontecimientos, la variedad y versatilidad de los recursos y los formatos utilizados, el juego de cuerda entre la inmediatez y el regodeo informativos, como factores fuera del control del poder, han conducido a que los novedosos recursos cuajen a veces como entes molestos y peligrosos.
A los que hay que meter en cintura cuanto antes y de cualquier modo. Para eso están las leyes. Para eso las usa el poder: SOPA, PIPA (EEUU), SINDE-WERT (España), LLERAS 1 y 2.0 (Colombia), DÖRING (México), SOCA (Reino Unido), HADOPI (Francia), ACTA (de todas partes), en fin.
Y una utopía incontinenti, que nada tiene que ver con las renacentistas de Moro, Bacon o Campanella, pero que sí constituye un delirio quizás producto de las innovaciones existidas: Un mundo de desconectados, aislados, desterrados, castigados, encarcelados, escarmentados y sometidos. La ínsula no se bordea en la medialuna de su contorno imaginario: se circunda en el cuadrado PC de cada quien.
Aires frescos fluyen, para el caso, frente a la vigilancia, censura y persecución en la Internet. No hace falta enunciar sino a Free Software Foundation, Open Source Initiative, OpenDNS, Tor Project (navegación anónima) o la reciente puesta en marcha del proyecto UTUTO XS 2012, nacido y criado en la Argentina. Software libre frente al patio entre rejas electrificadas que es la Global Online Freedom Act de los Estados Unidos, o la ley de alto espionaje que ese mismo país cocina a fuego lento, la CISPA (CIAspa, más bien).
A pocas cosas teme más el sistema capitalista que a la libertad y a ninguna como a la de la expresión de las comunidades, aunque pueda parecer un contrasentido con sus axiomas pregonados de reivindicación de las individualidades. La pretensión de un pensamiento uniforme, algo de lo que tanto se ha acusado al socialismo, surge más bien como un requisito vital para el capitalismo. Los medios convencionales no hacen otra cosa que buscarlo y afianzarlo.
Basta darle una ojeada al lenguaje, que en la estrechez a la que es trasladado se hace determinante en el propósito de emparejar los ambientes: Los medios son los motores del diálogo e intentan ser los móviles de la deliberación, en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en el descanso. Un conductismo ramplón que, difícil no reconocerlo, le saca el jugo a nuestros más resignados y livianos comportamientos.
Únicamente el poder es fractal y los medios le confieren el don de la ubicuidad. A quienes lo encarnan y a lo que dice. Y los adjetivos calificativos o descalificativos usados se vuelven idénticos. El pobre lenguaje padece la desgracia sobre el lomo de pocas, poquísimas palabras.
El policía muerto, héroe patrio. El militar muerto, héroe de la patria. Y ambos vivos enviados a confirmar su ingrato papel en esa especie de Frente Este que es buena parte de Colombia. O de México. O de Honduras. O del mundo.
El lenguaje se hizo panfletario. Verosímil para los adeptos, odioso para los antónimos. De pronto, ineficaz en su fin soterrado de convencer, y mucho más en el pregonado e inmediato de informar. La repetición de frases hace lemas los contextos, los afanes por explicitar la sumisión vuelven un bastidor ideológico cualquier descripción, los cuestionamientos rinden más pleitesía que las loas. Basta ver las entrevistas de CNN para entenderlo. De Cala a Uribe, para no ir más lejos. O de Cala a cualquiera, para no restringir el prototipo (9).
Muchas veces, la inexperiencia y los temores a generar una agenda noticiosa propia, junto al carácter reactivo en el manejo de la información, determinan desde adentro los mayores límites de varios de esos interesantes planteamientos en contravía, los que a toda costa buscan fortalecer un camino comunicacional distinto.
Más allá de los vetos, las acusaciones y la innegable persecución de que son objeto las experiencias opcionales, con otro enfoque y con interés social, el riesgo es que terminen siendo bastiones burocráticos o búnkeres ideológicos dedicados a reproducir, desde otra orilla, los mismos modelos existentes.
LA PENITENCIA: LO CRIMINAL
Las circunstancias muestran cuánto benefician al poder las escisiones ideológicas, sociales, políticas. La demonización del otro cierra filas en torno a ideas y acciones, con la adicional ventaja que otorga dejar de lado la reflexión, base de cualquier cuestionamiento.
Los medios, en tanto que factores de homogenización en el consumismo, en la impudicia de los propósitos, en la indiferencia hacia temas trascendentes, endurecen a toda costa las posiciones en pos de hacer una sociedad dividida en grupos de pensamiento cada vez más radicales y antagónicos. Un desliz desprevenidamente menor que, con todo cálculo, auxilia gobiernos, grupos económicos y sectores fuertes de la sociedad, que, apoyándose en mecanismos sutiles de control y manipulación, ven mejorar las condiciones para afianzar sus oscuras premisas en los imaginarios.
Durante el gobierno de Álvaro Uribe, en Colombia, una mirada paramilitar de la vida intentó posicionarse en todos los espacios de la cotidianidad del país y en buena medida lo consiguió: El mensaje corrió desde las estructuras del poder gubernamentales, terratenientes, empresariales, militares, clericales.
Y vino hasta los mismos vecinos de las víctimas, algunos de los cuales terminaron creyendo más la quimera mediática que el escenario frente a sus narices. Claro, también fueron muchos menos de los que afirmaban los propios medios masivos o las mediciones hechas a sueldo.
Periodistas colombianos como Alfredo Molano, Daniel Coronel, Holman Morris, Felipe Zuleta, Claudia Julieta Duque, Ramiro Bejarano, Carlos Lozano, entre muchísimos otros, quienes no dejaron de estorbarle al festejo delincuencial reinante, debieron exiliarse o ejercer su profesión contra viento y marea. La verdad, para la represión, es subversiva. La mentira, para la sociedad, actúa como un tranquilizante.
La verdad se hizo nociva para la salud y el engaño fue cada vez más necesario para que la guerra no fuera algo psicosomático que afectara todos los órganos del país y enseñara la debilidad connatural. Muchos creyeron entonces que la Seguridad Democrática era algo necesario, seguro, cierto.
Una sociedad hipócritamente fundada en los valores católicos, que había convalidado con su voto una estructura criminal al frente del país, halló algo de indulgencia al convencerse de que todo era en pos de un fin ulterior benéfico. Uribe, paramilitarismo, falsos positivos, espionaje, persecuciones, asesinatos… se justificaban como el precio de un país sin FARC.
Pero esa sociedad no se percató de que un país con todo lo anterior y a la vez sin porvenir, sin alimento, sin salud, sin vivienda, sin justicia social, nunca dejará de ser un país con FARC, con ELN, con inconformismo, con atentados, con muertos, con sindicalistas sin entregarse y con todos los riesgos vivos. La primera causa es elemental: la mentira, que comparte con las ilusiones el hecho de que no se comen, al contrario de estas, no alimenta. (10) Tampoco alivia ni abriga, ni tranquiliza.
La profesión del periodista siempre ha estado rodeada de riesgos, asedios y espantos cuando, en vez de seguir adelante con el concierto mediático para delinquir, da a conocer los asuntos que esa penitencia social niega, y cuando llama a preocuparse por lo que ocurre detrás de las trincheras mentales que cada quien va forjándose muchas veces sin pensarlo.
En Colombia, el establecimiento pone el grito en el cielo de labios para afuera por la retención del periodista francés Romeo Langlois. Un escándalo asistido por el provecho que puede sacar en la guerra contra las FARC, la que no se libra sólo en las selvas y barriadas, sino también unilateralmente en los medios.
Es neurálgico que un vocero de la intolerancia, como Fernando Londoño, en ves de percatarse de que está vivo y pagarle sus deudas de corrupción al estado, se crea un elegido vuelto de la muerte y prosiga su siniestra misión invocando al diablo. Nunca hubo una hora de la verdad, en cambio estamos contando las primeras horas de quien sabe cuántos años de la segunda serie de sus malintencionadas mentiras (11).
Es triste que el periodista Langlois, después de esta experiencia, pueda ser bueno si dice una cosa o malo si la contraria. Pero también es cierto que así será porque ese es el fatal sino de hacer periodismo en tiempo de balas.
Pocos pistoleros aceptan que las palabras tienen una coraza que ninguna bala penetra. Y que la historia va siendo esclarecida aun a pesar de ella misma, de sus connotados narradores de platea y de sus afanosos archiveros, más tarde o más temprano; sea en milenios, como en los tiempos de los griegos y los persas, o en años o días, como en el presente.
Por más que colapsen durante algún tiempo las instituciones dedicadas a la defensa de la justicia, por más que las altas esferas intercambien favores para cubrirse la espalda o por más que su divulgación no deje de ser una actividad de altísimo riesgo, los abusos e injusticias contra los pueblos no pueden ocultarse por siempre. Y se pagan.
NOTAS:
(1) Los egipcios llamaban “Casas de la Vida” a las bibliotecas, que se ubicaban en los palacios reales y en los templos.
(2) Plinio el Viejo. Historia Natural. Volumen V. Pág. 44.
(3) El Espectador: “Uribe asegura que Romeo Langlois es un periodista ‘muy grosero”. 8 de mayo de 2012. http://bit.ly/KiOzeP
(4) “Por todo el oro de Colombia” (documental). Dir: Romeo Langlois. El pasaje citado se encuentra aproximadamente en el minuto 25. El documental fue subtitulado por “La Silla Vacía”, pero las gestiones de Álvaro Uribe, según lo afirma el propio portal, hicieron que el material tuviera que ser retirado de su sitio. http://bit.ly/J7tbFL
(5)The National Security Archive. The George Washington University. http://www.gwu.edu/~nsarchiv/
(6) “Los correos de Stratfor revelan que EEUU tiene preparada una acusación contra Assange”. Público.es http://bit.ly/y16xlc
(7) WHITMAN, Walt. Hojas de Hierba. Ed. Novaro. España, 11 ed. 1979. Pág. 113.
(8) La Jornada: “La USAID en Venezuela”. Por: José Steinsleger. México, 1 de febrero de 2012.
(9) Portal de CNN Español. “Esta semana en Cala”. Álvaro Uribe, lunes 21 de mayo de 2012. http://bit.ly/KXKwWm - “Cala en Colombia”. 26 de septiembre de 2011. http://bit.ly/rtBidj
(10) GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. El coronel no tiene quién le escriba. Ed. La Oveja Negra. Bogotá, 1980. Pág. 28.
Referencia al diálogo entre el coronel y su mujer: “-La ilusión no se come -dijo ella./ -No se come, pero alimenta -replicó el coronel-.”
(11) El Espectador. “Fernando Londoño dice que atentado no es de extrema derecha”. 23 de mayo de 2012. http://bit.ly/KDFdZN
Artículo disponible en:
Rebelión (España)
Diario Universal (España)
Kaos en la Red (España)
El Mercurio Digital (España)
Revista crítica "La casa de mi tía" (Canarias, España)
El Mercurio Digital (España)
Cronicón - El Observatorio Latinoamericano (Colombia)
La Pluma (Colombia)
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Aporrea (Venezuela)
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